La saga novelística ” Caballo de Troya “, del periodista y escritor español Juan José Benítez López ( Pamplona, España, 1946 ), consta de doce libros. En ellos se narra el contenido del diario que un mayor del ejército norteamericano le habría entregado de forma personal. En dicho diario se narraría con detalle un proyecto secreto del gobierno de Estados Unidos, que consistió en enviar en una máquina del tiempo a dos temponautas a la época en que Jesús de Nazaret predicaba.
El siguiente relato deriva de una carta, y es la última parte de la saga referida; fue encontrado aún en forma de manuscrito inédito entre los papeles que fueron sustraídos de la casa de J. J. Benítez en diciembre del 2011, según consta en el acta ministerial 56567—11. El ladrón fue detenido gracias a la rápida y efectiva movilización del área de robos de la policía metropolitana de Madrid. En un principio los detectives enfocaron sus pesquisas en las tiendas de antigüedades, las casas editoriales y las librerías de ejemplares raros y de incunables.
Daban por hecho que la finalidad del ladrón era obtener algunos ingresos a través de su ilícita actividad.
Hubo una sorpresa generalizada cuando el presunto ladrón confesó que el objetivo al que tenía destinado el valioso manuscrito no era otro que ser consumido por el fuego. En su limitada cultura literaria, juzgaba, en sus propias palabras, que la obra del autor —reconocida, por otro lado, mundialmente— no merecía tener otro final que ser pasto de las llamas.
Se atribuyó, por añadidura, de forma por demás insolente y cínica, los incendios perpetrados en los últimos cuatro años en librerías de toda España; cuya único pecado fue, según él, haber tenido en sus vitrinas algunos ejemplares de la exitosa saga.
Las reacciones a nivel mundial no se hicieron esperar; desde El Cairo hasta Barcelona, desde Londres hasta Milán, se reportaron continuas manifestaciones y disturbios tan concurridos, que la naturaleza original de tales actos fue desvirtuada y no quedó nunca claro si se realizaron como forma de aceptación o de rechazo. Hubo tal confusión que lo último que quedó grabado en las cámaras de los atónitos reporteros fue la botarga del mencionado escritor cuando era descuartizada por la multitud enardecida: la cabeza por aquí, un brazo volando por allá, en fin…una verdadera masacre.
Cuando se le preguntó a J. J. su opinión sobre tales desmanes, apresurando el paso se limitó a contestar, nervioso —nunca veo televisión.
El editorial sobre este asunto requerirá de una investigación exhaustiva y mayor cantidad de pruebas.
El presunto delincuente se negó a dar más explicaciones.
Tiempo después diose a la fuga.
La existencia real del supuesto diario nunca ha podido ser comprobada.
Pero si se tratara de un recurso mercadotécnico, solo puede deberse a un diabólico plan concebido por una de las mentes criminales más geniales que ha dado el siglo XX. Una mente tan malvada y siniestra solo equiparable a alguien del nivel del guasón o de Lex Luthor, el archienemigo de Superman.
Y si se tratara de un recurso literario, la situación se complica. Es como tratar de rebatir al que asegura que ” entidades interdimensionales ” canalizan a través de él.
O al que afirma sin ningún pudor que ” le ha ido bien ” ( y lo tienes enfrente ).
O al que jura que extraterrestres del sistema de Orión lo visitan desde pequeño porque, ” lo están preparando para una misión que deberá realizar aquí en la tierra “.
O al sionista que jura con la mano sobre el Sagrado Libro que ” la biblia es palabra revelada del único Dios, uno y trino “, para enseguida añadir que Palestina es de ellos porque ” Dios así lo quiso “.
¿ Cómo enfrentar semejantes afirmaciones ?
Ni el más hábil dialéctico, ni el más consumado esgrimista verbal, ni el más sutil y exquisito orfebre de la palabra, ni el más avezado arquitecto del lenguaje lograrían echar por tierra tan fantásticas afirmaciones.
Por su parte, el admirado, veraz y originalísimo escritor J.J., en su declaración, dejó constancia de que el contenido del manuscrito era copia fiel de una carta que le fue entregada por un mayor del ejército de E. U. —¡ otra vez !— y que según estudios realizados por los expertos del pentágono, fue escrita por el hijo de uno de los temponautas que en esa ocasión habrían viajado a un futuro distante, y que no pudiendo regresar, decidieron rehacer sus vidas lejos de sus actuales esposas en aquella lejana época, muriendo finalmente ahí, felices. No precisó de que forma llegó la carta a menos del ejército norteamericano.
El texto del ” manuscrito maldito ” —así lo bautizó la prensa—, causante de tantas desgracias, es el siguiente:
Mi nombre y mi ascendencia no importan. Solo soy un sobreviviente, pueden llamarme John.
En la época en que esto escribo al amparo de las sombras de la tarde, en el antiguo local que fue utilizado por décadas para resguardar pertrechos militares, y que se ha convertido en mi hogar clandestino y lugar habitual de trabajo, no ha ocurrido —aún— la total extinción de la especie.
A finales del siglo XX y principios del XXI, se consideraba muy lejano un futuro donde las máquinas pudieran reemplazar a las personas en sus actividades. El consenso general era ” Cuando el destino nos alcance “. Pero el destino los alcanzó y no se dieron cuenta, o preferirieron ignorar que, al menos, ya les pisaba los talones.
Siempre supieron en el fondo lo que pasaría con la IA, pero les ocurria lo mismo que con la muerte: se consolaban con la idea de que faltaba mucho, o se despreocupaban —nunca supieron si con resignación o con valor—. O tal vez algo más profundo en ellos sabía cosas que su limitada consciencia no conocía.
Desde la perspectiva del año en que escribo esta carta, resulta insólito o al menos curioso, el hecho de que durante cuarenta y cinco años de tensión nuclear debido a la guerra fría del siglo XX, no haya habido un error humano o un caso de súbita locura que hubiera empujado a los contendientes a una conflagración nuclear definitiva.
Sí, hubo casos en que un error o un malentendido pudo haber sido fatal, pero se corrigió a tiempo o se tuvo la intuición oportuna que hizo esperar a los militares hasta al último segundo y no precipitarse.
Desde el punto de vista de una lógica sana, si se considera la cantidad de meses, días, horas y minutos que representan cuarenta y cinco años de tensión ininterrumpida, soportada por personas normales, es algo verdaderamente asombroso que hayamos llegado hasta aquí.
Igual de asombroso son todas las condiciones y coincidencias que tuvieron que darse para que surgiera la vida en el planeta.
Para una mente curiosa y aún con capacidad de asombro, la conclusión más sensata y razonable sería suponer que la vida se protege a sí misma. Como si detrás —o en el fondo— de las psiques enfermas de magalomanía y poder de los generales de esos siglos y de la cadena de sucesivos dirigentes de los países involucrados, hubiera fuerzas inconscientes que los preservaron de provocar la extinción total.
En los siglos pasados, a los que he hecho referencia, sí hubo incidentes aislados graves; los que les dieron a conocer o los que por su magnitud tuvieron que hacerse públicos ( el ciudadano promedio en ese tiempo, ya tenía claro que sería bastante inocente de su parte suponer que lo enteraban de todo, con toda veracidad y hasta el más mínimo detalle ). Los accidentes de Chernóbil y Japón, y los daños colaterales a la flora y la fauna, terrestre y marítima, son solo dos casos de los muchos que probablemente ocurrieron sin haber sido informada la población.
Los hombres de los siglos XX y XXI pretendieron hacer con la incipiente IA, lo mismo que hicieron cuando la primera bomba nuclear fue detonada y tomaron conciencia de los riesgos que implicaba; hicieron planes y se formaron grupos para la regularización burocrática de la energía atómica —con la infaltable e inútil creación de una comisión en la ONU—, con la intención de prevenir que no ocurrieran eventos que pusieran en riesgo a la Naturaleza y al género humano.
Desconocían la historia o la ignoraron de forma deliberada —lo que para el caso es lo mismo— por eso la repitieron.
Con la IA, también pasaron cosas que repercutieron en nuestro siglo. No hubo en aquel tiempo un solo argumento convincente para considerarla una tecnología infalible y totalmente controlable. Sin embargo, se siguió adelante en su desarrollo sin una regulación eficaz, oportuna y controlada. Hoy, casi doscientos años después, seguimos sufriendo las secuelas.
Hace días conversaba —en el aula donde imparte su materia— con mi colega, el historiador Otto B., gran especialista del periodo histórico que abarca los siglos XIX, XX y XXI:
—El mesías cibernético que había sido esperado por algunos grupos durante tanto tiempo, y que había reptado imperceptible con otras pieles a través de los siglos, al fin nos alcanzó, la nuestra parece una causa perdida.
—Debemos continuar la lucha, no podemos permitir que la humanidad en su totalidad pierda su alma y se mecanice, no olvides la experiencia bolchevique del siglo XX —dijo Otto—, tratando de infundirme confianza como a cualquier colega y compañero de lucha.
—La IA, las finanzas internacionales, el mercado y la manipulación mediática, que ahora controlan nuestra civilización, son lo más parecido a los cuatro célebres jinetes —agregé—, alguien podria nombrar otros más representativos y sería muy respetable.
—La ciencia de aquellos siglos abordó las posibles consecuencias desde su perspectiva, el trono del oro desde la suya y nuestros antecesores desde la nuestra —dijo Otto.
Quizá las tres, como manifestaciones en el tiempo de guerras atemporales.
—De acuerdo —dije convencido— en el fondo es la eterna lucha de lo que vuela contra lo que se arrastra. Nada nuevo.
Necesitados de historias, el día que las máquinas determinaron nuestras vidas y nos suplieron de forma definitiva, decidimos que nos podrían arrancar todo vestigio humano, pero nunca la esperanza y la capacidad de imaginar. Llegado el momento en que la tecnología tomó posesión y control de las mentes de los seres humanos —con seguridad habrá mucha gente, nos decíamos— que no encuentre la forma de plasmar el contenido de sus ensueños en palabras o imágenes. Será lo más sano que aprendan a hacerlo, de otro modo habrá una epidemia de brotes psicóticos, y eso sí representaría verdaderamente la muerte del espíritu humano.
Aquellos temores se convirtieron en una realidad y hoy, de forma clandestina, se aglomeran los supervivientes alrededor de los contadores de historias para escucharlos y llevar a sus corazones un poco, al menos, de la magia perdida. Estos nuevos aventureros del espíritu, portavoces y pregoneros de los sueños colectivos, mantienen en pie las esperanzas de los hombres, necesitados hoy más que nunca del mito, como nunca antes lo había estado la especie humana.
Los encargados de llevar en cestos la uvas cortadas del reino de la imaginación para repartirlas entre la multitud, han sufrido el rechazo de los adeptos a la derrota, a la cobardía y al engaño; se les ha considerado excéntricos, inadaptados y de influencia nociva para la juventud. Las más crueles reacciones, han venido de los acomodadizos que de manera voluntaria y sumisa se han agregado a la legión de esclavos que ahora rinde pleitesía al Mesías cibernético.
Al igual que Cristo —hoy envuelto en la bruma de la leyenda—, que habló en parábolas y que si hubiera escrito un libro lo habría formado de sencillas y bellas alegorías, con austeras historias completamente ajenas a la hipócrita intención moralizante, a lo racional y a las letras muertas que polvorientas se acumularon durante siglos en el Viejo Testamento. Así, los contadores de historias soportan el castigo, no por traer la buena nueva, sino por conservar la que nos dejó aquel divino y humilde Maestro que un día, cuentan, caminó sobre la tierra.
Esa tecnología le proporcionó a la humanidad, en un inicio, nuevas soluciones a viejos problemas y realizó cálculos que un hombre común no podría realizar, eso no fue cosa desdeñable, por supuesto: eficientar y agilizar los procesos y la posibilidad de crear proyectos más completos, de forma rápida y precisa, fue de gran importancia.
¡ Otra cosa es la creación artística ! —afirmó Otto—, esas tecnologías nunca fueron capaces de crear un poema, una historia, una pintura, un cuento, una música —genuinos—; con la intimidad, la cercanía emocional, la calidez y la dimensión espiritual que solo un ser humano les puede conferir.
—Es verdad, coincido contigo —le respondí—, y si lo hiciera, solo utilizaría los datos con que ha sido programada para realizar combinaciones y elaboraría su producto final: un producto, nada más. Un engendro vacío, un golem, un aborto del mesías cibernético.
Es lamentable que una gran mayoría ya sirva, complacida, al dios virtual, y acepten con gusto traer marcado su correspondiente código de barras sobre la muñeca: como auténticas reses o mercancías.
No se escriben ya más salmos —quién tendría el valor de perder su tiempo en eso, dijo Otto—, ni de gratitud, ni de alabanza, porque no existe ya en la mente del hombre un destinatario divino; es una máquina más, porque Dios ya le fue extirpado de su conciencia.
En la sociedad actual, desde donde ahora escribo estas consideraciones, la eucaristía ha sido proscrita sin violencia, con argucias y engaños por parte de los servidores lacayos del demiurgo creador de la materia. Los fieles fueron eliminados o perdieron poco a poco su anhelo de Absoluto. Los que nos resistimos a la esclavitud, sustituimos aquel divino alimento que nos fue arrebatado, con el pan que los nuevos e involuntarios sacerdotes de la imaginación, arriesgando sus vidas, reparten en forma de pequeñas historias o piezas musicales escritas en secreto. Todo el ejército clandestino ayuda a sostener el pequeño y sencillo —pero indestructible y eterno— sueño del espíritu.
Ahora, viejos y amplios almacenes, como en el que ahora escribo, congregan de forma clandestina a la menesterosa humanidad, perpleja y huérfana de su Dios vivo, suplido por una máquina que todo lo sabe.
La gente, necesitada de ese cuerpo que comimos durante el sagrado ritual en el pasado, y que nos hacía ser uno solo, ha vuelto a recibir, sin coacción ni amenazas de infierno, un vivificante alimento. El pan, tan necesario al alma, lo reciben ahora en forma de pinturas y pequeños escritos y en ocasiones en forma de música ejecutada en un volumen casi imperceptible. La llegada de ese pan —prohibido por el poder— está menos disponible que el pan litúrgico de la época del auge de los templos vacíos y las misas realizadas ante las bancas solitarias. Hoy, cuando llega el preciado pan que el sacerdote de la imaginación parte y distribuye entre los fieles, es valorado como un pan de verdad procedente del cielo.
Los grupos aislados de soñadores que no permitieron que se les obligara a ser cadáveres prematuros, y que escupieron a la cara del poder la pastilla que para ese efecto se les había prescrito, han sido la heróica resistencia para que en este mundo sigan creciendo las flores del poema, viajando las notas de la musica, y se siga contando, aunque sea en un susurro, el viejo y maravilloso cuento de aquella navidad en Belén y las eternas historias. No debe morir la esperanza, porque todo es ciclico, y algún día habrá un recomenzar del verbo.
La añoranza por un mundo humano ya perdido, nos ha ido desgastando y fatalmente iremos desapareciendo en el transcurso de las generaciones; eso lo tenemos claro.
Este escrito puede considerarse un testamento colectivo: ” hicimos lo que pudimos, defendimos y conservamos hasta el final las cosas que nos hacen seres humanos; enfrentamos con valor al demiurgo de la materia. Quedamos pocos. Pero moriremos con dignidad y esperanza, peleando “.
El remitente de esta carta, ha conservado una cantidad suficiente de pinturas, libros y música creados por seres humanos. Dostoyevski, Cervantes, Montaigne, Beethoven, Wagner, Liszt o Rembrandt no le han de faltar.
Lo necesario para despreocuparse por el recorrido del último tramo.
E.R.
10/2026








