Es muy probable que sin la intervención de cierto escritor argentino de gran renombre, no nos hubiésemos enterado de la existencia y la obra de Macedonio Fernández. Tal vez el conocimiento de ésta se hubiera circunscrito a la ciudad de Buenos Aires o en el más optimista de los alcances, a toda Argentina.
Su figura no estuvo rodeada de reflectores – que incluso evitó – ni del sostén infalible de la mercadotecnia; es sabido que esta última obra milagros con sus magistrales técnicas: de una nulidad intelectual o de un escritor insustancial puede lograr, al menos, un candidato al Premio Nobel; o, sin ambiciones demasiado pretenciosas, puede por lo menos convertirlo en un constante ganador de premios subalternos de toda laya; todo esto basado en la cantidad – no necesariamente en la calidad – de sus libros vendidos.
En el caso de Macedonio Fernández la sentencia bíblica de que ” el espíritu sopla donde quiere ” se cumple a cabalidad.
La obra de Macedonio no es copiosa, no fue un ” fabricante de libros para vender “, sin embargo, el necesitado que busca siempre encontrará sus escritos, y en ellos, algo que le resulte valioso. El Maestro de Galilea no escribió nada para la posteridad. Juan Rulfo escribió solo dos novelas y numerosos cuentos; esto y su correspondencia epistolar conformaron toda su obra, la cual a resistido el paso del tiempo y las nuevas tendencias literarias.
La obra de los auténticos intelectuales como la de los verdaderos sabios, no es algo que ellos crean que deba ser difundido: o la consideran algo tan valioso que no puede ser objeto de manoseo por parte de las grandes masas o estiman su contenido inactual y poco atractivo para su difusión.
Solo la insistencia de algunos generosos lectores informados, que por causas desconocidas llegaron a esos escritos, es que la obra de dichos personajes se difunde de forma algo masiva.
En la actualidad resulta de gran atractivo el contenido digital; solo unos pocos nostálgicos de la letra impresa se interesarán por ciertos escritos guardados por años en viejos cajones, y que realmente contienen algo importante y trascendente; de un valor, al menos, literario.
En el otoño de 1950 tuvimos la oportunidad, pocas veces conseguida, de entrevistar a Macedonio Fernández.
Nos recibió en su piso de Buenos Aires y después de la charla acompañada del habitual café porteño colocamos los micrófonos y la grabadora – rústicos en aquellos días -, y procedimos a iniciar nuestra conversación.
Macedonio nos aseguró que podíamos abordar los temas que considerásemos pertinentes sin restricción de ningún tipo. Lo que agradecimos por la calma que esta aclaración hecha de su parte nos proporcionó.
Transcripción completa de la conversación sostenida con Macedonio Fernández.
Buenos Aires, 1950.
Periodista. – Maestro, antes que nada le agradecemos que haya aceptado platicar con nosotros, tenemos entendido que su salud no es la óptima en estos momentos.
Macedonio. – Es un gusto para mí. Por lo general no acepto entrevistas; si, he estado delicado de salud y además todo tiende a tergiversarse y a conclusiones erróneas. Prefiero escribir para explicar mis posturas y opiniones.
P. – Que un escritor de reconocida fama como Jorge Luis Borges, con una experiencia y trato prolongado con grandes artistas e intelectuales, haya reconocido que ninguna otra persona lo impresionó más o al menos igual que usted, es algo que llama la atención, es la garantía de que Macedonio Fernández es una persona extraordinaria.
M. – Borges es mi amigo, los suyos son comentarios hacia mi persona que la amistad permite. Pero de ninguna manera acepto el calificativo de extraordinario.
P. – Nos ha prometido un libro sobre la Nada, entiendo que está en proceso de elaboración ¿ Cómo considera Ud. el escribir ? ¿ Que representa para ud. ?
M. – Escribir es el verdadero modo de no leer, y de vengarse de haber leído tanto. En cuanto al libro, si, está en proceso de elaboración.
P. – Referíamos hace un momento su estado de salud actual, al parecer a tenido algunas dificultades de naturaleza crónica. Que nos puede comentar a ese respecto.
M. -Tengo un buen lote de enfermedades, pero creo que con una me bastará al fin. No las combato porque no sé cuál es la que necesitaré en mi último día; día que espero sea muy concurrido y en el cual todo el mundo descubrirá, con un talento que siempre disimularon, que yo era una buena persona como lo proclamaba en vano ( risas.. ).
P. – Resulta indudable que las personas que se salen de forma física o espiritual, digamos, de la norma social establecida o de los criterios en turno, pasan por consideraciones de índole muy diversa.
P. – Si, hay personas que por sus atribuciones físicas, su conducta o sus ideas, despiertan nuestra curiosidad e interés.
Caracteres psicológicos, espíritus singulares poco frecuentes, atribuciones físicas y desórdenes neurológicos de los más diversos tipos, en largas épocas y en los lugares más exóticos y de ubicación desconocida para la antropología, han sido objeto de alabanza y reverencia o de extrañeza y hasta de un cierto temor supersticioso.
P. – Nos podría dar un ejemplo de esto, precisarlo un poco mas.
M. – Un buen ejemplo de estas apreciaciones fueron las personas pelirrojas que en la edad media eran consideradas hijas del demonio, o las mujeres que estudiaban las plantas con fines curativos y medicinales y que en más de una ocasión terminaron en la hoguera; los albinos y los enanos en ciertas tribus son considerados privilegiados por los dioses; o los epilépticos, a quienes se consideraba poseídos por algún espíritu impuro o víctimas de un castigo divino por alguna desviación a la moral en turno por parte de sus progenitores.
P. – ¿ Nos puede contar algo de sus padres y de su propio nacimiento ?
M. – Mi padre fue abogado, militar y dueño de una pequeña estancia. La práctica jurídica y el cuidado de sus terrenos le absorbían la mayor parte de su tiempo, sin embargo nunca descuidó el bienestar de su familia; fue un hombre afectuoso con nosotros.
Mi madre ejercía las labores del hogar, cosa acostumbrada en aquella época.
Yo nací en octubre de 1878 aquí, en Buenos Aires. No me pregunte mi signo zodiacal, no soy afecto a cuestiones astrológicas.
P. – En su niñez y juventud cómo fue su conducta y su aplicación en los estudios ¿ considera que fue un buen estudiante o por el contrario un chico conflictivo ?
M. – No fui un chico conflictivo, pero tampoco un buen estudiante cuando niño o adolescente, mi natural timidez y mis constantes ensoñaciones no ayudaban a eso.
Pero si gustaba de leer en casa. Realmente leí mucho en aquellas épocas.
P. – ¿ Su carácter cómo ha sido Maestro, cómo se definiría Ud. ?
M. – Siempre fui de naturaleza contemplativa, entregado a la reflexión. Escribir me interesó poco y el publicar aún menos. Cuando cambio de pensión aquí en Buenos Aires se me quedan muchos cuadernos y manuscritos en cajones donde acostumbro guardarlos y que los nuevos inquilinos se encargan de tirar. Mis amigos incluso me reprochan esos olvidos, me dicen que es una pena y algo injusto que se pierdan esos escritos.
P. – Y cuál es su reacción ante esos comentarios que evidentemente tienen fundamento.
M. – Mi postura filosófica es que el hecho de considerar que algo se pierde es un acto de soberbia, puesto que nuestra condición humana está destinada a encontrar, perder y redescubrir siempre lo mismo. En otras palabras que ya todo está dicho y no hay nada nuevo bajo el sol, como afirma el Eclesiastés. Las cuestiones fundamentales, con los siglos y los milenios cambian sus ropajes pero no su sentido.
P. – ¿ Ha cambiado su capacidad de introspección con los años ? ¿ Cree que ha ido perdiendo un poco de su proverbial vigor mental ?
M. – Si me fuera a recostar al campo lejos de Buenos Aires y me pudiera distraer de todo, descubriría el secreto del universo ( risas… ).
P. – Borges nos dijo en reciente entrevista que usted posiblemente entrevió alguna vez ese secreto.
M. – ¡ Desde luego que no ! Mire usted; Schopenhauer, a quien siempre consideré mi maestro, sabía que el mundo es apariencia, solo una manifestación de la Voluntad, esa fuerza impetuosa y ciega que está detrás de la imagen del mundo, creándolo. Así, con la convicción de un mundo aparente y sin la presencia de un Yo que se lo tome muy personal, discurre mi espíritu. Si existe algún secreto, ese es.
Siempre resultan de una importancia invaluable las convicciones existenciales propias; claro, cuando no se tratan de imponer a los demás. Más allá de eso reina en mí el silencio.
P. – Da la impresión de que usted le da preponderancia al espíritu sobre el cuerpo, a la mente sobre la materia.
M. – Para mí el cuerpo es solo un pretexto para el espíritu. Quizá de ahí mi constitución frágil.
P. – Además de la contemplación y la reflexión cuál diría que es su otra gran pasión.
M. – La amistad.
P. – ¿ Y cómo se manifiesta esa disposición con sus amigos y la gente en general ?
M. – Me han hecho la observación reiterada de que mi actividad mental es insistente y rápida con respecto a mi expresión verbal. O que siempre tengo un aire ausente. Es posible que así sea, pero siempre trato de ser cortés, la gente no tiene la culpa de nuestros problemas. Con mis amigos prefiero hablar como al margen de la conversación y por costumbre adopto el tono interrogativo. Prefiero preguntar y aclarar mis dudas a pontificar o tratar de hacer afirmaciones magistrales.
P. – ¿ Su vocación fue siempre metafísica o hubo algún otro interés previo ? Háblenos por favor un poco de ese Macedonio Fernández desconocido para la gente, fuera del ambiente literario y filosófico.
M. – Estudié derecho y litigué algunos años. Mis estudios primarios y secundarios los cursé en el Colegio Nacional, posteriormente estudié derecho en la Universidad de Buenos Aires. En la universidad conocí y fui compañero de Guillermo Borges, padre de Jorge Luis, de ahí proviene nuestra actual amistad. Sin embargo, desde muy joven colaboré en periódicos con pequeñas narraciones o reseñas, podría decir que el aspecto literario fue primordial para mí.
P. – ¿ Tiene Macedonio Fernández algún temor actual o que haya mantenido desde siempre ?
M. – Dos han sido mis temores: el dolor y la muerte.
P. – ¿ Y cuál ha sido su manera de enfrentarlos ?
M. – Para precaverme del dolor me forjé el hábito de representarme imaginariamente las situaciones más dolorosas por las que podría pasar con el convencimiento de que esa previa representación anularía, o al menos disminuiría, la intensidad del dolor cuando éste se presente. Imaginar por ejemplo una visita al dentista en sus más ínfimos detalles: la llegada al consultorio, la apertura de la puerta, el golpe a mis espaldas al cerrarla, el sillón, el sonido incisivo del instrumental y finalmente la cirugía.
P. – ¿ Y en cuanto a la muerte, que en sus palabras es otro de sus temores ?
M. – Con respecto a la muerte, suprimí a través de muchas años de lecturas y reflexiones la convicción tan arraigada entre la gente de la existencia real de un Yo. Ese es un gran prejuicio que convendría erradicar. En la antigüedad no se hablaba de un Yo, éste es de adquisición reciente. El Yo es una llaga; si lo elogian a usted, siente algo muy agradable, no así si alguien lo insulta o le dice sus verdades. Desaparecer el Yo limitaría mucho nuestros sufrimientos. Quizá también nuestras satisfacciones; aún así creo que sería preferible su extinción. Para conjurar el temor a la muerte nada como vivir con la ausencia de un Yo. Así cuando ésta llegue no habrá un Yo para morir. Es mi postura.
P. – Y con respecto a la cotidianidad cuál sería su método de resistencia.
M. – Contra el malestar emocional cultivo no solo la paciencia, también la costumbre de omitir lo desagradable que se me presenta y trato de enfocarme en un motivo agradable: un recuerdo, un objeto, un olor o la vista de mi libro favorito acomodado en el librero. Sostengo que el organismo no es capaz de generar una gran alegría y que, por lo tanto, tampoco lo es de generar un gran dolor; mis amigos me rebaten diciéndome que eso no tiene porqué ser simétrico. Respeto sus ideas, pero es mi opinión.
P. – Mucho se comenta entre los que cultivan las ciencias relacionadas con la conducta y el aprendizaje, lo contundente y eficaz de la influencia que ejercen las ideas y las convicciones en la idiosincrasia del individuo. Cuál es su opinión al respecto.
M. – Lo referí antes y lo confirmo ahora. Las convicciones vivenciadas y experimentadas de una ideología, una filosofía o una religión, son la base de un mejor vivir en general si se las practica y se las lleva a hacerse hábito. Esto que digo puede parecer una perogrullada, pero así funciona esto. Durante siglos se escribió y se discutió de la ” búsqueda “, del ” camino ” y – sobre todo la juventud – se lanzaba a experiencias o estudios que les daban señales o indicios de la correcta senda; de su camino propio.
¿ Quién saca ya, sin escrúpulos, algo de su propio corazón ?
Esa es una tarea que en otros tiempos muchos tuvieron que realizar. Ya son pocos los que buscan y encuentran.
P. – ¿ Pero como saber con certeza que el camino elegido es el correcto ? En la actualidad se cuenta con demasiada información, tal vez por la influencia de la era de acuario.
M. – Mientras a usted le resulte de utilidad su camino y se sienta pleno y satisfecho, puede considerarse en el camino correcto, por lo menos en ese tramo; y su camino será tan válido como cualquier otro. Si se adhiere al budismo, al cristianismo, al materialismo o a cualquier otro punto de vista y siente, con la sinceridad y honestidad necesarias, que se acopla genuinamente con su subjetividad, podemos estar seguros que estamos en terreno propicio y que vamos por caminos ciertos.
P. – Uno de los temas recurrentes y preferidos en sus escritos es la reflexión sobre la esencia onírica del Ser. Hay quienes refutan esos criterios.
M. – Las refutaciones o afirmaciones sobre mis ideas no me interesan de forma particular. Mi filosofía funciona para mí y es mi forma de vivir, como lo hacían los antiguos griegos. ¿ O creemos ser mejor que los griegos ?, lo dudo. Mi objetivo es el conocimiento y yo sigo sin detenerme el curso de mis razonamientos. Mientras que con esto a nadie perjudique creo que es válido.
P. – Maestro, en una entrevista reciente Borges hizo el siguiente comentario, cito : ” por indolencia tenemos la idea de que los demás están hechos a nuestra imagen; Macedonio comete el generoso error de atribuir a los demás su propia inteligencia “. ¿ Que opinión le merece este comentario ?
M. – Es una constante no solo mía. Todos tendemos a creer que los demás tienen nuestras mismas capacidades o nuestros mismos sentimientos o puntos de vista. Nos sorprendería lo lejos que está esto de ser verdad.
P. – ¿ Considera usted que la humanidad tiene un destino favorable, tal vez con un cambio de actitud o de consciencia general ?
M. – Mucho me temo que, en su esencia, el hombre es el mismo de la cuna a la tumba. Es lo que los estudiosos de la conducta llaman temperamento. El carácter en cambio se puede forjar y modificar; los hábitos, los estudios, el medio social o los ejemplos que se reciban pueden resultar determinantes; pero su esencia permanecerá inalterable: ” Genio y figura hasta la sepultura ” dice el antiguo refrán. Sin embargo, hay que mantener la esperanza y luchar, no veo otra salida.
P. – Su producción literaria, al menos lo publicado, no es muy abundante. Que explicación le da a este hecho.
M. – La literatura me interesa menos que el pensamiento y publicar menos que la literatura: o sea, casi nada.
P. – En cuanto a la poesía, cuáles son sus preferencias ¿ Gusta de ella ?
M. – Definitivamente no. Algunos de mis mejores amigos, como Leopoldo Lugones, son poetas; sin embargo, nunca he tenido preferencia por la poesía y sus métricas musicalidades.
Yo no soy lector de soniditos; si necesito música la busco en la música, no en las letras.
P. – En algunos pueblos de la antigüedad se pensaba que la letra mata al espíritu y que lo escrito es cosa muerta.
M. – Estoy de acuerdo. La narración oral de mitos, cuentos y leyendas fue antes que la letra escrita y era una cosa más viva.
P. – Emil cioran afirma que las mejores concepciones e ideas le llegan en posición horizontal, es decir, acostado. ¿ Comparte usted su opinión ?
M. – En parte. Mi naturaleza propende a la inacción y a la soledad sin tedio, hay hombres que están solos y algo esperan; yo vivo en soledad pero nada espero, me dejo llevar suave, mansamente con el fluir del tiempo. Vivo para el pensamiento y diariamente me abandono a las vicisitudes y sorpresas del pensar como un nadador se aventura en el río; tanto mi pensamiento como mi escritura son por esta razón más vívidos.
P. – ¿ El pensar y el escribir van aparejados en su caso ?, o uno tiene preponderancia sobre el otro.
M. – La escritura no me cuesta trabajo, para mí es la continuación natural del pensar; en mi habitación, solitario, o en algún café, lleno páginas y más páginas de notas y apuntes.
P. – ¿ Tiene alguna fobia o alguna preferencia ?
M. – Mi fobia es el frío, cosa que en temporada de invierno me lleva a dormir vestido, y en mi habitación casi siempre fría me pongo algo que protega la cabeza; y una de mis preferencias que quizá el público no conozca, son los dulces.
P. – ¿ En su opinión, goza en la actualidad de algún prestigio la facultad de pensar con rigor y claridad ?
M. – Mire usted. En cierto tipo de idiosincrasias se tiene la apreciación errónea – como los equívocos medievales que en un principio le mencioné – que una estructura psicológica contemplativa es sinónimo de ser un completo inútil; sobre todo en países industrializados donde todo debe tener una utilidad inmediata y práctica, si no, es algo banal. Países como Japón, donde si no te integras y produces cosas, tienes la opción honorable del suicidio en cualquiera de sus modalidades; son sociedades con la filosofía pragmática de William James: ” es verdadero lo que funciona o es útil de manera práctica “; lo cual desde una determinada perspectiva es correcto, como todas las demás perspectivas.
Platón mismo, el filósofo de la antigüedad que más ha influido en el pensamiento moderno tenía una aversión declarada hacia los poetas. En su libro la República propone su expulsión de la ciudad ideal.
P. – ¿ Históricamente cuál considera que ha sido la relación entre la intelectualidad y la practicidad ?
M. – En la antigua Roma se tenía una tendencia general a lo práctico, prueba de esto son su construcciones hechas para durar, su severa educación y su contribución a las leyes y al derecho. Sus poetas y filósofos, los pensadores y los contemplativos son excepción.
Se enumeran con facilidad.
Pero todo tiene su equilibrio: Grecia, cuando Roma aún no se constituía ni como el sueño de un imperio y la ciudad no era más que un pequeño caserío entre siete colinas, Homero en Grecia ya cantaba los versos de la Ilíada y la Odisea, y el auge filosófico fue tal que la posteridad lo dividió en presocrático y socrático.
P. – ¿ Esas tendencias psicológicas aparentemente contrapuestas se excluyen mutuamente ?
M. – No. Creo que considerar de ese modo la cuestión es un error. El práctico y el intelectual son tipos psicológicos, igual que el extrovertido y el introvertido. Ni buenos ni malos moralmente. Son condiciones, estructuras psíquicas determinadas, no elegidas; alguien planea y alguien ejecuta; alguien piensa y alguien hace. Ambos Igual de necesarios e importantes. En la balanza vital todos tenemos ambas características pero siempre el peso de una se inclina mayormente a un lado. Ejercer un juicio de menor o mayor valor sobre estos caracteres solo denota prejuicios o falta de conocimiento. Sería similar a valorar a alguien por su estatura: se puede ser un Napoleón pequeño e inteligente o ser un gigante y una completa nulidad.
E. R.
10/2026








