NIKOS KAZANTZAKIS
Nikos kazantzakis ( 1883, Creta -1957, Alemania ),
De las novelas que escribió Nikos Kazantzakis, dos de ellas alcanzaron especial celebridad por haber sido llevadas a la pantalla con gran éxito. Una fue Zorba el griego y la otra La última tentación de Cristo.
En Zorba se relata el encuentro y posterior entrañable amistad entre dos caracteres completamente diferentes; por una parte, el de un hombre conservador, circunspecto y culto; y por otra, el de un hombre cuya ambición era exprimir la vida al máximo en todos sus momentos, noble y leal, hosco y de poca educación y con la vivencia de duras y dolorosas experiencias: cuando murió su hijo, su dolor fue tan grande y desgarrador que no pudo llorar: mientras los demás lloraban, el bailó, usó la danza como un mecanismo de liberación emocional y espiritual frente al dolor absoluto. La danza le dió el consuelo; no el llanto. Cuando no son suficientes las palabras y la razón, el movimiento es la forma más eficaz que utiliza el cuerpo para expresar y liberar el alma.
Nunca concebí que un bailarín que se convierte por momentos en puro movimiento y música pueda ser alguien emocionalmente enfermo.
Zorba era una de esas personas que no sonríen con frecuencia pero que cuando ríen lo hacen a carcajadas – al igual que Augusto C. Sandino – y ven el lado irónico de cualquier situación.
La Última tentación de Cristo es la versión cinematográfica del libro homónimo de Kazantzakis.
La película narra la posibilidad de que Cristo hubiera escapado al sufrimiento y a la muerte en la cruz, renunciando a su primogenitura divina y a su misión en la tierra y prefiriendo ser solo un hombre: con la vida de responsabilidades, de trabajo y de familia que llevan los hombres.
La historia de que Cristo sobrevivió a la crucifixión y formó una familia con María Magdalena es una leyenda con algunas variantes en algunas partes del mundo. En la India se conserva la leyenda de que Cristo vivió en Cachemira y que ahí se encuentra su tumba. De modo que la última tentación de Cristo sería esa: renunciar a ser el Mesías esperado, evitando el sufrimiento y la crucifixión y ser simplemente un hombre.
La petición que se hace en la oración del Padre nuestro: ” no nos dejes caer en tentación “, no se refiere a incumplir el sexto mandamiento. Esa es una interpretación grosera, bastante limitada y primitiva; de gente que basa su visión de la vida únicamente en lo aprendido en las tvnovelas de Televisa, durante el reinado embrutecedor del filósofo de la televisión Raúl Velazco, y quizá en una que otra clase esporádica de catecismo. Apropiada en la clase de tipos que preguntan ¿ Y yo en qué leo ?, de los que no alcanzan ni a vislumbrar lo trascendente de ese acto y lo siguen viendo como algo vergonzoso, a pesar de que todos los hombres en todas las épocas hemos sido procreados de la misma manera.
” No nos dejes caer en la tentación ” es una petición que significa: ” no nos dejes saber en verdad quiénes somos, no nos hagas conscientes de nuestra deleznable condición de hijos de la tierra, no nos permitas sentir nuestra absoluta soledad de eternos viajeros, herrantes por un universo sin fin ni sentido; déjanos nuestras ilusiones y nuestras esperanzas: déjanos seguir soñando ”
Ante el arquetipo del héroe y del hombre-dios que Cristo representa y que ha influido y determinado la civilización occidental, no tienen demasiada importancia los detalles de la vida ordinaria de un rabí de Galilea, con la banalidad y los altibajos que tiene cualquier vida común. Por muy destacada y excepcional que – seguramente – haya sido su personalidad.
A Nikos Kazantzakis le debemos el haber afianzado y reforzado nuestro sentir vital y la honestidad creadora.
Con él confirmamos que lo aprendido ( todo, absolutamente todo es dato aprendido, incluídas las revelaciones ) debe ser sublimado y llevado a lo abstracto y a lo espiritual, y que no tiene derecho a manifestarse como obra creativa mientras siga diferenciándose como recuerdo. Solo deberá expresarse creativamente cuando haya bajado de la cabeza a la sangre, cuando se haya vuelto inconfundible con el sedimento de la parte más profunda de nuestro ser, de nuestros instintos y de nuestra vida. Antes de eso sería una falacia y una deshonestidad.
La cultura es lo que queda después de que uno lo ha olvidado todo.
Su Carta al Greco, iniciada en el otoño de 1956 es su autobiografía y la historia de la génesis de su obra. Con las personas de su alrededor era comprensivo, tolerante y dulce; consigo mismo, exigente e implacable en su afán creativo.
Kazantzakis tenía una curiosa predisposición psicológica a somatizar sus emociones.
En una ocasión, viviendo en Viena, conoció a Frida en un cine y estuvieron conversando, salieron a caminar a un parque cercano y finalmente hicieron una cita para verse al día siguiente.
Se despidieron y Nikos se dirigió a su casa; en el trayecto empezó a sentir que la sangre le subía a su cabeza y a su cara. Empezó a sentir que su cara se hinchaba, cuando llegó a su habitación comprobó que era verdad, su cara se había hinchado; se refrescó con el agua del lavabo y se recostó atribuyendo la hinchazón a algún alimento que había ingerido en mal estado; pensó que por la mañana se encontraría aliviado o al menos un poco mejor, lo suficiente para cumplir su compromiso con Frida.
Sin embargo, al despertarse al día siguiente vio que la hinchazón había aumentado y que su carne secretaba pequeñas cantidades de pus; que incluso ya sus ojos se empezaban a entrecerrar impidiéndole parcialmente la visión y su boca se había convertido en un pequeño orificio que solo le permitía tomar alimentos líquidos. Pasaron un día, dos días, una semana, dos semanas y su estado no mejoraba.
Había leído algo de psicoanálisis en los libros del Dr. Stekel, discípulo de Freud, y decidió consultarlo; por alguna desconocida razón tenía el presentimiento de que la culpable de su problema era su propia alma.
El Dr. Stekel le pidió contarle su historia. Kazantzakis le platicó detalles de su niñez en Creta, que había seguido la doctrina de Cristo, pero que después había considerado que esos preceptos eran demasiado irreales e impracticables y que hacía tiempo venía estudiando el budismo y siguiendo sus enseñanzas. El doctor sonrió: lo que molestó a Nikos, apenas lo había conocido y ya sentía aversión y rechazo a su práctica profesional.
El doctor le dijo que faltaba algo más, que aún no había terminado de decirle todo; Nikos finalmente le contó de la cita concertada semanas atrás con Frida. El doctor asumió que esa información era suficiente. Le explicó que su enfermedad era la llamada ” enfermedad de los santos ” .
Los ascetas del desierto de la tebaida, en Egipto, cuando eran instigados por el demonio de la carne, en un momento de arrojo temerario abandonaban todo y se iban a la ciudad a buscar satisfacción a su instinto, pero al llegar a las puertas de la ciudad empezaban a cubrirse de lepra ¿ Que mujer los iba a recibir en esas condiciones ? Entonces emprendían el regreso a su destierro dando gracias a Dios por haberlos librado de las garras del demonio y la lepra desaparecía. Nikos tomó la desición de abandonar Viena al día siguiente. Cuando iba rumbo a la estación sintió una leve mejoría y habiendo llegado a la estación, en un pequeño espejo, comprobó que estaba curado, su rostro volvía a estar sano. Comprendió que los resortes del alma también pueden ser poderosos y peligrosos.
Todos tenemos nuestra propia escala de valores ( aunque el más preciado anhelo de los mercaderes es que tuviéramos todos la misma escala, que nos homologáramos ). Porque al acatar sus valores subliminalmente impuestos, todos estaríamos contribuyendo – engañados y de forma involuntaria – a perpetuar nuestra condición de esclavos y a ayudarlos a mantener su poderío. Desafortunadamente para ellos existe la resistencia y ” si no nos dejan soñar no los dejaremos dormir “. Tribi se especializaba en el estudio de ese poder mundial oculto, asesorado por el profesor Nandino.
El valor supremo en la vida de Nikos Kazantzakis fue la libertad. En todo sentido. En su niñez, su ciudad natal, entonces llamada Megalo Kástro ( hoy Heraclión, en Creta ) era parte del imperio otomano, por lo que el ambiente que respiró desde pequeño fue el de la lucha por la independencia; y creció escuchando los relatos de las batallas de sus antepasados. Su abuelo había peleado contra los turcos y su padre era oficial del ejército en Megalo Kástro.
Su padre era un cretense patriota, dispuesto a participar en la guerra por la independencia en el momento que se le requiriese. Hombre serio y de pocas palabras, con un gran amor por su hijo pero imposibilitado para manifestar esa ternura. Su madre todo lo contrario, sencilla, dulce y afable, de familia campesina, de esas gentes que viven adheridas e inclinadas sobre el surco y que después de tantas generaciones son uno con la tierra.
Decía Kazantzakis que tuvo dos heridas en su adolescencia; el haber aprendido de sus maestros que la tierra no está fija e inmóvil como una gran señora con todos los astros girando a su alrededor; y saber que el hombre no recibió ningún soplo ni tuvo ningún tipo de inicio privilegiado, sino que provenía de una larga evolución. Esto lo abatió e hizo de él un rebelde temporal.
Un día le preguntó al maestro que le impartía instrucción religiosa si Dios podía hacer que un objeto del salón desapareciera; el maestro, relata Nikos, se puso morado de la impotencia de no poder dar una respuesta y le aventó con una caja: Nikos le digo: maestro, esa no es una respuesta. El maestro citó al padre de Nikos para enterarlo de la conducta de su hijo, le explicó lo ocurrido y el padre solo le respondió: ” me hubiera preocupado que dijera mentiras o que se dejara golpear, por otra parte el ya es un hombre “.
Su deseo de libertad y de recorrer el mundo se manifestó en su primer viaje, muy joven aún, a Grecia. Durante tres meses recorrió a pie y alforja al hombro, las montañas, las aldeas, las islas y los monasterios de Grecia. Vio que el espíritu, durante siglos, había recorrido Grecia y habia dejado su huella en cada paisaje. Encontró paisajes severos y varoniles; femeninos y dulces; y algunos reservados y regocijados. Cuando iba de regreso a su aldea evaluando las enseñanzas que le había dejado el viaje, se dió cuenta que el aprendizaje principal fue el de la responsabilidad consigo mismo. En adelante no podría eludirla nunca más.
Su siguiente viaje al extranjero lo realizó a Italia. Se sentía tan profundamente abrumado ante la reconocida belleza de las pinturas expuestas en los museos, que se pasaba largo rato en el umbral de la puerta para tranquilizar su ánimo y calmar los latidos de su corazón. Después entraba.
Sabía que los dioses son celosos de la felicidad de los hombres y que ser feliz y darse cuenta era un agravio a su divinidad y un motivo de castigo. Para conjurar este peligro se compró unos zapatos que le apretaban, y así andaba, despacio y con dolor durante las mañanas. Por la tarde, después de la comida, se calzaba sus zapatos de diario y se sentía casi volar, muy cómodo. Y nuevamente se disponía a recorrer la ciudad, consciente como estaba de haber pagado ya su tributo a los dioses. Esto último, expresado como una ingenua metáfora, es una verdad psicológica; quizá oscuramente intuida, pero poco comprendida.
Un día, en la biblioteca de Santa Genoveva, Nikos leía un libro y se le acercó una muchacha, llevaba un libro abierto y le mostró una foto cubriendo con su otra mano el nombre; le preguntó ¿ Sabe usted quién es éste de la fotografía ?, Nikos le respondió que no.
– ” ¡ Pero si es usted !, vea su frente, sus ojos, solo que él tiene un tupido bigote y usted no. Es Nietzsche ¿ Lo conoce, lo ha leído ? ¡ Es alimento de leones para el espíritu ! “.
Kazantzakis miró la fotografía y le confirmó su desconocimiento del personaje y el nulo conocimiento de su obra. Este fortuito encuentro marcó su vida a través de la filosofía de Nietzsche. Conoció el eterno retorno, la muerte de Dios, el superhombre, intuyó la voluntad de poder, y vió que el anticristo también sangra con su corona de espinas.
Viajó por muchos lugares de Asia, África, Europa y Oriente Medio. Vivía constantemente en monasterios, sometiéndose rigurosamente a su itinerario y sus costumbres mientras duraba su estancia y donde gustaba de conversar con los viejos monjes.
Afirmó: ” mi alma entera es un grito y mi obra entera es la interpretación de ese grito “.
Nikos Kazantzakis murió a los setenta y cuatro años. Por haber sido excomulgado por la iglesia ortodoxa griega no fue permitido que lo sepultaran en un cementerio tradicional. Sus restos descansan cerca de las murallas de Heraclión, Creta.
Su tumba tiene una sencilla lápida de piedra y una cruz de madera. Su epitafio: NO ESPERO NADA, NO TEMO NADA, SOY LIBRE.
E. R.
10/2026








