Del diálogo a la confrontación: La crisis de la política mexicana.

spot_img
Hoy pensar distinto parece motivo suficiente para desacreditar, ofender o excluir. Las redes sociales se han convertido en escenarios donde importa más destruir al adversario que construir acuerdos.

Mirada Sustantiva

Por Mario Saucedo

En plena inauguración de la Copa Mundial de Futbol 2026, México atraviesa una paradoja que debería invitarnos a una profunda reflexión. Mientras el gobierno federal promueve una imagen de estabilidad, desarrollo y transformación, las calles, las plazas públicas y los espacios de discusión política evidencian una realidad distinta, una creciente polarización social e institucional que parece haber sustituido al diálogo como mecanismo de construcción democrática.

Por ejemplo, la confrontación entre el gobierno federal, el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) es solamente una expresión de un fenómeno mucho más amplio. Por un lado, observamos a organizaciones sindicales que han modificado sus posturas conforme cambian las circunstancias políticas, actuando de manera sumisa y conformista; por otro, encontramos movimientos que han optado por la radicalización de sus métodos de presión, convencidos de que únicamente mediante la confrontación podrán obtener respuestas. Sin embargo, reducir el problema a una disputa sindical sería un error. Lo verdaderamente preocupante es la incapacidad de los distintos actores para construir acuerdos duraderos. Cada grupo parece hablar únicamente para sus seguidores, mientras que el interés general queda relegado a un segundo plano.

En este contexto, resulta inevitable cuestionar una práctica recurrente de la política mexicana: la promesa electoral como instrumento de conquista del poder, aun cuando existen serias dudas sobre su viabilidad. La ciudadanía escucha compromisos que generan esperanza y expectativas legítimas, pero una vez concluido el proceso electoral aparecen las verdaderas intenciones, y aunque en algunos casos existe voluntad, limitantes económicas, administrativas y de otra índole impiden su cumplimiento. El resultado es una creciente frustración social y un deterioro constante de la confianza en las instituciones y en quienes las representan.

Quien ejerce el poder tiene la obligación ética de gobernar con realismo, honestidad y capacidad de diálogo, particularmente cuando las expectativas ciudadanas fueron construidas sobre compromisos concretos. Ante tanta manifestación como se esta dando en estos momentos en el país como las de madres buscadoras, transportistas, campesinos y los maestros, es evidente que algo esta fallando y no se puede justificar responsabilizando a gobiernos anteriores, porque se supone que se llega al cargo para resolver, al menos eso se dijo consistentemente en campaña.

Otro elemento que merece atención es la tendencia de los gobiernos a asumir que la legitimidad electoral les concede el monopolio de las buenas ideas. Con frecuencia, las propuestas provenientes de la oposición, de organizaciones civiles, de académicos o incluso de ciudadanos sin militancia partidista son descartadas antes de ser analizadas. La lógica del si no viene de los nuestros no sirve, ha terminado por empobrecer la discusión pública y limitar la capacidad de encontrar soluciones integrales a los problemas nacionales.

México necesita recuperar la cultura del acuerdo. La discrepancia no debe interpretarse como traición ni la crítica como enemistad. Las sociedades democráticas avanzan cuando las diferencias pueden discutirse con argumentos y respeto, no cuando se transforman en trincheras irreconciliables. El verdadero riesgo no es la existencia de conflictos entre sindicatos, colectivos, asociaciones, gobiernos o partidos políticos. El riesgo es que la confrontación permanente termine normalizándose hasta convertirse en la única forma de hacer política.

La grandeza de una nación no se mide por los eventos que organiza, sino por la capacidad de sus instituciones y de sus ciudadanos para construir acuerdos en medio de las diferencias que verdaderamente beneficien a la sociedad y fomenten la construcción de una nación justa y democrática.

En pleno evento mundial que coloca los ojos del planeta sobre nuestro país, quizá la pregunta más importante no sea qué imagen proyectaremos hacia el exterior, sino qué tipo de nación estamos construyendo para quienes vivimos en ella. Porque ningún estadio lleno, ninguna ceremonia espectacular y ninguna campaña de promoción internacional podrán ocultar indefinidamente aquello que se niega a resolverse mediante el diálogo, la responsabilidad y la madurez democrática.

spot_img

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here

Related articles

Comparte este artículo

spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img

últimas noticias