Teotihuacán: lo que revela una sociedad al límite

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Mirada Sustantiva
Por Mario Saucedo

Teotihuacán: lo que revela una sociedad al límite

Lo ocurrido recientemente en Teotihuacán no puede leerse como un hecho aislado ni como un episodio más dentro de la nota roja. Es, en realidad, un síntoma profundo de algo que como sociedad hemos dejado de atender, tal como el deterioro emocional, la normalización de la violencia y la creciente incapacidad para convivir en la diferencia.

Hoy México enfrenta una paradoja inquietante, mientras se habla de bienestar, en la vida cotidiana se multiplican las expresiones de enojo, intolerancia y agresión. Cada vez es más común que los conflictos escalen rápidamente, que la palabra pierda valor frente a la confrontación, y que el otro deje de ser visto como persona para convertirse en adversario y no se trata únicamente de un problema de seguridad. Es, sobre todo, un problema de tejido social.

En este contexto, resulta inevitable mirar hacia el papel del gobierno. Más allá de discursos y posicionamientos, lo cierto es que no se han consolidado políticas públicas profundas en materia de salud emocional y prevención social de la violencia. Se ha privilegiado la atención de las consecuencias, pero no de las causas. Y cuando el lenguaje desde el poder se vuelve confrontativo, el efecto no es menor, se legitima la división, se profundiza la polarización y se alimenta un clima social donde el desacuerdo fácilmente se transforma en conflicto. Pero sería simplista pensar que toda la responsabilidad recae en el Estado.

Por su parte, hoy el sistema educativo no puede seguir conformándose con ajustes parciales ni con apuestas discursivas que no tocan la raíz del problema. Si de verdad quiere responder al momento histórico que vive el país, debe dejar de funcionar como una maquinaria burocrática y convertirse en una institución de cuidado, de encuentro y de reconstrucción social. La ruta adecuada es clara, poner en el centro la dignidad humana, la convivencia, la mediación de los conflictos y la formación de comunidades escolares capaces de prevenir la violencia no solo en el aula, sino también fuera de ella. Ese es el desafío de fondo

Finalmente, está la sociedad misma. La familia, la comunidad, los espacios cotidianos donde se construyen o en su defecto, se erosionan los valores. Ahí también hay preguntas incómodas que debemos hacernos: ¿qué tipo de convivencia estamos promoviendo? ¿qué lenguaje usamos? ¿qué ejemplo damos? No podemos exigir paz en lo público si normalizamos la agresión en lo privado.

Lo sucedido en Teotihuacán nos confronta con una verdad que incomoda, estamos viviendo una crisis que no es solo de seguridad, sino de sentido, de convivencia y de humanidad. La solución no será inmediata ni sencilla, implica reconstruir el tejido social desde distintos frentes: políticas públicas y educativas que atiendan la salud emocional, y una sociedad dispuesta a revisar sus propias prácticas. Porque al final, la pregunta ya no es por qué está pasando, sino cuánto más estamos dispuestos a normalizar antes de hacer algo distinto.

Teotihuacán no solo fue escenario de un hecho lamentable, fue también, un espejo, lo que refleja debe preocupar y ocuparnos a todos.

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