Rememorar la infancia es realizar un viaje mágico a tiempos donde la dicha se podía encontrar en cualquier lugar y casi con cualquier cosa. Todo recuerdo aspira a volver a ser presente y abandonar su condición de nebuloso fantasma, o escapar de la cárcel del más profundo olvido.
Hacia mediados los 60’s, en algunas ocasiones, niño aún, acompañé a mi madre en sus estancias de trabajo en la sierra. Ella era enfermera, y con los recursos limitados de que se disponía en aquel entonces, proporcionaba algún alivo en la medida de sus posibilidades a aquellos indígenas que de las diferentes comunidades bajaban al consultorio del aserradero buscando alivio a sus dolencias. Gente cuya situación perdura – según me entero -, mexicanos de segunda o tercera clase, o mas bien de ninguna. Los nadie, los confundidos con el color de la tierra, los olvidados. El viaje de cd. Durango a las comunidades serranas se realizaba en Jeep, en un viaje que duraba varias horas, la otra opción era en avioneta. De las dos formas, varias veces, me tocó acompañar a mi madre. Tengo un recuerdo muy vívido de la forma en que aterrizaba la avioneta en la sierra, amarrándose fuerte al ir frenando sobre la pista y con fuertes sacudidas que a mi me parecía que la iban a desbaratar. Las avionetas representaban un recurso de gran importancia, porque en caso de emergencias médicas o de cualquier índole, era la forma de solventarlas con mayor rapidez. La pista era corta, de tierra aplanada, y cuando las avionetas iban muy cargadas y no alcanzaban a levantar vuelo, el piloto debía frenar, dar vuelta e intentarlo nuevamente; era una operación que francamente ponía nerviosos a los pasajeros principiantes.
El indígena en general es retraído en el trato, desconfiado, siglos de sumisión y marginación le han proporcionado esa herramienta de supervivencia; conmigo, tal vez por mi niñez, no fue así. Y conocí su generosidad a pesar de todas sus limitaciones. El citadino sentimentaloide que basa su idea en filmes de bajo presupuesto, supone, equivocadamente, que el indígena sufre mucho en la soledad de las montañas o por sus carencias; no, nada mas lejos de la verdad; le hacen falta muchas cosas que nosotros tenemos, pero necesita muy pocas, o ninguna. La soledad le es inherente porque en ella nació – no soportaría dos horas en una plaza comercial, valga el ejemplo – , y el frío y el hambre han sido sus inseparables desde que recuerda por lo que ya forman parte de sus atributos ontológicos. San Francisco decía: ” deseo poco, y lo poco que deseo, lo deseo poco “. Pero no nos equivoquemos, no todo es bondad y dulzura por aquellos pagos. En la sierra priva la dignidad y cuando el caso lo amerita, hasta la ausencia de miedo; no los valores franciscanos. Si se toca algo querido, se resuelve a machetazos en pelea a muerte. Allá no hay el ” ¡ Me rindo, me rindo, usted gana ! “.
Algunos de los regalos más preciados que recibíamos era carne seca de venado – que no he vuelto a probar y cuyo sabor nunca he olvidado – que mi mamá colgaba de un lazo en la cocina y pájaros de bellísimos colores que nos llevaban en sencillas jaulas de madera. ¿ Qué niño no es feliz al recibir como regalo pajaritos de colores ? – no creo que alguno los rechace – y en mi caso personal recibirlos siempre fue una fiesta; y cuando no tenía ninguno, vivía pendiente y preguntaba a mi mamá constantemente cuando nos traerían alguno.
Me tocó estar en el templo durante los festejos religiosos, donde mi papá, por la atracción exótica de la celebración o por solidaridad con sus amigos serranos – siempre fue de amigos, donde quiera que iba tenía amigos -, en una ocasión casi se desmaya; se colocó hasta adelante en el interior templo, frente al altar, donde el calor era más intenso porque ahí estaba hacinada la mayor parte de la gente y había grandes velas encendidas y muchas flores con olores intensos, algunas ya marchitas.
Ya olvidé como logramos rescatarlo antes de que sucumbiera, porque mi mamá y yo habíamos permanecimos en todo momento cerca de la puerta. Unos metros mas allá de la iglesia vi la cárcel, que consistía en pequeñas chozas de tablones reforzados y que permanecían custodiadas por soldados. Un preso se acercó a una pequeña ventana enrejada y le comentó algunas palabras al custodio, con bastante tranquilidad y hasta con un diálogo de parte de su interlocutor, eso, no sé por qué, me pareció algo extraño.
La vida en el aserradero no estaba exenta de riesgos comunales, como el conato de incendio, sofocado y detenido a tiempo en dos ocasiones, de las bombas que abastecían de combustible a los tráilers. La primera vez no me tocó vivirlo personalmente, y en la segunda ocasión, recuerdo que mi mamá me dijo muy alarmada que había que salir rápido de la casa, y junto con el pequeño grupo de familias, salimos y nos colocamos lo más retirados que pudimos del peligro.
Quienes tuvimos la suerte de nacer en un pueblo pequeño, con la confianza y seguridad que en ellos se conserva, sabemos lo importante que con los años resultan ser los primeros amigos. Aunque durante décadas o quizá ya nunca los volvamos a ver, siempre que las circunstancias buenas o malas fuerzan el recuerdo, su imagen aparece. Mi amigo de infancia en aquellas montañas fue ” caperuzo “, apodo cuyo motivo desconozco, pero así le decía mi mamá; era hijo de una pareja duranguense y su padre trabajaba en el aserradero; un niño desaliñado y lagañoso, así creo recordarlo. Supe después por mi mamá que caperuzo había fallecido en un accidente de helicóptero, al parecer los rotores lo alcanzaron o algo así ocurrió; debió andar de travieso o curioso, y si hubiésemos andado juntos, posiblemente yo también hubiera encontrado ahí mi final: ¡ ya me tocaría ! Mi madre nunca profundizó en ese asunto. Muchos años después, siendo ya una anciana yo le preguntaba: mamá ¿ Te acuerdas de caperuzo ? Y me respondía: sii mijo, ¡ caperuzo !, y sonreía. Desconozco el motivo pero siempre he imaginado que si caperuzo no hubiese fallecido habría sido médico.
Aunque este breve escrito está muy lejos de pretender ser una biografía o una amplia confesión, la escritura trae recuerdos y se abren las puertas de la memoria y del corazón. Pido su paciencia al benévolo lector.
Por supuesto, lo que sobraba en el aserradero era madera cortada y acomodada en altas pilas, ordenadamente dispuesta y lista para cargar y llevarla a Cd. Durango en los tráilers. De pedazos desprendidos de las tablas varias veces intenté armar un carro pequeño, y nunca pude, por cierto; la base, una tabla cuadrada, no era difícil de conseguir, no así los cuatro pedazos que pudieran ser usados como ruedas; de las formas ovaloides que conseguí desprender de los tablones que encontraba en el suelo, ninguno coincidia en un tamaño aproximado entre si, ni en su forma, solo eran círculos distorsionados de formas caprichosas, nada que ver con los elementos de ingeniería automotriz que yo necesitaba. Un día dejé en paz el asunto y seguí utilizando mis carritos de plástico.
Muy pequeño conocí involuntariamente la muerte: y solo de oídas. En una ocasión un niño indígena se encontraba grave y con los recursos del consultorio no era posible darle el tratamiento que necesitaba; los técnicos que operaban la radio hacían infructuosos intentos para lograr la comunicación con Durango, para que enviaran una avioneta y trasladar al paciente a la ciudad, donde recibiría la atención especializada que hubiera podido salvarlo. Era época de fuertes tormentas y no se logró la comunicación, desafortunadamente las condiciones no lo permitieron y el niño murió. Yo personalmente no lo vi, lo supe por comentarios que escuché al día siguiente entre mi mamá y las personas que le preguntaban por lo que había ocurrido la víspera, mientras íbamos caminando por las calles del poblado. En el momento del incidente yo acompañaba a mi madre en la sala de transmisión ( ella no quería dejarme solo en la casa, era de noche, con bastante frío y lluvia ). Esa experiencia de enterarme por primera vez de la muerte de alguien, no representó para mi ni una gran impresión ni un fuerte impacto, aún no podía dimensionar un acontecimiento de esa naturaleza; yo, en mi inocencia, era solo un espectador y un acompañante con mucho sueño y frío, y lo único que quería era regresar a la casa y dormir. Freud tal vez diría que la experiencia del conocimiento de la muerte a esa temprana edad deja una huella indeleble en el subconsciente: es probable. Pero yo ahora también sé que la defensa contra esos contenidos es hacerlos conscientes, darles el tratamiento que se le daría a un sueño y verlos cada vez más con la madurez necesaria – no luchar contra ellos -, solo asumirlos y tomarlos como lo que son: partes constitutivas de la vida. Si se registraran las muertes por insuficiencia de recursos, no solo médicos, recursos de cualquier tipo, no alcanzarían miles de volúmenes.
Aunque aún no tenía la edad requerida para ingresar a la escuela, fui aceptado haciendo uso de mi privilegio de ser ” el hijo de la enfermera “. Entre los indígenas hay un fuerte sentido de respeto hacia las figuras que para ellos representan autoridad, sean el cura, el abuelo anciano, el maestro, el médico y hasta el político. La pequeña escuela constaba de un solo grupo y una sola maestra; ahí estábamos todos, indígenas y mestizos, hijos de los trabajadores del aserradero. Los indígenas hablaban su dialecto y la maestra se esforzaba por vincularlos un poco al español. Una pequeña campanita en el patio de tierra se hacía sonar para el ingreso al salón, este era una construcción de madera como todas en aquel lugar. Tengo un nebuloso y fragmentario recuerdo donde estoy llenando de pequeños círculos y rayas los renglones de mi cuaderno. Sí conservo, en cambio, la memoria de las primeras operaciones de aritmética que realizaba en casa ya en aquellos años, cosas sencillas, pequeñas sumas y restas – no se piense en alguna predisposición genial o algo parecido, no, más bien me preocupaba pasar por un auténtico burrillo – , y por las que era gererosamente recompensado por parte de mi madre con algunas monedillas: no necesito de ningún psicoterapeuta ni la ayuda de una sesión de hipnosis para rastrear hasta sus orígenes mi predisposición a la licencia y al dispendio. ¡ Ahh, cuántos disgustos me ha dado este cuerpo por haberle dado tantos gustos ! .
El haber adquirido desde pequeño cierta habilidad numérica la debo más al pendiente que me daba mi mamá que a una disposición innata o a un gusto matemático adquirido. Mi madre siempre fue jefa de jefas; que esperanzas que fuera a decirle no, ahorita no, no tengo ganas – o algo así -, porque no se hacía esperar la acción de la justicia divina, casi siempre en forma de nalgada o pellizco. Incluso en vísperas de su partida física, ella decidía lo que quería comer y lo que no quería, o que prefería tomar; y no había fuerza humana que la obligara a lo contrario. Fue una mujer de temple, decidida, de un temperamento vehemente; no cualquier mujer se decide a ir a trabajar a una zona serrana, acompañanda de su hijo, luchando por conseguir una plaza de enfermera en el IMSS, ¡ y en aquellos años, menos !
En la primaria le dió clase el profesor Calleros ( sí, ya daba clases, primero a mi mamá en primaria y después a mí en secundaria ), a quien en alguna ocasión le aventó la pluma: el profesor Calleros nunca me lo comentó de forma explícita, pero si lo confirmó muchas veces cuando me preguntaba con una afabilidad desacostumbrada: ” ¡ Ruiz ! ¿ como está la vieja renegada ? ” ( lo estoy escribiendo con su voz ), y yo: bien maestro, gracias, ahí, en la casa. Ya mayor ayudaba a quien se lo solicitara; con dinero, con alimentos, hasta con un consejo o una bendición. Incluso pasaba a la gente a la casa a que tomara un café. Perteneció durante muchos años y hasta el final, a una congregación franciscana; portaba siempre entre sus ropas, anudado, el cordón franciscano, como una forma de identificación y pertenencia que ellos tienen. Muchas veces cantaba bajito mientras cocinaba.
“/ Nuestra casa siempre estuvo dondequiera que ella estaba/ por eso hoy, esté donde esté, siempre me siento en casa /.
Ni viviendo muchas vidas pago lo que debo. Es tanto lo que tengo que agradecerle. Con el tiempo me di cuenta que valió la pena que a tan temprana edad haya sentido de cerca el calorcillo del infierno, porque eso me dotó de cierta fuerza de carácter que después me resultó muy útil. Sobreviví a las adversidades – evidentemente, si no, no estaría aquí escribiendo esto -. Jamás incliné la cabeza por ignorancia o inseguridad en mis compromisos o alocuciones. Y si vi, en cambio, a la alta gerencia, a los duros y experimentados que nunca fallaban en sus objetivos, cohibirse y hasta vacilar al momento de exponer un argumento o de defender una postura ante un público exigente y con derechos: los accionistas. Con humildad de rigor, debo aclarar que mi arrojo siempre estuvo también fuertemente influido por el hecho de no tener nada que perder; no pierdo de vista ese detalle.
No guardo memoria en detalle de los rasgos faciales de mi maestra, ni siquiera recuerdo su nombre, pero sí estoy cierto de que me parecía una muchacha muy bonita, y de que me sentí personalmente traicionado la vez que ni se enteró de mi presencia cuando iba acompañada de su chico, cerca de la pista de aterrizaje. El recuerdo de su risa fresca de cascada cristalina, me hirió durante varios días, pero después y para siempre, me volví invulnerable.
Mis compañeros de salón me llamaban doctor, porque yo era hijo de la enfermera, niños muy afectuosos y bromistas; yo era el más pequeño ahí y recuerdo que algunos me parecían muy mayores, y tal vez lo eran.
Tengo ya desdibujada la distribución de la casa, a cuyo lado estaba el consultorio, pero sí recuerdo que el techo, las paredes y las puertas eran de tablones de madera y muy fría en invierno. La temperatura medianamente aceptable en esa estación se lograba encendiendo un recipiente con alcohol; lo que en más de una ocasión asustó a mi mamá cuando las llamas se elevaban muy alto con riesgo de llegar al techo. Nunca pasó a mayores; carbonizado no hubiera podido escribir esto.
Por una coincidencia significativa, una mañana soleada, estaba afuera de casa recordando a mi papá, cuando divisé la avioneta que llegaba a la pista y me imaginé que tal vez ahí venía. De pronto, a lo lejos, me pareció distinguirlo y conforme se acercaba lo reconocí: con su acostumbrado maletín café, de sombrero y una camisa verde con hombreras. Siempre que él llegaba mi mamá organizaba un día de campo en las zonas mas bonitas y arboladas, desde donde un día caí rodando unos metros pero que se me hicieron kilómetros. Mas allá de los rasguños y los golpes, lo que me dolió fue el orgullo, por caer de forma tan vergonzosa frente a mi papá, por eso lloré realmente ( debe haber pensado ” ¡ He traído al mundo a un auténtico imbécil ! ” ). Mi mamá me insistía ” no hueles esas flores porque tienen polvo con microbios “, supongo que se refería al polen. Siempre preocupada por la salud.
No son muchos los recuerdos que me quedan de aquella época, pero si los suficientes para poder, ahora, darles un sentido. Sin embargo, no tengo tantos datos como quisiera – alguna vez lo comenté con mi primo Tony Rodríguez – , me hubiera gustado, cuando pude, registrar más detalles; desafortunadamente los que sabían ya no están; y cuando conversamos con las personas que conocen los hechos y los detalles, no le damos mucha importancia a preguntar sobre esas cosas, como que en esos momentos consideramos que nada cambiará y que siempre estarán ahí para consultarlos cuando se requiera; y así, el tiempo pasa, se van, y esas memorias se pierden.
E. R.
09/2026








