” Hay medio mundo esperando, con una flor en la mano; y la otra mitad del
mundo, por esa flor esperando. Y por todas esas cosas, es que regreso
contigo, madre que me has enseñado que es un círculo el camino ” F. C.
Hace algunos días —aciagos días, debo aclarar— recibí un email de Victor
Murgía Solis. No pensé en abrirlo, el contenido de sus envíos de antemano
no me importa, pero me molestan las letras en negrita. Estaba fechado el 30 de octubre del presente año. Grosso modo, en él me exorta a la incursión en otros géneros literarios. Me habla extensamente de los beneficios de la IA y de la evidente
indaptabilidad de ” mi estilo ” a ningún género canónico. Voy a tratar de ser breve. Empezando por la IA. Si me facilita el trabajo y me ayuda a presentar
proyectos de forma más rápida, mejor estructurados y precisos o alguna
otra cosa que me permita holgazanear y pasarme horas y horas, tomando
café en agradable charla con el personal de RR. HH., bienvenida. En las cuestiones esenciales no la voy a requerir. Para mí, llegó demasiado
tarde. Porque lo que quería saber, ya lo sé. Además, es una tecnología que resulta bastante enfadosa y tóxica, que no
lo deja a uno ni a sol ni a sombra y que dondequiera se aparece. Insistente, ofrecida y más fácil que la tabla del uno. —Ándale, ándale, pregúntame, si
sé; parece decir, sonriente—. Y yo, ” ¡ ya déjame en paz por favor ! Nada
más falta que me traigas serenata “.
En su larga carta, el mencionado Victor pretende, con una prosa por
demás ilegible —digna del castellano al uso en la España de los ss. XV y
XVI— impulsarme a modificar un poco mi, por llamarlo de algún modo, estilo de escritura. —No está mal, me tranquilizó, pero sería conveniente
que modificaras tu estilo sintáctico—. En sus palabras, ” eso le daría un
mayor dinamismo y maleabilidad “.
¡ Al parecer ignorante de que esta sagrada actividad, de venerable
antigüedad y productora de obras con una profundidad y una belleza que
han trascendido épocas y lugares, y que en la actualidad siguen siendo
fuente inagotable de inspiración para una gran parte de la humanidad,
fuera algo modificable, cambiable como el aceite del automóvil o de un
par de zapatos a un número más cómodo. Que atrevimiento. Como si mis insondables y elaborados textos tuvieran como destinatarios
a amplios públicos necesitados de entretenimiento y diversión, y no a un
selecto grupo de cultos y refinados lectores. Esto resultó para mí una
inoportuna y ofensiva desconsideración. Pero hasta cierto punto
únicamente, no lo suficiente para considerar suspenderle el saludo o
hacerlo víctima de mi ira literaria. Por supuesto que se debe caminar y desarrollarse, y aprender y ampliarse. Pero, ” cambiar el estilo “, que cosa más hereje y blasfema. Borges no
claudicó, no terminó escribiendo novelas románticas ni guiones para
telenovelas: fue y sigue siendo inaccesible a las grandes masas, por más
que algunos se arrimen a la sombra del árbol. Y, en los años sesenta
todavía no era leído en nuestro país, nadie lo conocía, solo un selecto
grupo que formaban una especie de cofradía. Si, Victor —le contesté con mi proverbial delicadeza—, voy a tomar en
cuenta tus valiosos comentarios; aunque nunca hayas escrito un par de
pichicateras líneas en tu vida; ni siquiera en el día de las madres. Sin
embargo, sé que fuiste siempre un gran aficionado a la lectura; algo debe
quedar de esa actividad tan intensa y prolongada que nos sirva para
mejorar mi redacción. Experimentar con la sintaxis. ¡ Yo, que con dificultades escribo sílaba tras
sílaba, una palabra tras otra, con un solo dedo; y que con las mayores
dificultades logro formular algún concepto —y lo logro siempre y cuando
trate sobre asuntos cotidianos, memes o dichos pueblerinos—. Yo, que
soy incapaz de desarrollar una pequeña idea de contenido metafísico, filosófico o de referencia trascendental, pedirme que jugara con la sintaxis
y que tuviera siempre en cuenta el aspecto semántico del asunto. Conozco casos excepcionales de individuos que pueden tomar la idea
más abstracta que se pueda imaginar, y jugar con ella, darle la vuelta sin
ningún propósito necesario —nada más porque pueden— para finalmente
desmenuzarla parte por parte, e irla acomodando en proposiciones de
acuerdo a su tamaño, su grado de complejidad, su tono y demás
ocurrencias. Tristemente no es nuestro caso. Pero esta vez Victor fue demasiado lejos. ! Para mí eso resultó el colmo de
su atrevimiento, considerando que tuve noticias de su existencia y libre
albedrío hace apenas dos o tres años !
Su recomendación resultó para mí, como si a alguien que apenas
reconociendo parcialmente las letras, le solicitaran melosamente que ”
leyera entre líneas “, porque solo así ” percibiría con más profundidad el
sentido intrínseco “. Hace años, también había tenido la ingenua pretensión de aconsejarme
que elegiera un solo género, para dedicarme completamente a él y ” cultivarlo y desarrollarlo “. Algo semejante a aconsejar a una persona que
elija una sola forma de vida y deseche todas las demás, y que dé a todos
sus actos y decisiones un desarrollo apegado a un marco inalterable de
ideas. Es decir, hacer de la prosa un cadáver prematuro o una expresión
muerta antes de haber nacido, o que me convirtiera en preso de mi propia
imagen, para decirlo sin tantas vueltas.
Como si Nietzsche debiera haberse limitado a escribir sobre sus
profundos conceptos de la voluntad de poder, o de la moral, prescindiendo
de cualquier tentativa de ironía ( que abundan en sus libros, si la memoria
me sigue siendo fiel ) que pudieran demeritar sus escritos. O que el gran
abuelo Cuauhtémoc no debiera haberse permitido ser irónico y mordaz
cuando refutó, entre la humareda y el penetrante olor a carnitas, a su
quejoso compañero que con sus lloriqueos ya lo tenía harto, con aquella
bellísima frase: ¿ ” acaso me ves a mí tirado en la hamaca ” ? O que
Groucho Marx debiera haberse abstenido de cualquier esporádico destello
de profundidad inaprensible en su famosísimo texto autobiográfico
Memorias de un amante sarnoso.
Ante semejantes sandeces creo que se impone la necesidad de algunas
breves aclaraciones. No para el amigo Victor, que seguramente no llegaría
a entenderlas, pero sí para ciertos lectores silentes que sé que me
aprecian; para las fans que no se quieren evidenciar como tales y para los
rencorosos no declarados —individuos de conocimientos y cultura
limitados, eunucos espirituales con inteligencias que oscilan entre lo
normal y lo mediocre—, y que suponen que solo ellos entienden aquello de
” conocer como piensa tu enemigo es tener ya ganada la mitad de la
batalla “, una frasesilla leída por su parte en facebook, supongo, no creo
que en El arte de la guerra, de Sun Tzu. Una frase, además, que casi se
pudiera decir que el Diablo y yo la inventamos.
Considero éticamente válido que se intente incursionar en varios géneros
literarios o en la mayor parte de ellos; siempre y cuando nos sean
accesibles y hasta donde la dignidad permita. Pero tenemos que ser
conscientes que solo unos pocos serán realmente objeto de nuestro trato
frecuente. En condiciones normales desde luego, no estamos incluyendo
aquí a personalidades de reconocida genialidad o a garbanzos de a libra.
Resulta un caso parecido al de los tipos psicológicos en que —
arbitrariamente— algunos obtusos individuos dividen al género femenino. Haciendo uso con fines didácticos de esa caprichosa división, podemos
intentar un seductor abordaje con algunos de esos tipos psicológicos: con
la reflexiva, la buchona, la contemplativa, la analítica, la impulsiva… Pero
siempre habrá uno o dos que se correspondan más con el nuestro, o que
se encuentren más a nuestro alcance. O de plano ninguno. Todo
dependerá del prototipo de belleza masculina al que de nacimiento nos
encontremos adscritos: mediterráneo, caribeño, poblano, juchiteco, etc., o
a la magnitud y diversidad de nuestros valores —no a la honestidad ni a la
entereza ni a la castidad—. ¡ Nos referimos a los valores que sí valen ! No
nos hagamos ilusiones. Cierto tipo de chicas —además— parecen dotadas con superpoderes. Una
visión más amplia, de rayos X o visión nocturna. Y en general sentidos
más desarrollados. Mientras un ser humano normal se extasía con su
mirada o su sonrisa, ella ve otros aspectos del modesto pretendiente: en
un solo instante —¡ Créalo !— ella va a la luna de miel, ve el auto que se
verá obligada a conducir, la casa que habrá de compartir con su santa
madre, un monto muy aproximado de sus estados financieros después del
pago de impuestos y hasta la oficina más próxima en caso de divorcio. Algo similar pasa con su finísimo y desarrollado sentido del olfato; en un
radio de diez a quince metros, de preferencia en climas fríos, pueden
percibir con increíble nitidez la necesidad o el miedo del infeliz sujeto.
Optar por un género literario específico para trabajarlo y desarrollarlo, no
es una decisión personal de la que pueda uno ufanarse. Es producto de las
condiciones subjetivas y objetivas, y como en toda actividad o profesión, más bien el género nos escoge a nosotros. Una preferencia narrativa, que consideremos y pregonemos como un
estilo propio y libremente elegido, no es otra cosa que el evidente rechazo
de que hemos sido objeto por parte de los demás géneros que en un
principio pretendimos; y que ante nuestra incapacidad, no nos fue posible
abordarlos.
Es el mismo caso del matrimonio. Haciendo una introspección sincera y
un análisis objetivo, haga usted memoria. No a partir del momento en que
se comprometió, ilusionado; ni desde que ella aceptó ser su chica; ni
desde el momento en que usted ingenuamente supone que la eligió a ella
entre miles. Habrá que ir más atrás y reconocer con humildad que fue
nuestro estatus, en esas coordenadas del tiempo y del espacio, lo que
determinó que precisamente esa chica y no otra, nos diera el tan
anhelado…” Sí” . El resultado de ese ejercicio de memoria nos llevará a
exclamar lo mismo que la mayoría de desventurados sujetos en pleno uso
de sus facultades: ¡ ” uno que más hubiera querido, haber elegido
verdaderamente, pero ya ni modo ” ! Esta última consideración aplica para
matrimonios con más de veinte años de feliz convivencia.
En nuestra caso la situación se torna más triste y lamentable. Nuestros
escritos parecen huérfanos de padre y madre, sin ninguna posibilidad de
inscribirse dentro de algún canon o género de reconocido prestigio o que
por lo menos sea considerado como tal en el pretencioso y aborrecible
mundillo de las letras. ¿ Que paternidad literaria se le puede otorgar a una
pequeña idea nacida de camino a casa, desahogando alguna urgencia
fisiológica que le pide el cuerpo o frente a un buen tarro de fría y
espumeante cerveza ? Porque ninguna gran obra poética, como Las flores
del mal, ha sido concebida comiendo una saludable ensalada o
acompañado de un jugo de naranja. Como todo en esta vida, es una cosa de temperamento y de
predisposición psicológica. Hay quienes pueden ver en su totalidad el inicio, el desarrollo y el final de
una novela que después escribirán. Otros, libretilla y lápiz en el bolso de la
camisa, van registrando sus impresiones y recuerdos, algunos más serán
víctimas de súbitas intuiciones o ideas que repercutirán en un choque
frontal, por alcance, contra un auto delantero. Sin un afán irreverente, que por otra parte resultaría patético, de emular al
Maestro J. R. Ribeyro —aunque quisiera tener la inocencia de mis cinco
años, para hacerlo y taparme los ojos para que no me vean, como mi
sobrino Marti. Pero mi ausencia de candidez y mi ya legendaria maldad
me vedan esa posibilidad. He ido demasiado lejos—. Sin tratar de emular
al Maestro, decía, hemos rescatado del olvido nuestras prosas dispersas. Reuniendo lo disperso he tratado de ir incluyendo en estas columnas, para
Recorriendo… narraciones breves de un servidor, que no pertenecen de
forma rigurosa a ningún género delimitado y preciso; que no son hojas de
un diario, no son aforismos, no son cuentos, en fin, son lo que J. R. Ribeyro
calificó como ” prosas apátridas “. Con la pertinente aclaración de que las
había llamado así, no porque pertenecieran a algún autor sin patria; ni a
alguno, que no siéndolo, pretendiese serlo. Sino porque eran notas sin
clasificación precisa. Eran notas que al igual que en el caso de muchos de
nosotros, se van acumulando entre apuntes, papeles y libros; notas que
fueron escritas al dictado de la emoción del momento y que por alguna
razón permanecieron largo tiempo desatendidas. Tampoco se trata, en su
totalidad, de notas introductorias que se pretendieran desarrollar más
adelante. Siendo así que resultan no más que breves escritos sin una
patria literaria común. Sin un terreno que les brinde cohesión y fuerza.
La redacción de esta columna literaria en Recorriendo…, me brinda la
oportunidad de revivirlas y desarrollarlas en su contenido con la
coherencia y profundidad que consideré, para algunas, desde su
formulación inicial.
E. R
11/2026








