Por Enrique Ruiz
Si Ud. querido amigo, amiga, se ha propuesto iniciar en la escritura por algún motivo oculto y autodestructivo, procure hacerlo con un tema que sea por completo ajeno a su intimidad , ajeno a sus sentimientos y pensamientos, ajeno a cualquier cosa que comprometa parte de su ser. Es el mejor consejo que le podemos dar. Esta tendencia a escribir, no se angustie, puede tener su génesis en la más temprana infancia: ácido fólico insuficiente, ausencia del afecto materno o incluso el involuntario olvido de un padre que no volvió. Nuestro deber mas elemental, sin embargo, es hacerle la advertencia de que debe tomar en consideración ciertas cosas. Si tiene Ud. una imagen intachable de sí mismo, si aún se identifica mucho con su Yo o con su persona ( del griego “ máscara ” ) – es decir, con su rol social, con la actividad que desempeña: policía, juez, profesor, burócrata, etc. – por favor ¡ no lo haga ¡ Como dicen en mi pueblo , no le busque, es decir, evítese inútiles tormentos éticos y morales. Si se sonroja con facilidad y no aguanta ser observado como un bicho raro; si duerme con pijama a rayas y gorrito en punta haciendo juego de colores y se abrocha hasta el último botón; si es medio escrupuloso y modosito; si usa suéter en pleno verano para no destacarse entre la anónima multitud de mediocres como un auténtico debilucho, no, por favor, ¡ Absténgase ¡
No es lo suficientemente fuerte.
Pero si después de evaluar estas consideraciones Ud. decide escribir por un placer generoso o algún tipo de compromiso moral o estético con usted mismo, hágalo. Sea fiel a su daimon, al Gran Hombre, al genio. Al que todo lo sabe.
No deberá ignorar que toda opinión, todo comentario emitido en un sentido o en otro , tiene algo de autobiográfico. Es decir que en algún momento y en alguna medida estará Ud. desnudando su más profunda intimidad anímica y espiritual. Una manera menos comprometedora de hacerlo sería acudir a sesiones de psicoanálisis. Precisando y recordando -quizá, ya no estoy seguro- a don José Ortega y Gasset, debemos aclarar que desnudarse – no se confunda – no es lo mismo que desvestirse. Se desnuda con resistencia y siente pudor al hacerlo quien tiene o lleva una auténtica y rica vida interior. Puede llamarla vida espiritual si gusta. Nunca verá a una monja en playera sin mangas por más calor que haga en el convento; ni al Papa en turno en shorts, semi- desnudo, sudado y jadeando como un… atleta en el gym, en pleno levantamiento de peso muerto; ni a un profesor universitario con la camisa desabrochada hasta el tercer botón, con la evidente intención de mostrar su exuberante y viril mata de vello que acredita de la manera mas fehaciente sus altos niveles de testosterona. Ellos ¡ sí se desnudan ¡ al despojarse de una prenda que muestre su cuerpo más allá de lo que su recato les permite. Esto es así porque no existe separación entre alma y cuerpo. En cambio, por ej., una mujer de conducta dudosa cuyo placer pagan los hombres, no se desnuda, porque no hay nada que desnudar: ella sólo se desviste ( o se encuera como diríamos en Dgo. ) Vive y trabaja des-vestida. Así mismo, el cantinero de barrio, gordo por tradición familiar e hipotiroidismo, que anda de un
extremo a otro de la barra sirviendo afanosamente las bebidas – cuidando que el tequila no se desborde del caballito, porque va en juego su prestigio en tal afán, tal vez su único prestigio -, anda digo, en playerita rinbros sin mangas de una talla menor y que hace que sus carnes se desborden y exhiban al nivel de la axila simulando pequeñas alas, como un angelito en ciernes, más exactamente a la manera de un cupido rollizo y rechonchito, satisfecho de sí mismo y de su vida ( que dice a su mujer: y tus padres q decían que jamás haría nada… ¡ Já ¡ ¡ tengo mi propia cantina, “ El Sobaco del Diablo ”! )
Esta peculiar situación tiene sus inicios desde que los griegos empezaron a filosofar. Y dicho sea de paso, empezaron a hacerlo porque el espíritu de la época era el asombro. El espíritu de nuestra época, en cambio, es más bien la inseguridad , el miedo y la incertidumbre: que voy a hacer en este caso o en el otro; que será de los hijos, q será de mis finanzas por la fluctuación en la bolsa, que será de mis ahorros si el banco se declara en quiebra, que será del empleo si en el futuro se automatizan los procesos en la fábrica, el quirófano, la oficina, el restaurante; en fin, hasta en el cuerpo mismo: el mesías cibernético del que nos hablaba don Miguel Serrano.
De este incipiente filosofar nacieron dos tendencias, el idealismo y el realismo. La primera afirma que no hay mundo sin un sujeto cognoscente ( es decir, Ud. y yo ). La segunda, que el mundo existe de forma absoluta, total e independiente esté o no dicho sujeto. En el siglo XX el Dr. J. Grinberg con su teoría sintergica explicó la interacción entre el cerebro y la lattice con la consecuente creación de la realidad como experiencia individual. Es decir, no hay tal separación entre mente y materia, ni entre cuerpo y alma ( alma, no en el sentido del concepto cristiano, como algo que tendrá un destino después de la muerte. Importante tema ampliamente tratado por grandes Doctores de la Iglesia Católica). Aquí nos referimos a un concepto mas sencillo – en apariencia -: del alma psicológica que podemos experimentar en la cotidianidad: desde la más sencilla emoción, como el abrazo de un amigo o la feliz noticia de un hermano, el tener en brazos por primera vez a nuestro hijo recién nacido o hasta el experimentar la inspiración y el éxtasis. Mundo y psique van unidos, son aspectos distintos de la misma cosa. Anverso y reverso de la misma moneda.
¿ Al fin y al cabo, qué es en última instancia el alma ?: sustancias químicas, o sea, Naturaleza ( C. G. Jung )
E. R.
08/2026






