¿Una escuela sin celulares o estudiantes que sepan utilizarlos?

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MIRADA SUSTANTIVA
¿Una escuela sin celulares o estudiantes que sepan utilizarlos?
Por Mario Alberto Saucedo de la Rosa
El teléfono celular forma parte de nuestra vida cotidiana. Lo utilizamos para comunicarnos, trabajar, informarnos, entretenernos y, cada vez más, aprender. Para niñas, niños y adolescentes esta realidad es todavía más evidente, estos han crecido en un mundo donde lo digital no representa una novedad, sino parte de su entorno. Por ello, la discusión sobre regular o restringir el uso de celulares en las escuelas de educación básica merece algo más que una respuesta entre estar a favor o en contra.
Durante la reciente fase intensiva del Consejo Técnico Escolar, la Secretaría de Educación Pública consultó a maestras y maestros sobre el impacto de los dispositivos digitales en las infancias y juventudes. Será importante conocer los resultados y, especialmente, saber qué decisiones se tomarán a partir de la experiencia de quienes viven diariamente esta realidad en las aulas. Porque debemos reconocerlo, es un tema urgente por atender.
El celular puede convertirse en un importante distractor. Las redes sociales, mensajes y notificaciones compiten permanentemente por la atención de los estudiantes. A ello se agregan situaciones más delicadas como grabaciones sin consentimiento, ciberacoso, acceso a contenidos inapropiados o conflictos que comienzan en espacios digitales y terminan dentro de la escuela.
Ante ello, algunas instituciones han optado por prohibir o restringir considerablemente su uso. La medida es comprensible y puede disminuir las distracciones durante la jornada. Sin embargo, vale la pena preguntarnos ¿prohibir el celular resuelve el problema?
Al salir del plantel, nuestros estudiantes volverán a encontrarse con los dispositivos, las redes sociales, internet y ahora también con la inteligencia artificial. La tecnología continuará formando parte de sus vidas. Por eso quizá la discusión no debería reducirse a permitir o prohibir, sino avanzar hacia regular y educar. Habrá momentos en los que el teléfono deba permanecer guardado y situaciones en las que su uso tendrá que estar claramente restringido. Pero también puede convertirse en una biblioteca, una herramienta de investigación, una plataforma educativa, una cámara para documentar un proyecto o una puerta de acceso a innumerables recursos para aprender. El dispositivo es el mismo; lo que cambia es el propósito con el que se utiliza.
Esto requiere corresponsabilidad. Las familias tienen una tarea fundamental al establecer límites, acompañar y conocer qué hacen sus hijos en los entornos digitales. Resultaría difícil pedirle a un adolescente que deje el teléfono cuando los propios adultos somos incapaces de separarnos de él.
Pero tampoco podemos centrar toda la discusión en estudiantes y padres de familia.
Por otra parte, los maestros también debemos preguntarnos ¿estamos preparados para orientar a niñas, niños y jóvenes en el uso responsable de los dispositivos digitales? No significa que el docente deba dominar cada aplicación o conocer todas las tendencias tecnológicas. Significa desarrollar las herramientas necesarias para enseñar a buscar información confiable, proteger la privacidad, identificar riesgos, respetar a los demás en los espacios digitales, utilizar críticamente las redes sociales y comprender las posibilidades y límites de la inteligencia artificial.
Y para ello también existe una responsabilidad de las autoridades educativas. No podemos pedir docentes capaces de formar ciudadanos digitales si no ofrecemos capacitación y acompañamiento suficientes. La formación ya no puede limitarse al manejo técnico de una plataforma; necesitamos hablar de ciudadanía digital, seguridad, ética, pensamiento crítico e inteligencia artificial. Además, existe otro elemento que no podemos ignorar que es la desigualdad. No todos los estudiantes poseen los mismos dispositivos ni las mismas posibilidades de conectividad. Utilizar la tecnología como herramienta educativa nunca debería convertirla en una condición indispensable para aprender. La innovación debe incluir, no excluir.
Por eso el debate es mucho más amplio que decidir si permitimos o retiramos los celulares. Necesitamos estudiantes que aprendan a utilizarlos responsablemente, familias que acompañen, docentes preparados para orientar, escuelas con acuerdos claros y autoridades que generen condiciones y formación para hacerlo posible. Tal vez prohibirlos consiga aulas con menos teléfonos visibles. Pero educar para utilizarlos responsablemente puede conseguir algo mucho más importante: personas capaces de decidir cuándo usar la tecnología, para qué utilizarla y también cuándo dejarla a un lado.
La tecnología seguirá avanzando, con o sin permiso de la escuela. Nuestro desafío no debería ser formar estudiantes para vivir alejados de ella, sino prepararlos para convivir con ella con criterio, responsabilidad y sentido humano. Quizá entonces la pregunta verdaderamente sustantiva no sea si queremos escuelas con o sin celulares. La pregunta es:
¿Estamos preparando a nuestra comunidad educativa para aprender, enseñar y convivir responsablemente en un mundo que ya es digital?
Hasta la próxima Mirada Sustantiva.

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