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A un amigo

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A UN AMIGO

A la memoria de la sangre inocente derramada de tres artistas, compañeros de mi hija Mony: Salomón, Marco y Daniel. En especial a Daniel, que con su timidez y sus silencios pudo expresar tantas cosas, como un verdadero artista, y ganarse nuestro corazón.
Viven en nuestro recuerdo. Ya están con García Lorca, Pasolini y Caravaggio.
La muerte consolida y fortalece el cariño. Y un amigo muerto es un amigo para la eternidad.
Enrique Ruiz

El grupo habitual de compañeros estaba formado de caracteres muy diversos, lo que le daba una tonalidad alegre y colorida, con un complemento algo extravagante. Podía pasar cualquier cosa con ellos, menos que el aburrimiento hiciera presa de su ánimo. Sus frecuentes reuniones se hacían por la tarde-noche en el café universidad. El grupo de asiduos variaba día a día dependiendo de las actividades de cada uno; cuando una ausencia se prolongaba por meses, se temía lo peor por el destino que hubiera podido correr el desdichado sujeto, o por las carencias que en ese preciso instante podría estar pasando en la ergástula: en definitiva, ninguno de los escasos abogados que eran parte del grupo, hubieran comprometido su incipiente reputación y prestigio en un intento desesperado por defender la posible inocencia del ausente. Bastante improbable por otra parte.

El ecléctico desfile de personajes era de lo más variopinto, pareciera que los tipos más excéntricos y estrafalarios que sobre el mundo existían se hubieran dado cita en aquellas mesas para cumplir alguna impagada responsabilidad kármica.

Las conversaciones, cruzadas al azar y envueltas por el humo de los cigarrillos, eran un caos medianamente controlado, los saludos con los conocidos de las mesas adjuntas no se hacían esperar, los meseros iban y venían con las tazas de café y los vasos con agua: todo aquello transcurría entre risas y bromas. Sobre las mesas permanecían los libros adquiridos en librerías de usado, y los ceniceros siempre atestados de restos de cigarrillo. En fin, la más lograda y fiel imagen de la displicencia y la despreocupación. Eran los días felices.

Entre los que con más frecuencia concurrían al café se encontraba Paco, quien aseguraba ser partidario de la ideología nacionalsocialista.

—Tengo la colección más fabulosa de armas, pertrechos de guerra y condecoraciones de la Alemania nazi— decía.

Con frecuencia llegaba enfundado en un abrigo verde militar y manifestaba siempre que era irreprimible su desprecio por los judíos.

—Quisiera que un grupo de judíos se presentara ahora mismo —decía muy convencido—, así se darían ustedes cuenta de una vez, de lo que soy capaz verdaderamente.
Nunca hubo un judío presente en la mesa mientras estaba Paco, hubiera sido interesante ver su reacción. Los que lo conocíamos de más tiempo y mejor, sabíamos de antemano que — de inicio— se hubiera puesto pálido, para después desaparecer al menor descuido.

—Vengo enseguida —hubiera dicho— voy al baño.

Entre las risas y aclaraciones de ¡ ” Se llama miedo, Paco ” !
Y de esa forma desaparecer después durante varios días.

La opinión que Enrique tenía de él, no iba más allá de considerarlo un desequilibrado, deseoso de reconocimiento por medio de comentarios políticos con pretensión de escándalo. En el fondo no era más que un nulo ignorante influenciado por la cinematografía de Hollywood.

—Para colmo —decían los chicos— se dedica a decorar aparadores de zapaterías y boutiques, ¡ que contradicción !

Otro infaltable en el grupo era Ángel, autodenominado Galáctico, acuarelista y gran conocedor de rock. Se dedicaba a la recarga de extintores para negocios. Descendiente de una familia de nivel socioeconómico medio-alto, disfrutaba de deportes no practicados por las grandes masas, como el tenis sobre cancha de arcilla. Poco agraciado —pero de veras poco— era blanco constante de las hirientes bromas de los más atrevidos: el grupo de los ” chicos malos “.

—Te pareces mucho al actor que hizo la película de El Hombre caballo —dijo Ángel, sonriendo con amabilidad a Chuy— creo que se llama Richard Harris.
—¿ Ah sí ? — contesto Chuy— pues yo por lo menos tengo un ser humano a quién parecerme.

Eran parte del grupo, también, los hermanos José Luis y Abraham; tipos corpulentos, incapaces de hilvanar de manera lógica y ordenada tres frases seguidas —entre los dos—, pero sus presencias provocaban miedo; más allá de eso no habría mucho que añadir. Ambos gozan ya del eterno descanso.

Otros integrantes eran: Victor, Jorge, Gustavo, Chuy, Jaime, David, don Clemente ( el veterano, de sesenta años en aquel entonces ), Ricardo, Alejandro. Además de las involuntarias omisiones de mi parte.

El centro de la ciudad, en la década de los años ochentas, aún no era zona peatonal y la coordinación de las rutas del transporte público dejaba mucho que desear, por lo que el tráfico en todas las calles de esa área era muy estridente.

A esa situación y al exceso de café, serían atribuibles algunos extraños comportamientos entre los elementos más débiles y tontos del grupo.

Hoy la zona ya es peatonal, y la creación de plazas comerciales que ha proliferado en los últimos años ha hecho obsoleto el ir de compras al centro; por lo que resulta —ahora— un lugar agradable y tranquilo para pasear.

En nuestra juventud, sin embargo, en ningún momento aquel tumulto de personas caminando por las estrechas calles, ni las aglomeraciones de las tiendas, nos provocaban ningún tipo de molestia. Incluso en época de navidad, cuando aquello se ponía realmente insoportable.

Éramos muy jóvenes entonces, nuestro sistema nervioso resistía. En la actualidad, ninguno podría permanecer más de una o dos horas en las mismas condiciones, sin exponerse a sufrir un ataque de ansiedad o pánico, o a empezar a gritar ¡ Sáquenme de aquí !

Benjamín había cursado estudios medios, que abandonó para dedicarse a trabajar en diversos oficios hasta que se estableció en una imprenta. Este negocio se dedicaba a imprimir tarjetas festivas para diferentes ocasiones: navidad, día de la madre, día del maestro…; en aquella época las tarjetas de felicitación que la gente enviaba por correo era una práctica común. Él, como vendedor, viajaba y recababa pedidos en un viaje que podía durar aproximadamente una semana y que consistía en el recorrido de varios municipios. Cuando no viajaba se dedicaba a imprimir los pedidos pendientes.

Era, lo que se llama, un buen muchacho; su gusto era contar chistes a la primera oportunidad en cualquier reunión, de café o de cerveza. En ocasiones se excedía en el consumo pero sin ninguna consecuencia grave, no tenía enemigos y era bien visto en cualquier lugar del centro de la ciudad. Mucho tiempo convivió en el grupo —con chistes de gran éxito— en la hoy desaparecida discoteca del hotel francés: un viejo edificio de arquitectura virreinal, restaurado y adaptado como hotel, lujosamente decorado y amueblado en correspondencia con la época que pretendía evocar; desde un principio contó con todos los servicios; café, lobby bar, restaurante y su discoteca, algo infaltable en cualquiera hotel que se preciara de serlo en la década de los ochenta.

Benjamin murió a los veintidós años.
Él y Enrique tendrían ahora la misma edad:

—Si su destino hubiera sido otro —pensaba Enrique— él también hubiese disfrutado de una familia y de unos hijos.

Benjamín se había comprometido en matrimonio y ya tenía comprados algunos muebles, los indispensables para cualquier joven pareja aún sin hijos. A diario iba a vistar a su novia por las noches, después de terminar su trabajo en la imprenta; la casa hasta donde tenía que trasladarse estaba ubicada en un barrio considerado peligroso.

Con los pandilleros que vivían ahí pasaba exactamente lo mismo que en cualquier otro miserable lugar de la misma laya, ni más ni menos; llevaban una vida deleznable de atracos, violencia y drogas; totalmente alejados de un comportamiento social aceptable o de una forma de vivir proactiva y productiva —con la que pudieran haberse ganado la amistad y el cariño de alguna muchacha de por el rumbo, que les gustara—, se limitaban a exhibir sin escrúpulos su miseria moral y eran celosamente enfermizos de otros jóvenes —estudiantes y trabajadores— gente de bien, a los que les habían correspondido de manera favorable algunas de sus vecinas.

Enrique llegó a la tarde-noche y se dirigió a la mesa donde ya estaba reunido el grupo habitual. Saludó de mano a cada uno como era la costumbre entonces entre caballeros, se sentó, y pidió un café. Desde el primer momento se dió cuenta que había un ambiente de callada intranquilidad entre los amigos; no era el ambiente de plática y risas acostumbrado; trató de hacer un comentario bromista sobre esa seriedad.

—¿ Todavía no sabes nada verdad ? —le preguntó David—, serio, pero tratando de sonreír.
—No, ¿ que pasó ? —dijo Enrique— ¿ Algo grave ?
—Mataron a Benjamin.
—¿ Quién lo hizo ? —dijo Enrique, turbado y sorprendido— ¿ Porqué ?
—No sabemos los detalles —intervino Victor— hace rato llegó su hermano menor para avisarnos. Hoy en la noche se velará el cuerpo y mañana temprano se celebrará una misa de cuerpo presente; y después, el sepelio.

Aquel era un jueves por la tarde. Algunos querían ir al velorio ese día, otros preferían presentarse a la mañana siguiente en misa o en el sepelio. Pero el sentimiento de solidaridad es fuerte en la juventud; la mayoría prefirió visitar a los padres y a la familia esa misma noche. Benjamin ya no se enteraría —lo más probable— pero para ellos lo mismo daba; sentían que la familia, aunque no los conociera de forma personal, podría requerir de su presencia y apoyo moral, tal vez hasta económico; o al menos de ayuda para trasladar algo en los autos, en fin, lo que fuera necesario.

Don Clemente no se enteró al momento por estar de viaje. Cuando lo supo, poeta como era, no pudo reprimir el caudal de sentimientos que la muerte de Benjamín y las acciones de los muchachos le provocara:

—¡ Cuánto idealismo y cuán grande actitud de desprendimiento y camaradería generosa ha habido siempre entre los jóvenes ! Para fortuna de ” nuestro agonizante mundo “, según señala cierto selecto grupo de amargados vejetes, apocalípticos —dijo, conmovido.

Se distribuyeron como pudieron, de forma improvisada y presurosa, y se fueron a la casa de los padres de Benjamín, algo apiñados en los pequeños autos compactos de que disponían.

A la hora que llegaron, al anochecer, el velorio estaba escasamente concurrido; los padres tristes y resignados; sus hermanos, consternados y con las huellas del llanto en sus rostros, alguno tal vez soñando venganza. Un par de coronas reclinadas sobre la pared insistían con su presencia.
Los muchachos se acercaron a los padres de Benjamín y a sus hermanos para dar sus condolencias, después se sentaron a acompañar al amigo en las sillas que su familia había hecho colocar alrededor de la sala.

Ahí, en el centro del cuarto, siguiendo la tradición, estaba el ataúd; pasaron, uno tras otro, deteniéndose un momento para murmurarle algunas palabras de despedida. Su familia lo había vestido con un saco nuevo, Benjamín lo había estrenando unos días antes, fue el último.

No se pudo evitar el llanto; a veces en unos, a veces en otros; unas veces reprimido, otras con libre desahogo:

—No merecía morir tan joven y de esa forma tan trágica —dijo Enrique evidenciando el sentir general de sus compañeros— No él, un joven noble y bueno. ” Cuando a hierro matas, a hierro mueres “, eso ya se sabe, ¿ pero en estos casos porqué ?

En la memoria de Enrique quedó el recuerdo del viejo padre en esos tristes momentos:

—Tengo la certeza de que en todos nosotros se dió un sentimiento parecido a la piedad; fue el señor quien quiso ir a reconocer el cuerpo de su hijo, no quiso que lo acompañara nadie más, ni su esposa: y quiso ver las heridas que le habían infligido; eso para nosotros resultaba algo desconcertante — recordó después.

En ese entonces no tenían la más mínima idea del mecanismo psíquico de defensa y fortaleza que reforzaba ese paradójico hecho en algunas personas.

La noche que murió había ido a visitar a su prometida como tantas otras veces. Según se enteraron después por su hermano menor, de forma repentina llegó un grupo de pandilleros, seguramente drogados, a donde se encontraban platicando él y su novia y lo retaron a pelear, sin darles él ningún motivo ni responder a las agresiones. Entre los reclamos de la muchacha para que los dejaran tranquilos y las actitudes vociferantes y alevosas de los cobardes que siempre se amparan en grupo, uno de los pandilleros sacó un pica hielo y lo hirió en siete ocasiones.

Benjamin era un muchacho de constitución delgada, de mediana estatura, ajeno a cualquier manifestación de violencia; tal vez ése fue su error: su nobleza, el querer arreglar todo de forma amistosa y razonable, el creer que nadie era capaz de hacer algo que él no haría. No. Debió haber previsto un acto de tal bajeza por parte de esa escoria social.

—En el más extremo de los casos debió procurarse un arma pequeña —dijo el abogado Rea— total, como dicen en mi pueblo: ” de que lloren en mi casa a que lloren en la tuya, mejor que lloren en la tuya “.

—O al menos tomar medidas —dijo José Luis — hacerse acompañar por alguno de nosotros ante el peligro que representaban para él esas visitas. O pudo haber tratado de escapar, de cualquier modo el pleito no era con su novia, a ella no le hubieran hecho daño.

—Si, pero se quedó —agregó Victor—, tal vez pensó que las cosas no llegarían más allá de unos cuantos gritos humillantes, de unos aventones o unas cachetadas; o no quiso dejarla sola, conociéndolo, eso es lo más probable. Lo último que pasó por su cabeza se lo llevó con él. Ya nunca podremos saberlo.

—Con su muerte se cerró un ciclo para nosotros, los de su misma edad —dijo Enrique—: el ciclo de la primera juventud.

Han transcurrido ya cuarenta años desde entonces.

E. R
10/2026

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