La noche de Tlatelolco Yo estuve el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. Las horas que pasé ahí ese día han sido de las más amargas, terribles, dramáticas y tristes de toda mi vida. Por ello y aunque lo quisiera, jamás podría borrarlas de mi memoria ¿Cómo iba a poder hacerlo?, si de hecho ese día volví a nacer. Tlatelolco marcó mi vida para siempre al igual que la de miles de mis compañeros de generación que también lo vivieron. Este fue nuestro pago por pensar con una patria diferente en la que todos pudiéramos soñar, asociarnos, expresarnos, educarnos, reír, cantar y hasta llorar libremente por todos los rincones de la patria. En otras palabras, por querer que en México un régimen terriblemente autoritario y represivo por lo menos respеtara las libertades democráticas establecidas en la Constitución. Eso y sólo eso es lo que queríamos. No había nada más, y mucho menos se trató de una conjura como Díaz Ordaz siempre se afanó en caracterizarla para justificar su conducta que hoy lo ubican como uno de los gobernantes más represivos y sanguinarios de la historia de México. Es muy común que en cada fecha de aniversario de la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco se remueva mi memoria y me ayude 223 JOSÉ RENÉ RIVAS ONTIVEROS a recordar las trágicas horas que viví ese día. Así, recuerdo que el 2 de octubre llegué a Tlatelolco como a las 4 de la tarde, venía de la Escuela Superior de Física y Matemáticas del IPN en donde desde muy temprano había sesionado un escaso número de integrantes del CNH con el fin de afinar los últimos detalles en los que se realizaría el mitin programado desde días antes. La reunión también habia tenido el propósito de escuchar el informe que los compañeros Gilberto Guevara Niebla, Luis Gonzáles de Alba y Anselmo Muñoz, quienes previo acuerdo del CNH, esa mañana se habían reunido en el domicilio particular del rector Barros Sierra con los representantes presidenciales Jorge de la Vega Domínguez y Andrés Caso Lombardo para discutir las condiciones previas a una solución negociada del conflicto. Sólo para eso. Cuando arribé a la Plaza de las Tres Culturas estaba demasiado optimista puesto que había varios motivos para ello. Entre otros, porque pese a toda la escalada represiva que habíamos venido sufriendo desde la madrugada del 28 de agosto, el movimiento seguía en pie y en ascenso; dos días antes el Ejército había desocupado la Ciudad Universitaria y seguramente muy pronto también saldría del Casco de Santo Tomás del Politécnico, ya que era dificil que el gobierno siguiera resistiendo la presión nacional e internacional por la ocupación. Empero, uno de los motivos más importante de ese estado de ánimo era el hecho de que ya se habían establecido los primeros contactos formales con el gobierno federal y el compromiso de ambas partes de llevar a cabo un “diálogo de hechos” lo que implicaba que no estaba muy lejos una eventual solución negociada del conflicto, con y sin diálogo público, pero solucionándonos total parcialmente el pliego petitorio de los seis puntos. 0 Si esto se materializaba, al fin se acabarían los días de angustia y zozobra que habíamos estado vivido durante todo el mes de septiembre y, sobre todo, las últimas semanas de ese mes, a raíz de 224 TRES MOMENTOS CLAVES DEL 68 MEXICANO VISTOS EN PRIMERA PERSONA que el Ejército tomó por asalto tanto la Ciudad Universitaria como el Casco de Santo Tomás, orillándonos a partir de ambos acontecimientos a andar prácticamente a salto de mata, en la clandestinidad, cuidándonos de los sabuesos que andaban tras de nuestros huesos, sin tener un lugar seguro en donde reunir al CNH y a veces ni siquiera para dormir nosotros mismos. Tras un fallido intento de subir al tercer piso del edificio Chihuahua, ya que la Comisión de Orden y Seguridad del CNH tenía la orden estricta de que sólo dejara pasar a los compañeros que hablarían esa tarde en el mitin, me quedé varado en la Plaza, justamente debajo de donde estaba instalada la tribuna. Tenía toda la intención de grabar el acto con una grabadora de carrete que pocos días antes había comprado con el dinero de una beca de 150 pesos mensuales que entonces me daba la UNAM por mi condición de estudiante pobre, hijo de campesinos, con más de 8 de promedio durante mis estudios de secundaria que había cursado en la Normal Rural “J. Guadalupe Aguilera”, Durango. Comparativamente con otros eventos políticos del movimiento, este era un acto en el que si bien es cierto que entre nosotros había alegría y entusiasmo, lo es también que desde un principio se empezó a sentir cierta tensión. Se trataba de uno de esos momentos en los que se presentía que algo raro y grave podía pasar, ya que muy cerca de la Plaza de las Tres Culturas estaban apostados varios camiones del Ejército; además, en el cielo, por arriba de donde estaba la concentración, dos helicópteros no cesaban de volar de manera por demás sospechosa. Igualmente, entre nosotros pero incrustados entre la multitud, había varios sujetos raros y con toda la facha de militares. Pese a todo esto ingenuamente teníamos confianza en que el gobierno cumpliría con su palabra. Así y por una mera coincidencia, desde que me instalé en el lugar de donde grabaría el mitin me tocó ver a uno de estos hombres que se encontraba ubicado a unos cuantos pasos de donde yo esta225 JOSÉ RENÉ RIVAS ONTIVEROS ba parado esperando que iniciara el acto. Era un sujeto muy alto y moreno con todo el tipo de costeño, de pelo muy corto, traía puesta una gabardina negra que le cubría casi todo su cuerpo. En un primer momento le di poca importancia, pero poco después se me hizo raro ver ahí a una persona con esas características, puesto que para nada parecía estudiante, ni tampoco gente común del pueblo como la que siempre asistía a los distintos actos estudiantiles en nuestro apoyo. Al contrario de nosotros, no se le veía entusiasmado por la efervescencia del acto. Estaba pensativo, como ido, quizá hasta preocupado y triste por lo que él sabía que más tarde sucedería en la plaza. A las 17:30 horas se inició el mitin que poco a poco fue creciendo en entusiasmo, sobre todo cuando llegó un amplio contingente de trabajadores ferrocarrilcros quc traían pucsto su clásico paliacate rojo en el cuello, su chamarra de mezclilla y gorra del mismo material; a su llegada todos les aplaudimos y por supuesto vitoreamos a Demetrio Vallejo, preso en Lecumberri. Sin embargo, a las 6:10 de la tarde en punto, cuando David Vega, delegado al CNH por la Escuela de Ingeniería Textil del IPN tomaba la palabra, desde uno de los helicópteros que habían estado rondando en el cielo salieron las famosas luces de bengala de color verde. Éstas lentamente fueron surcando el cielo hasta caer a un costado de la iglesia de Santiago Tlatelolco. Cuando esto pasó todos volteamos nuestra mirada hacia arriba, mientras que otros compañeros empezarona correr. Fue entonces cuando Sócrates Amado Campos Lemus, delegado al CNH por la Escuela Superior de Economía del Politécnico, le arrebató el micrófono a David Vega para arengar a la multitud manifestando por varias ocasiones: “¡Compañeros no corran, no se asusten, es una provocación, quieren atemorizarnos, no corran!”. Inmediatamente después de que las luces de bengala cayeron al suelo, comenzaron los disparos en contra de la multitud, los hacían cientos de sujetos que luego supimos que eran de un cuerpo especial 226 TRES MOMENTOS CLAVES DEL 68 MEXICANO VISTOS EN PRIMERA PERSONA conocido como el Batallón Olimpia. Mientras que unos de estos sujetos estaban parapetados en los edificios aledaños a la Plaza de las Tres Culturas, otros se habían incrustado entre la multitud. Unos y otros se identificaban con un guante o pañuelo blanco en la mano izquierda. Fue hasta ese momento cuando comprendí la presencia de aquel tipo raro que vi desde un principio a mi lado, quien por su parte de entre sus ropas sacó una pistola con la que comenzó a disparar enloquecidamente hacia el cielo. Exageraría si dijese que esos disparos los hacía a la multitud; aunque nunca supe si más tarde sí lo hizo. Para entonces, dicho sujeto ya traía puesto su guante blanco en la mano izquierda. Además de los agentes del guante blanco, también vi perfecta mente cuando el Ejército llegó a la Plaza y rodeó a la multitud en forma de pinza. Lo que no recuerdo es si éste ya había empezado a disparar. Todo esto sucedió en unos cuantos segundos, a raíz de la caída de las bengalas. Por eso, desde la misma noche del 2 de octubre, todos los que vivimos esos minutos tuvimos la absoluta certeza de que ese inolvidable acto criminal había sido fríamente calculado y ejecutado por los agresores. Aunque lo confieso, en un principio pensé que lo que se estaba disparando eran balas de salva con el único fin de asustarnos y dispersarnos. Esta idea la tuve hasta altas horas de la noche, antes de que yo fuera detenido por el Ejército en Tlatelolco. ¡Pero qué equivocado estaba!: nunca creí que el régimen priista fuese a llegar a tanto, es decir, a ordenar disparar contra una multitud inerme. Durante todos los días que llevaba participando de lleno en el movimiento, yo estaba psicológicamente preparado para todo lo peor y en mi óptica lo peor era el hecho de ser aprehendido por los 8 Ese cuerpo represivo había sido creado en fechas muy recientes con el único fin de resguardar las instalaciones deportivas que entonces se habían construido a propósito de los XIX Juegos Olímpicos que ese año se realizarían en nuestro país. De ahí pues el nombre de Batallón Olimpia. 227 JOSÉ RENÉ RIVAS ONTIVEROS granaderos, la Policía secreta de la Dirección Federal de Seguridad o hasta por el Ejército, para después ser golpeado y torturado como ya había sucedido con muchos de nuestros compañeros a lo largo del movimiento. Pero, para lo que nunca estuve preparado fue para la muerte. Yo creo que nadie de nosotros pensaba en eso hasta que la vimos y sentimos junto a nosotros aquella tarde-noche que por desgracia no pudo ser distinta. El 2 de octubre, desde que escuché los primeros disparos me eché a correr desesperadamente por los pasillos y jardines que se encontraban atrás del edificio Chihuahua en donde se habia instalado la tribuna. Mi deseo era llegar hasta la avenida Reforma para escapar. Pero dado que aún me encontraba bastante distante de ésta de que los disparos que no cesaban un solo instante retumbaban en todos los edificios como si la balacera se estuviese produciendo en toda la unidad y no solamente en la Plaza, decidí buscar refugio en uno de ellos. У Fue así como llegué al segundo piso del edificio Chiapas al que subí corriendo por las escaleras en donde encontré un departamento que estaba abierto y aún sin solicitar permiso ingresé precipitadamente al mismo. Adentro ya había varios compañeros, mientras que otros arribaron atrás de mí. En total éramos como 20 las personas que ese día estuvimos ahí. La mayoría éramos estudiantes, hombres y mujeres, que habíamos estado en el mitin. El departamento permaneció abierto por varios minutos más hasta que llegaron los hijos de la dueña quien estaba desolada porque aún no sabía nada de sus hijos, una niña y un niño que andaban jugando en los pasillos del edificio, en donde los sorprendió la balacera. Una vez que ambos niños llegaron al departamento la señora lo cerró. De inmediato le pedimos de favor que apagara todas las luces, mientras que algunos de nosotros nos sentamos en los sillones y la mayor parte en el piso de cemento. Así nos mantuvimos en el más completo silencio, sólo mirándonos unos a los otros, al tiempo que se seguía escuchando 228 TRES MOMENTOS CLAVES DEL 68 MEXICANO VISTOS EN PRIMERA PERSONA el tableteo de las ametralladoras y los disparos de las tanquetas y otras armas de fuego que no tenían ni para cuando acabar. El fuego más intenso duró exactamente 29 minutos, terminó a las 18:39 horas. Durante todo ese tiempo los soldados y los miembros del Batallón Olimpia hicieron miles de disparos en la Plaza de las Tres Culturas. Después la balacera continuó por lo menos unas dos horas más, aunque ya no en forma tan continua como al principio, sino por intervalos. De esta manera, había momentos en que sólo se escuchaban las sirenas de las ambulancias, mientras que en otros volvía el tableteo de las ametralladoras. Para mí los momentos de calma de esa tarde dentro del departamento fueron los más angustiantes y pavorosos que yo viví durante todo el movimiento estudiantil dc 1968. Me imaginaba que de un momento a otro llegarían militares al departamento, bayoneta calada en mano tumbando puertas y ventanas para catear todos los edificios y departamentos cercanos al edificio Chihuahua en la búsqueda de estudiantes, tal y como ya lo había hecho muchas otras ocasiones durante el movimiento, como por ejemplo, cuando la madrugada del 30 de julio el Ejército tomó San Ildefonso o la Ciudad Universitaria y el Cascо de Santo Tomás los días 18 y 23 de septiembre, respectivamente. Por fortuna esta vez no fue así, por lo menos en el edificio Chiapas, aunque el trauma que me dejaron esas cinco horas de estar encerrado en aquel departamento escuchando los miles de disparos y gritos de dolor y desesperación de todos mis compañeros que no pudieron salir de la Plaza, nunca más he podido ni creo que pueda superarlo durante el resto de mi vida. Desde entonces, ese trauma no me permite ver a ningún militar uniformado y mucho menos escuchar disparos o cualquier otro ruido que se le parezca, como los cuetes y petardos, por ejemplo, ya que de inmediato se me vienen a la mente las horas aciagas del 2 de octubre que pasé en el edificio Chiapas y al que por cierto sólo en dos ocasiones pude volver a ver, pero lo que si no pude contener en 229 JOSÉ RENE RIVAS ONTIVEROS ambas ocasiones fueron las lágrimas generadas por el amargo re. cuerdo. Exactamente lo mismo me sucede las veces que por alguna u otra razón he tenido que ver la película Rojo Amanecer, protagonizada por María Rojo, Héctor Bonilla y los hermanos Bichir. Pues todo pareciera que el guión con el que se filmó esta cinta lubiese sido escrito por alguno de los compañeros que la tarde-noche del 2 de octubre estuvimos adentro de aquel departamento del edificic Chiapas escuchando e imaginándonos la balacera en la Plaza. Perc no fue así, lo que pasa es que en una muy buena parte de los departamentos cercanos a la Plaza de las Tres Culturas y más especificamente al edificio Chihuahua, jugaron un papel muy similar que el de la vivienda en donde me refugié, esto es, también albergaron y salvaron de la muerte a cientos de personas que ese día habían estado en el mitin y que buscaron un refugio para defenderse de los asesinos que andaban desatados. Como a las 22 horas se restableció la calma casi total en Tlatelolco. Fue entonces cuando todas las personas que estábamos en el departamento decidimos llevar a cabo una mini asamblea en la que acordamos: a) abandonar por parejas el departamento, esto es, un hombre y una mujer, quienes ante una eventual aprehensión, argüirían ser novios que andaban paseando por la unidad; b) deshacernos de todo tipo de documentos que nos identificara como estudiantes (credenciales, volantes, etc.) y, c) que los integrantes del Consejo Nacional de Huelga, que éramos dos, un compañero de una vocacional del IPN y yo, deberíamos de permanecer ahí por lo menos hasta el día siguiente. A mí no me gustó mucho este último acuerdo pero los compañeros insistieron. Algo muy común en todas las escuelas participantes en el movimiento fue siempre la protección y cuidado del Consejo Nacional de Huelga y a sus integrantes. Después de esos acuerdos los compañeros hablaron con la señora para comunicárselos, entre éstos, que esa noche dos de nosotros nos quedáramos ahí, cuestión que ella aceptó con una sola condición de 230 TRES MOMENTOS CLAVES DEL 68 MEXICANO VISTOS EN PRIMERA PERSONA que yo borrara todo lo que traía grabado en mi grabadora. Propuesta que sin pensarlo dos veces fue aceptada por mí. De inmediato me fui al baño y borré como 50 minutos de grabación en donde estaba tanto el mitin como los primeros balazos que se habían logrado grabar antes de que yo me echara a correr. El hecho de haber borrado esta grabación, lo he lamentado toda mi vida, ya que hasta la fecha no conozco absolutamente ningún material de esta naturaleza que contenga por lo menos la grabación en audio de ese histórico mitin y mucho menos con imágenes. Las parejas fucron abandonando paulatinamente el departamento hasta que sólo quedamos el otro compañero del CNH del Politécnico y yo. Pero pese al acuerdo con la señora, como a las 23:30 horas, la dueña de la vivienda se arrepintió de lo que había aceptado y nos pidió que nos saliéramos arguyendo que ya estaba por llegar su esposo y que si nos veía ahí se iba a molestar. Ante su insistencia mejor optamos por abandonar el departamento, aunque separadamente; ambos nos deseamos suerte y quedamos de vernos al día siguiente en la reunión del CNH. Empero, más tardé en llegar a la salida del edificio cuando fui detenido por un soldado que me interceptó con bayoneta en mano. No lo pude convencer de que me dejara ir, ni siquiera cuando ingenuamente le ofrecí un billete de cien pesos que en ese entonces era un dineral. Él mismo me condujo hasta donde estaban los demás detenidos; ahi me encontré a todos los compañeros que habían estado conmigo en el departamento del edificio Chiapas. Igualmente había muchos otros estudiantes de los demás departamentos de ese lado de la Unidad. Fue hasta ese momentò cuando me enteré de que las balas disparadas esa tarde por el Ejército no eran de salva sino de verdad y que había muchísimos estudiantes muertos y heridos. Una hora después los detenidos de todas las zonas fuimos concentrados en un solo lugar y llevados a una de las zanjas de las tuinas prehispánicas que está a un costado de la iglesia de Santia231 JOSÉ RENÉ RIVAS ONTIVEROS go Tlatelolco. Para entonces ya éramos varios cientos. Ahí se nos obligó a ponernos pecho a tierra, mientras que desde arriba cientos de militares nos apuntaban con sus fusiles. Fue justamente este momento cuando comenzó a llover. Se trató de una lluvia muy fría aunque afortunadamente muy efimera, que seguramente logró lavar la sangre que esa tarde había en la Plaza. Luego fuimos sacados de la fosa y obligados a recargarnos en las paredes del templo en donde nos pidieron desprendernos de nuestros cinturones y de toda la “propaganda subversiva” que trajéramos en las bolsas. Recuerdo que de ambas cosas se hicieron dos montones bastante grandes. Aproximadamente entre la una y una y media de la mañana nos pasaron a otro de los costados del templo de tal manera que podíamos ver perfectamente el edificio Chihuahua. Frente a nosotros y dizque para protegernos de los disparos de supuestos francotiradores que nunca vimos ni sentimos, se pusieron decenas de militares con su armamento de alto poder en la mano, tapándonos cualesquier tipo de salida. Fue entonces cuando sin ninguna consideración ni provocación de por medio, los militares empezaron a disparar sus fusiles sin ton ni son en contra del edificio Chihuahua. Así, los disparos salían sólo de aquí para allá y nunca del otro lado hacia nosotros. Aún recuerdo cómo los disparos de los militares que estaban frente a nosotros, poco a poco se fueron impactando en los focos de la calle y del edificio Chihuahua. Pero lo que más guardo en mi memoria son los gritos desgarradores de impotencia y desesperación de varios de los compañeros y, sobre todo, de las compañeras que estaban entre nosotros, quienes pedían mejor morir antes de seguir viviendo ese terrible espectáculo que se nos ofrecía en vivo y a todo color. Nunca he dudado de que ese espectáculo que duró aproximadamente como unos quince minutos, también fuera parte del plan previamente concebido por las mentes criminales que urdieron y ejecutaron la masacre, a fin de cumplir con dos objetivos concretos. Por una parte, castigar a los habitantes de Tlatelolco y más particu232 TRES MOMENTOS CLAVES DEL 68 MEXICANO VISTOS EN PRIMERA PERSONA larmente a los del histórico edificio Chihuahua por todo el apoyo que siempre nos habían brindado a los estudiantes, a lo largo de todo el movimiento y, por la otra, torturar psicológicamente a los cerca de dos mil detenidos que obligatoriamente tuvimos que presenciarlo. En esos instantes y de manera totalmente diferente a lo vivido horas antes en el departamento del edificio Chiapas, ya no sentí tanto miedo ni pavor ante la posibilidad de la muerte, sino que me resigné a esperar lo que viniera. A casi medio siglo después de aquella aciaga madrugada me sigo sorprendiendo del temple con el que me resigné a esperar lo que viniese, incluso la misma muerte. Pasado ese momento, hombres y mujeres fuimos separados en diferentes grupos, a todos se nos formó en filas distintas. Para entonces todos esperábamos lo peor, ya que no sabíamos qué pensaban hacer con nosotros ni para dónde nos llevarían. Recuerdo que en la fila en donde yo me encontraba, aunque algo distante de mí, divisé a Raúl Álvarez Garín, sin duda, uno de los dirigentes más importantes y también más íntegros del 68 mexicano y por quien ya desde entonces sentía una enorme admiración y respeto. Cuando divisé a Raúl y que lo vi cabizbajo sentí una enorme tristeza, no tan sólo por lo que a él le esperaba por ser uno de los dirigentes más buscados y señalados por el gobierno, sino también por el futuro del movimiento, dado el importantísimo papel que este dirigente estudiantil jugaba tanto en la articulación de la UNAM con el Politécnico como en el seno del Consejo Nacional de Huelga del que él había sido uno de los principales inspiradores y artífices para su creación y funcionamiento. En otras palabras, pensé que ya todo había acabado para nosotros. 3. La cárcel de Santa Martha Acatitla Entre las dos y media y tres de la mañana del 3 de octubre de 1968 todoe los detenidos en Tlatelolco fuimos subidos en camiones ur233 JOSÉ RENÉ RIVAS ONTIVEROS banos y del Ejército. Una parte muy considerable de compañeros fueron llevados al Campo Militar número 1, mientras que a otros dentro de los que me encontraba yo, nos condujeron al penal de Santa Martha Acatitla. Así, junto con otros veinte compañeros, me subicron cn un vicjo camión urbano en donde nos sentaron en el piso, mientras los asientos eran ocupados por granaderos. Durante todo el camino, estos pobres infelices iban muy felices como en día de fiesta. Además de amenazarnos a cada momento con golpearnos una vez que llegáramos a nuestro desconocido destino, propalaban todo tipo de insultos y burlas en contra de nosotros. De piojosos, comunistas, alborotadores, hijos del Che Guevara e “hijos de su…” no nos bajaban. Pero mientras que para ellos esa madrugada era de una verdadera fiesta, para nosotros fue una de las pesadi llas más largas y horribles de nuestra vida. Luego de un largo tiempo de camino que a mí me pareció un siglo, aproximadamente a las 4:00 de la mañana, los diferentes camiones urbanos en donde íbamos los detenidos al fin llegaron al penal de Santa Martha Acatitla. Fue hasta entonces cuando supe cuál era el lugar de nuestro verdadero destino. En lo que corresponde a mi camión los primeros en descender del mismo fueron los granaderos quienes de inmediato se formaron en fila india para esperar la bajada de nosotros. Pensé que al fin había llegado la hora de empezar a sufrir las golpizas y torturas como había acontecido con muchos compañeros a lo largo de todo el movimiento, cuando uno de ellos era aprehendido realizando alguna actividad “subversiva”. Recuerdo que cuando los primeros compañeros bajaron del саmión, varios de los policías que hacían la fila india inmediatamente se abalanzaron en su contra golpeándolos salvajemente en varias partes del cuerpo. Fue entonces cuando el director del penal, un general cuyo nombre no recuerdo, llegó y reprendió severamente a los policías agresores. 234 TRES MOMENTOS CLAVES DEL 68 MEXICANO VISTOS EN PRIMERA PERSONA Después de aquello, los detenidos de todos los camiones fuimos conducidos y formados en la antesala de las celdas en donde el director pronunció un discurso en el que lamentó lo sucedido en Tlatelolco, así como “la muerte de su amigo, el general José Hernández Tolcdo” (el cual en realidad no fuc muerto sino solo herido). También dijo entender nuestra lucha aunque no compartir nuestros procedimientos para llevarla a cabo. Igualmente, destacó que en esos momentos había en México el peligro de un golpe de Estado el cual sería muy lamentable para el país. Igualmente nos señaló que en el penal no había ni habría malos tratos contra nadie y mucho menos contra nosotros. Nos dijo que ahí se nos trataría como a universitarios y politécnicos que éramos. Por lo consiguiente, todos los detenidos estaríamos en celdas especiales totalmente separadas de las que ocupaban los presos comunes. Aunque nos advirtió que la comida del penal era mala, como la de todas las prisiones, pero que, sin embargo, él nos mandaría algunos vigilantes para que salieran a la calle a comprarnos tortas, cigarros, dulces y hasta periódicos. Finalmente, nos prometió que él personalmente estaría recorriendo constantemente las celdas en donde nosotros quedaríamos recluidos para ver nuestra situación y que le presentáramos cualquier que- ja que tuviésemos ante un posible mal trato en contra de alguno de nosotros. Efectivamente, este general cumplió con su palabra y en más de una ocasión platicamos cordialmente con él, aunque siempre guardando la respectiva distancia, ya que mientras nosotros éramos los presos él no dejaba de ser nuestro carcelero. Terminado su discurso y después de haber apuntado uno a uno nuestros nombres en la lista del registro de ingreso, fuimos llevados y distribuidos en las celdas. Éstas tenían literas de cemento y viejos colchones todos sucios y deformes por el uso. Pese a ello me acosté en uno de ellos en el caí como regla y me dormí profundamente, estaba demasiado cansado por todos los días de angustia y tensión 235 JOSÉ RENÉ RIVAS ONTIVEROS que había vivido desde el desalojo militar de la Ciudad Universitaria y ante todo por la masacre. Sólo desperté cuando uno de los vigilantes llegó a la celda para conducirnos a los juzgados a la que sería nuestra primera declaración ante el ministerio público. Después lo hicimos otras veces. Se trataba de largos y tramposos interrogatorios más políticos que legales, dentro de los cuales los infelices “representantes sociales” pretendían siempre hacernos caer en contradicciones. Algunas de las múltiples preguntas que éstos nos hacían y que aún recuerdo, eran: ¿Está usted de acuerdo con el movimiento estudiantil?, ¿está de acuerdo con el autollamado Consejo Nacional de Huelga?, ¿por qué usted fue a Tlatelolco?, ¿quiénes son los líderes de su escuela?, ¿por qué ha participado en las manifestaciones?, ¿por qué andaba quemando camiones?, ¿qué periódicos lee?, ¿por qué está en contra del gobierno?, etcétera. Y aunque sabíamos perfectamente que para ellos la legalidad era lo que menos importaba, puesto que nosotros éramos presos políticos, en el transcurso del movimiento y ante la posibilidad siempre latente de ser detenidos en cualesquier momento, muchos de nosotros ya estábamos ampliamente preparados para enfrentar los interrogatorios y saber qué responder ante las posibles preguntas de los carceleros. Toda la preparación previa que ya traíamos desde afuera fue significativamente ampliada por algunos compañeros de la Facultad de Derecho que se encontraban detenidos con nosotros. Por eso nuestras respuestas en la mayoría de las ocasiones eran: no, no es cierto, no lo conozco, no estoy de acuerdo, no lo sabía, etcétera. Simultáneamente a los interrogatorios se nos tomaban las huellas digitales de todos los dedos de las manos y se nos sacaban decenas de fotografiías en las más diversas posiciones. Siempre me he preguntado ¿para qué querrían tanta fotografía y huellas de nosotros? si con unas cuantas de éstas bastaba para identificarnos y ficharnos política y penalmente hablando. 236 TRES MOMENTOS CLAVES DEL 68 MEXICANO VISTOS EN PRIMERA PERSONA Desde el primer día en que llegamos a la cárcel se organizaron artesanalmente algunos juegos con los cuales llevamos a cabo concursos entre nosotros. Así, con cartulinas y plumones se elaboró un tablero para jugar damas españolas y otro para ajedrez. Las diversas piezas que conforman este último juego fue propuesto por nuestro compañero Pablo González Casanova, hijo del connotado académico del mismo nombre y quien a partir de mayo de 1970 fuera designado rector de la UNAM. Además de los seminarios y juegos, también nos dedicábamos a la lectura de diarios, revistas y hasta de algunos libros que pudimos pasar. Así, por ejemplo, desde finales de septiembre yo había iniciado la lectura del libro Los hijos de Sánchez, en la edición de Joaquín Mortiz, cuyo autor es el antropólogo norteamericano Oscar Lewis, mismo que pude salvar desde la balacera y luego introducir y leer y aún releer en la prisión. Por lo demás, aunque por muy corto tiempo, la cárcel fue para muchos de nosotros la continuación de los días de la intensa politización que habíamos vivido en libertad durante agosto y septiembre en las asambleas, los mítines, las marchas, las brigadas, las guardias nocturnas, la elaboración de volantes y carteles y, sobre todo, en las intensas y en ocasiones hasta acaloradas discusiones que se llevaban cabo en el seno del CNH en donde los preparatorianos y vocacionales éramos meros aprendices de los compañeros de las facultades a 9 Pablo González Casanova (hijo) fue uno de los primeros liberados. Cuando este compañero fue llamado a la reja para abandonar la prisión tuvo la atención de pedir las direcciones y teléfonos a todos los que le fue posible a fin de comunicarse con nuestros respectivas familias o conocidos para avisarles que, aunque encarcelados que estábamos bien. En mi caso muy particular le di el teléfono de un paisano de mi pueblo de Durango para que a su vez éste fuese al domicilio en donde yo vivía y me asistían para que les comunicara en dónde y en qué situación me encontraba en la prisión. González Casanova (hijo) amablemente hizo lo que le pedí. Aunque nunca jamás lo he vuelto a ver para darle las gracias por este inolvidable favor que me hizo. 237 JOSÉ RENE RIVAS ONTIVEROS y escuelas de nivel superior, entre los cuales había muchos representantes a este órgano con una amplísima trayectoria y militancia política en los grupos y grupúsculos de la izquierda estudiantil universitaria, politécnica, chapinguera y hasta normalista. En fin, para mí la caída a la cárcel fue dolorosa pero muy reveladora porque me dejó muchas e invaluables enseñanzas, al tiempo que reafirmó mis convicciones políticas e ideológicas de izquierda que ya traía desde que estudiaba en la Normal Rural de Aguilera, Durango y que he mantenido y mantendré el resto de mi vida, de eso no cabe ninguna duda. A manera de reflexión final Ahora, cuando ya ha transcurrido cerca de medio siglo de aquellos días juveniles del 68 mexicano, pretendo reconstruir y resumir mentalmente cada una de las escenas que entonces viví y que ya forman parte de mi historia personal. Entre muchas otras: la espera del maestro de matemáticas la tarde-noche del 26 de julio; mi ida al Zócalo junto con los compañeros del grupo 413 de la Prepa 3 para satisfacer mi curiosidad de conocer personalmente a los granaderos; mi primer enfrentamiento con ellos la misma noche en las entrañas del otrora barrio universitario; el primer camión quemado durante el 68 mexicano frente a la librería Porrúa y los gritos de desesperación de El Yuca para que lo apagaran; el vendedor de gelatinas solidarizándose con nosotros; el impacto de la mañana del 30 de julio cuando supe del bazukazo contra la puerta de mi Prepa; la gallardía y dignidad del rector Barros Sierra izando la bandera nacional a media asta en la explanada de la Rectoría; el ruido ensordecedor del mimeógrafo que trabajaba toda la noche y que algunas veces no me dejaba dormir en la Ciudad Universitaria; el rescate militar del Zócalo; el canto triste de los pájaros; el llanto del niño que tiene hambre y sin nada en la casa para comer; la amenaza de Díaz Ordaz 238 TRES MOMENTOS CLAVES DEL 68 MEXICANO VISTOS EN PRIMERA PERSONA de utilizar el Ejército para reprimirnos; las bandas fascistas asolando a la Ciudad en nuestro nombre; las brigadas reprimidas; la toma militar de la Ciudad Universitaria; la heroica y admirable defensa por los politécnicos del Casco de Santo Tomás; el viaje de mi tía Julia desde Durango a la Ciudad de México para pedirme que por ningún motivo me fuera a meter en el movimiento, cuando yo ya estaba metido hasta el fondo; los perros ladrando y aullando en la Ciudad Universitaria; las luces de bengala surcando el cielo y anunciando la muerte; el guarura de la gabardina disparando al cielo como loco; el tableteo de las ametralladoras que no tenía ni para cuando acabar; el templo de Santiago Tlatelolco que nunca abrió sus puertas para salvar vidas; las horas de angustia encerrado en aquel departamento del edificio Chiapas; la Plaza llena de muertos y heridos; las sirenas de las ambulancias anunciando la muerte; la fría lluvia del 2 de octubre lavando la sangre; el crujido de la puerta de la celda; los días tristes y sombríos de octubre; la aprehensión de José Revueltas; el recuerdo de la muerte del Che Guevara y de Martín Luther King; las cárceles llenas de presos políticos; la caída de las hojas de los árboles; la profunda soledad que en ocasiones sentí en la celda; el levantamiento de la huelga sin haber logrado ningún punto del pliego petitorio; el canto triste de las palomas que se paraban en la fachada de la Prepa; la desaparición del Consejo Nacional de Huelga; el regreso a clases; el recuerdo de los compañeros que ya nunca más vimos en la Prepа; los pupitres vacíos; el porrismo desatado y actuando impunemente. ¡Qué tristeza, qué soledad y qué vacío el de aquel entonces! Son éstas y muchas otras las heridas que casi medio siglo de haberlas sufrido aún no han sanado y posiblemente ya nunca más cicatrizarán el resto de mi vida. No obstante todo aquello, qué no daría hoy por volver a vivir aquel maravilloso y nostálgico 68 mexicano al que quisimos tanto. 239 JOSÉ RENÉ RIVAS ONTIVEROS Fuentes consultada ÁLVAREZ Garín, Raúl (1998). La estela de Tlatelolco. Una reconstru ción histórica del Movimiento estudiantil del 68. Grijalbo, Méxicc GONZÁLEZ de Alba, Luis (1971). Los dias y los años. Era. México. GUEVARA Niebla, Gilberto (2004). La libertad nunca se olvida. Memori,
René Rivas, testigo presencial de aquel Tlatelolco 1968, en dos de octubre.
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