Perspectiva. Javier Reyes
Hay una vieja expresión según la cual “la historia la escriben los vencedores”. Quizá resulte demasiado simplista para explicar por sí sola la construcción de nuestra memoria nacional, pero en el caso de la Independencia mexicana parece contener una parte importante de verdad.
Durante buena parte del siglo XIX, liberales y conservadores no sólo disputaron el poder y el modelo de nación que habría de construirse; disputaron también la historia que habría de contarse sobre el nacimiento de México.
Para los liberales, el gran momento fundacional estaba en el 16 de septiembre de 1810 y su figura indiscutible era Miguel Hidalgo. Para los conservadores, el 27 de septiembre de 1821 y Agustín de Iturbide merecían un lugar central en la memoria de la Independencia.
Al final triunfaron los liberales. Y con su victoria política terminó imponiéndose también, en buena medida, su interpretación de la historia nacional.
Hidalgo fue elevado al pedestal de Padre de la Patria. El 16 de septiembre se convirtió en la gran celebración nacional. En contraste, el 27 de septiembre fue perdiendo relevancia y Agustín de Iturbide, quien había encabezado el movimiento que efectivamente consumó la Independencia, terminó convertido en una figura incómoda de nuestra historia.
La razón por la que en México no se conmemoran de la misma manera el inicio y la culminación de esta gesta parece, entonces, comprensible. ¿Por qué conceder un lugar central en el relato fundacional de la nación a un personaje cuyo proyecto político representaba buena parte de aquello contra lo que posteriormente lucharían los liberales?
Iturbide había sido realista, impulsó una monarquía constitucional y, finalmente, se convirtió en emperador de México. Difícilmente podía encajar en el relato fundacional construido por la República liberal triunfante.
Nada de esto significa que debamos sustituir una historia de héroes por otra, bajar a Hidalgo del pedestal para colocar en él a Iturbide, ni ignorar las contradicciones del primer emperador mexicano. Sería cometer el mismo error, sólo que en sentido contrario.
Significa, a mi ver, algo más sencillo: reconocer que los hechos históricos existen, pero la manera en que una nación decide recordarlos también es producto de su historia.
El hecho que hoy refiero es que un día como hoy, 27 de septiembre, pero de 1821, el Ejército de las Tres Garantías —el llamado Ejército Trigarante— entró en la Ciudad de México. Al día siguiente, 28 de septiembre, se firmó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano. Después de once años y once días desde aquel 16 de septiembre de 1810, la lucha que había iniciado Hidalgo alcanzaba finalmente su propósito: México era una nación políticamente independiente.
Entonces vuelvo a la pregunta que dio origen a esta reflexión: ¿Por qué la historia que aprendimos concedió tanta importancia al inicio de la lucha y tan poca al momento de su culminación?
Quizá porque la historia no sólo se construye con los hechos ocurridos, sino también con la manera en que las generaciones posteriores deciden recordarlos, interpretarlos y contarlos. O, dicho de otra manera: la historia suele contarla quien está en posición de hacerlo y, naturalmente, la cuenta desde su propia perspectiva.
Y aquí viene a cuento aquella extraordinaria reflexión de Gabriel García Márquez: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.
Quizá con la historia de los pueblos ocurra algo parecido.








