” El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando piensa ” . F. Hölderlin. Hiperión.
Que alguien no haga algo podrá reprochársele o no. Pero que lo haga y lo haga mal , eso si sería motivo de señalamientos y de una bien ganada sarta de improperios de toda índole.
Hacerlo no solo bien, sino con excelencia, ” dar el extra “, como nos arengaba de forma entusiasta el señor Carroña – perdon – Carreño, émulo y caricatura involuntaria del
gran Steve Jobs:y de quien, por mi natural discreción me iba a reservar su nombre, pero no, mejor no: Ricardo Alberto Carreño Vega. Hombrecillo de baja estatura, regordete, de cabello rebelde cortado estilo cepillo, gobernado con generosas porciones de gel nivel 11, ego; y quien aseguraba, contra todas las evidencias en su contra, que practicó taekwondo obteniendo el honroso nivel de cinturón negro 2o. Dan. Este individuo, en quien por alguna extraña coincidencia zodiacal se reunían lo peorcito de la humanidad y las más abyectas características del típico mediocre, era apodado pomposamente ” EL Emperador ” , por las huestes del infierno y por sus potenciales asesinos ( sus mismos empleados ), para quienes no representaba nada más que un collar de pulgas en pleno desierto: es decir, algo insoportable. Tenía la desfachatez de asumir actitudes tan ridículas como aquella cuando en cierta comida de trabajo, en su casa, a la hora de los postres sacó un cajilla común y corriente, con dulces, y solemnemente anunció: ” cómanlos despacio muchachos, disfrútenlos, son dulces típicos de Tapalpa “. ¡ Tapalpa ! – sabrá dios – de ubicación totalmente desconocida para la mayoría de los invitados; algunos googlearon, otros creyeron encontrar su ubicación en el recuerdo de su clase de geografía de 3.er grado, situándola en la selva de la amazonia. Ninguno tuvo la osadía de asentir con un seguro movimiento de cabeza o una mirada directa y asertiva que demostrara conocimiento: esa actitud hubiera ido claramente en contra de sus vidas en condición de calle, o de asiduos y frecuentes huéspedes de las alcantarillas, sin expectativa alguna de superación, con un salario raquítico y que en opinión de ” El Emperador ” no podría ser mas solvente para la economía familiar. Nunca aclaró si en lo solvente se refería a la economía de su propia familia o a las de aquellos despojos que el viento negro del destino arrojó a su inmunda cloaca; y a los que ” El Emperador “, en junta de altos ejecutivos, afectuosamente llamaba ” mi capital humano “. Se supone que todo trabajo debe hacerse bien, ¡ A nadie le pagan para que haga su trabajo mal ! Desde el planchado perfecto de un sastre remendón, exempleado de alguna dependencia estatal, alcohólico y fan de Julio Jaramillo y del trío guayquiqui, que se esmera en dejar perfectamente bien planchadas y marcadas las rayas del pantalón; hasta el obscuro contador, enjuto, ceñudo y calvo, autoconsiderado el oprobio familiar, y que allá, marginado, está siempre en la esquina de una lúgubre oficina cuya ventana – cuando se abre – da exactamente al muro de ladrillos sin enjarre, de una finca en construcción. Y que, pertrechado tan solo con una botellilla de don Pedro de 1/4, celosamente guardada en el cajón inferior del lado derecho de su escritorio – envuelta en papel periódico con crucigramas – resulta ser la única amiga ocasional en su eterna soledad; protegidos los ojos con la visera, a la luz de una lámpara de mesa alumbrada con un triste foco de dos watts, hace cargos y abonos de forma extraordinaria y sin errores en el voluminoso libro contable (a la manera de F. Pessoa ), mientras sueña con paraísos artificiales y robots IA. Hasta el escritor cuya aspiración es escribir un libro que al menos iguale en riqueza imaginativa y visual a Cien años de soledad o en riqueza lingüística y acciones de moral edificante al Quijote; aspiración inalcanzable por cierto, y no por incapacidad – sino porque en la actualidad el idioma ya no da para eso -. Sin embargo, se podrán escribir otras cosas con innovaciones de forma y estilo y algunas ideas se podrán presentar de forma novedosa: J. Joyce, en su momento, lo hizo con su Ulises y finnegans wake; W. Faulkner lo hizo con un estructura narrativa diferente – en aquella época, principios del s. XX – y que hay a quienes resulta de difícil lectura por la secuencia no cronológica del argumento y el manejo del tempo en sus novelas. M. Proust extrajo su obra En busca del tiempo perdido, de una profunda introspección en sus recuerdos y experiencias personales.
Trabajar es crear. Y creador no es solamente el artista en la acepción generalizada del término. El obrero que trabaja en la línea de ensamblaje realizando movimientos repetitivos y que con su ingenio y experiencia logra modificaciones para eficientar los tiempos, es un creador en su momento: ya no solo parte de la larga cadena o simple extensión de una máquina. Todas esas pequeñas innovaciones, hechas en el transcurso de la historia de los pueblos por una cantidad ingente de hombres anónimos, ha sido la base del desarrollo de la técnica y tecnología actuales. Así mismo, el esfuerzo creativo de nuestro querido pueblo norteño ha dado sus frutos y nos ha obsequiado con un gran regalo. Estoy hablando del hermoso boulevard planeado y construido hace años con tanta ilusión por nuestros admirados, queridos y sufridos gobernantes; con recursos limitados, carencias, casi casi poniendo de su bolsa, con mediasuelas, viviendo de prestado y con bolsas Gucci de imitación; todo como atractivo turístico e impresión primera de los ilusos, despistados y muy esporádicos visitantes. Cd. cosmopolita en cierta medida, no caemos ya en el extremo de asomarnos a la ventana al primer sonido de algún automotor: eso, en definitiva , no sería distinguido. El boulevard, cuya considerable extensión es enmarcada al fondo con natural belleza por un extenso manto, árido y amarillento: el cerro. Esta obra, además de proporcionarnos el comprensible y justificado orgullo ( solo superado por El Faro en su momento de mayor esplendor ) que su pertenencia provoca en la exquisita sensibilidad de la población conocedora, por sus impecables y bien cuidados jardines, dignos del más asiduo frecuentador de billares; y por su agradable recorrido: inseguro y arriesgado, sí, pero sólo ocasionalmente, y no por ello menos encantador y disfrutable. Un paseo ya convertido en tradición por sus habitantes. Como una forma cotidiana de estrechar lazos de amistad y permitir que entre sus rosales florezca el dulce y embriagador aroma del amor y abrige con su manto maravilloso a los jóvenes principiantes: chico y chica. Todo ello con la añoranza y melancólico recuerdo de la manera en que nuestros queridos abuelos disfrutaban sacar sus sillas por la tarde a la puerta que da a la calle, todavía con su olor a tierra mojada por el regado previo que de ella hacía alguna sobrina arrimada: aquella típica muchacha que en sus mocedades llegó con una generosa dote y que mientras duró, le fue concedido el trato solo reservado a los mas altos dignatarios y miembros de la nobleza. Pero que por ley inexorabie del destino degradó con el tiempo en sincronía perfecta con su ya disminuída contribución a la economía familiar. Soltera, catequista y .. ¡ fea !, para decirlo rápido. Uno de esos raros especímenes de sonrisa permanente, congelada y falsa – toda felicidad que no provenga del alcohol, es ficticia – que se acomodan sin queja a cualquier situación por incómoda y dolorosa que ésta sea. Soñadora de viajes a ignotas tierras donde no se le respete ya tanto. Si tan solo los fines de semana nuestros jóvenes paisanos dejaran de merodear por las tardes en su entorno, gastando la gasolina de su troca de forma lastimosa; si dejaran también de pulular en grupúsculos por las noches y aplicaran alguna energía creadora a cosas artísticas o edificantes – aunque sea con graffiti -, aquello sería el remanso de paz y tranquilidad que nuestros mayores soñaron. En lugar de convertir al decente y taciturno habitante promedio en un viejo prematuro, con grave deterioro nervioso provocado por la siempre cercana posibilidad de morir atropellado cual perro en periférico por algún alucín trasnochado, o de plano , ser renunciado sin misericordia, porque lo confundieron.
A pesar de todo lo anteriormente expuesto grosso modo, el Lic. Raulillo, insiste en presentarme semejante espectáculo dantesco como ” pueblo mágico “: solo que sea por los desaparecidos. Creo que su cariño al terruño nubla su objetividad.
No es que en nuestra juventud no se diera ese curioso fenómeno social tan conocido popularmente como: tomar la copa, o pistear ( no pistiar, ¡ pistear ! ),es decir, disfrutar una cerveza, escuchar música y convivir en un ambiente de camaradería y de solaz esparcimiento: por supuesto que sí. Pero nuestro quehacer se limitaba a dar algunas vueltas escuchando música entre trago y trago o estacionar los autos en algún lugar. Éramos varios grupos, pero todos, o éramos amigos o al menos nos conociamos de vista. Y siempre convivimos en un ambiente de cordialidad y amistad – y hasta podría asegurar – de respeto. Todos orgullosos de ser canatlences. Y si alguien invitaba a un amigo de Nuevo Ideal o Santiago Papasquiaro, como se dió el caso: era bienvenido. Prestándonos casetes, compartiendo un agua mineral, facilitándonos cualquier cosa que otro grupo necesitara; dinero no, porque prestarlo en ese estado se olvida, o cobrarlo o pagarlo. Nuestro grupo más frecuente se formaba con la grata presencia de hombres ahora respetables todos, y cuyos apellidos me reservo por las implicaciones sociales y hasta penales ( si los asuntos aún no han prescrito ) a las que pudieran dar lugar: Pancho, Javier, Pin, Ivan Israel, Gerardo S., Agustín, Matías, Saúl, Marco Antonio, Gerardo G.,Luis, Sabino, Chuy, Joel, Ramón, Mateo y Enrique, entre otros. Recuerdo que fuimos invitados con alguna frecuencia por parte de mi primo a departir alegremente en su Mustag. Recuerdo también al amigo Marco Antonio en un Tsuru, saliendo disparado por los aires, de la plaza a la calle adyacente al restaurant del Valle. Si no nos conocíamos bien todos, por lo menos sabíamos dónde estudiaban o trabajaban, quiénes eran sus hermanos o hermanas, o si en la secundaria habían estado antes o después, o dónde vivían, o el rumbo: ese tipo de cosas. No éramos ningunos desconocidos. Ahí andábamos todos.
Sí, se daba el caso de que ya con la euforia rebasando un poco los límites socialmente aceptables, incurriéramos en algunos excesos que por su naturaleza antisocial ameritara una multa administrativa, y que en alguna ocasión sin duda, más de alguno se hizo acreedor a ella. Mi amigo Agustín, por poner un ejemplo no tan lastimoso, fué trasladado a los separos y se registró con el nombre de Hugo Sánchez – que dizque porque se parecía, según él- . A la mañana siguiente, al momento de querer pagar la multa para su liberación, nos informaron que en la lista ” no había ningún Agustín “, nos dijo el digno representante de la ley que nada más estaba un tal Hugo Sánchez: ¡ Él es, exclamamos !, fueron necesarias explicaciónes convincentes y la correspondiente presentación de documentos para descartar otro delito: usurpación de personalidad. Después de esto, se procedió a su inevitable excarcelamiento. El inolvidable don Enrique (+), quien vivía frente a la plaza, si no se aprendió todas las canciones de Lorenzo de Monteclaro con la banda, estoy seguro que por lo menos le tomó gusto a esa música. Mi primo – brindando y con un volumen de música, digamos, un poco inapropiado para la hora: 2:30 am – estacionado su auto frente a la plaza, reiteradamente reclamaba su derecho a hacerlo. Fundaba su alegato en ciertos artículos constitucionales que traía subrayados en el venerable libro y que en su opinión experta confirmaban su privilegio de tomar la copa en su deportivo: ” porque estoy es propiedad privada ” , decía. Llegó al extremo de invocar el contenido de la ” Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano ” , aprobada el 26 de agosto de 1789, semanas después de la toma de la Bastilla y que marcó el inicio de la Revolución francesa.
¿ Que tiene que ver esto con lo creativo ?: Nada. ¿ Con mi quehacer ?: mucho. Y sin considerarnos autoridad en el tema, pero con la convicción que da el haber tenido la suerte de disfrutar y apreciar muchas de las obras de arte más reconocidas, podemos afirmar, amparados en el privilegio discursivo que solo la generosidad del lenguaje puede proporcionarnos, que ni la naturaleza imita al arte, ni el arte imita a la naturaleza. ¡ Esas son pavadas ! afirmaría en cierta ocasión el bien recordado señor Topete.
E. R.
09/2026







