La educación que ningún maestro puede dar.

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Hoy pensar distinto parece motivo suficiente para desacreditar, ofender o excluir. Las redes sociales se han convertido en escenarios donde importa más destruir al adversario que construir acuerdos.

Mirada Sustantiva

Por Mario Saucedo

En los últimos años se ha vuelto cada vez más frecuente escuchar frases como: “para eso va a la escuela”,  “en la escuela deberían inculcar valores” o ¿eso te enseñan en la escuela? Sin darnos cuenta, hemos comenzado a depositar sobre las instituciones educativas responsabilidades que, durante generaciones, nacían naturalmente en el hogar.

No se trata de señalar culpables. Ser padre o madre nunca ha sido una tarea sencilla y las condiciones sociales actuales son muy distintas a las de hace algunas décadas. Las jornadas laborales son más largas, la tecnología ocupa un espacio creciente en la vida familiar y el tiempo de convivencia parece reducirse cada día. Sin embargo, precisamente por ello vale la pena detenernos a reflexionar: ¿qué corresponde realmente a la familia y qué corresponde a la escuela?

Existe una idea equivocada de que la escuela debe resolver todos los problemas sociales. Se espera que enseñe matemáticas y español, pero también que forme en valores, educación ambiental, cultura vial, nutrición, inteligencia emocional, prevención de adicciones, educación financiera, civismo, resolución de conflictos y un largo etcétera. Cada nueva problemática parece traducirse en una nueva responsabilidad para el docente.

La escuela tiene la misión extraordinaria de desarrollar conocimientos y habilidades que permitan a los estudiantes comprender el mundo, pensar críticamente y prepararse para la vida. Así mismo busca garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad, promoviendo el desarrollo integral de los alumnos buscando formar ciudadanos responsables. Pero hay enseñanzas que ningún plan de estudios puede sustituir.

El respeto no se aprende únicamente cuando aparece escrito en el reglamento dentro del salón de clases; se aprende cuando un niño observa cómo sus padres tratan a los abuelos, al vecino, al cajero del supermercado o al conductor que les cerró el paso.

La honestidad no nace de una definición escrita en un libro de Formación Cívica y Ética; se construye cuando los adultos deciden hacer lo correcto incluso cuando nadie los observa.

La responsabilidad no comienza con la entrega puntual de una tarea escolar; inicia cuando en casa se cumplen compromisos, se respetan horarios y cada integrante entiende que sus acciones tienen consecuencias.

Los niños aprenden mucho más de lo que ven que de lo que escuchan. Su primer salón de clases es el hogar y sus primeros maestros son quienes viven con ellos.

Eso no significa que la escuela sea ajena a la formación humana. Al contrario. La educación siempre ha sido una tarea compartida. Sin embargo, compartir responsabilidades no significa sustituirlas. Cuando la familia espera que la escuela haga su parte, y la escuela intenta compensar aquello que falta en casa, ambas terminan enfrentando una tarea imposible.

Quizá por eso, en ocasiones, se exige a los docentes resolver conductas que tienen su origen fuera del aula. Se les pide enseñar respeto mientras los estudiantes presencian agresiones en casa; fomentar la lectura cuando nunca han visto un libro abierto en su familia; promover el diálogo cuando el ejemplo cotidiano es el grito o la descalificación.

Ningún maestro o maestra, por preparado o comprometido que sea, puede competir con el ejemplo diario que un niño recibe en su hogar.

La educación nunca ha dependido exclusivamente de una institución. Es el resultado de la suma de esfuerzos entre familia, escuela y sociedad. Cuando uno de esos pilares se debilita, los otros intentan sostener el edificio, pero difícilmente podrán hacerlo por completo.

Como ciudadanos, quizá ha llegado el momento de dejar de preguntarnos únicamente qué está haciendo la escuela por nuestros hijos y comenzar a preguntarnos qué estamos haciendo nosotros para que la escuela pueda cumplir mejor su misión. Un docente puede explicar el valor del respeto, pero será el ejemplo de los adultos en casa el que lo convierta en una forma de vida. Puede hablar de honestidad, pero serán las acciones cotidianas las que le darán verdadero significado.

Educar no empieza cuando un niño cruza la puerta de la escuela, empieza mucho antes, cuando abre los ojos cada mañana y observa cómo vivimos quienes tenemos la responsabilidad de mostrarle el camino.

Y quizá esa sea la lección más importante de todas: antes de exigir mejores escuelas, preguntémonos si estamos construyendo mejores hogares. Porque la educación que transforma a una sociedad no comienza con una reforma educativa; comienza con el ejemplo que damos cada día.

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