Un Homenaje al Corazón de la Enseñanza: Los Maestros

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Perspectiva
Javier Reyes
Un Homenaje al Corazón de la Enseñanza: Los Maestros
Hoy es un deber moral honrar a los docentes. Quiero hacerlo desde la gratitud más profunda, recordando a quienes fueron mis maestros en tres ciclos fundamentales de mi vida: la Primaria, la Secundaria y la Escuela Normal.
A través de estos nombres, quiero abrazar el recuerdo de quienes moldearon mi mente y mi espíritu:
Primaria: Bernardino Pulido Chávez, Mercedes Tremillo (la entrañable maestra “Meche”), Alfredo Grajeda Ruíz y Beatriz Madrigal.
Secundaria: Ernesto Vásquez Calleros, Javier González Martínez, Esperanza Josefina Carranza, La maestra “Bucha”, Emilio González, Humberto Baraquiel Estrada, Blanca Nevárez, Isidro Ramírez, Vicente Rojas Caballero, Raúl Alonso Elguezabal, Tere Muñoz y Manuel “Míster” Espino.
Escuela Normal: Justa Ramírez, Pedro Guerrero, Carmelita García Caro, J. Isabel Medina Ramírez, Guadalupe Correa, Guadalupe Hernández Calderón, Fidel Torres, Marcelino Aguilar, José María (el recordado “Perito”), Celia Huerta, José Antonio Rábago, Rubén Zamora, Rosario Alatorre (la querida maestra “Chayito”), Juan José Cervantes, Adolfo Balbuena, Alfredo Grajeda Ruíz (también había sido mi maestro en la primaria), Jesús Velázquez, Manuel Nava, Valentín Quezada y Antonio Díaz de León…
Hay rostros cuyos nombres el tiempo implacable ha borrado de mi memoria, pero de los que aún guardo intacta su estampa física, sus gestos y esa mirada con la que me veían cuando yo era solo un alumno buscando ser alguien en la vida.
La mayoría de ellos ya no habitan este plano terrenal. Quizá estas líneas lleguen a los ojos de algún familiar; si es así, sepan que, dondequiera que estén, presentes o ausentes, en estas palabras va la gratitud eterna y el reconocimiento que se ganaron a pulso. En sus nombres y en sus personas, rindo un merecido homenaje a todas las maestras y maestros en este día que la sociedad les dedica. Al final, a un maestro se le recuerda por dos huellas imborrables: lo que nos enseñó y la forma en que nos trató.
Quiero detenerme en dos hombres que cambiaron el rumbo de mi historia:
Bernardino Pulido fue mi maestro en tres de los seis grados de la primaria. Dejó una marca tan profunda en mí que, el día que me gradué de la normal como profesor, lo invité para que me acompañara como una especie de padrino. Siendo niño, si alguna vez soñé con ponerme frente a un pizarrón, fue gracias a su inspiración. Lo recordaré siempre.
El maestro Ernesto se preocupó por mi destino cuando yo ni siquiera sabía qué hacer con él. Al concluir la secundaria, se acercó a mi compañero —y amigo entrañable hasta la fecha— Martín García Alvarado y a mí. Con esa voz que imponía respeto y un toque de temor, nos preguntó: “¿Ustedes qué piensan? ¿Quieren seguir estudiando?”. “Sí”, contestamos tímidamente.
Era un maestro “de los de antes”, de trato firme, pero con un corazón enorme que pensaba en el futuro de sus alumnos. Él conocía la precariedad de nuestros recursos; sabía que, sin una mano amiga, el camino del estudio se cerraría para nosotros. Por eso nos habló de la Escuela Normal Rural “J. Guadalupe Aguilera”. El día del examen de admisión, nos subió a su Volkswagen rojo y nos llevó a presentar la prueba. Ambos nos quedamos, y gracias a ese viaje en su “vochito”, hoy somos maestros. Nunca se lo agradecí lo suficiente en vida; hoy brota este agradecimiento desde lo más hondo de mi ser.
¡Feliz día, maestros! Su legado seguirá vivo en cada aula donde hoy nos toca encender la luz del saber.

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