Mirada Sustantiva
Por Mario A. Saucedo
La familia cansada, entre sobrevivir y educar
Durante generaciones, se ha repetido con firmeza que la familia es la base de la sociedad. No como una frase hecha, sino como una convicción profunda, es en casa donde se aprenden los primeros valores, donde se construyen los hábitos que acompañarán toda la vida y donde se forman los vínculos que sostienen emocionalmente a las personas frente a las adversidades. Sin embargo, en la práctica cotidiana, esta idea parece diluirse entre las exigencias del tiempo y la prisa con que se vive actualmente.
Las jornadas laborales extendidas, el deseo legítimo de aspirar a mejores ingresos y las presiones económicas han llevado a muchos padres y madres a pasar más tiempo trabajando que conviviendo con los hijos. No se trata de juzgar, sino de comprender. Hoy en día sobrevivir también implica esforzarse más, desplazarse más lejos y asumir múltiples responsabilidades. Pero en ese intento por garantizar bienestar material, el tiempo compartido se ha convertido en un recurso cada vez más escaso.
A este escenario se suma la influencia creciente de la tecnología y los dispositivos digitales. En muchas casas, la conversación ha sido sustituida por pantallas encendidas; la mirada atenta por notificaciones constantes; el juego compartido por el consumo individual de contenidos nos aleja cada vez mas de nuestos mas cercanos, que ilógico resulta tener la posibilidad de acercar mediante un dispositivo a quien se encuentre a miles de kilometros de distancia y en contraparte, alejar a quienes estan a centímetros de nosotros. Hijos y padres conviven en el mismo espacio físico, pero no siempre en el mismo espacio emocional. La tecnología, que bien utilizada puede ser una aliada, comienza a ocupar silenciosamente el lugar que antes pertenecía al diálogo, a la escucha y a la expresión de afecto. Aquellas momentos de historias contadas por los abuelos se han sustituido por las nanas digitales.
Aunado a estos escenarios es importante reconocer que las transformaciones sociales han dado lugar a nuevas configuraciones familiares. Existen familias fracturadas por separaciones, migraciones o conflictos no resueltos; hogares donde uno de los miembros asume la mayoría de las responsabilidades o donde, por el contrario, éstas se diluyen en un intento por evitar tensiones. En ocasiones, el aligeramiento de responsabilidades se confunde con libertad, y la ausencia de límites con comprensión. Sin embargo, educar sigue siendo una tarea que requiere presencia, coherencia y compromiso compartido, tarea nada sencilla.
La familia no se está desintegrando en todos los casos; en muchos, simplemente se está cansando. Cansando de las exigencias económicas, de las incertidumbres sociales, de los ritmos acelerados que dejan poco espacio para detenerse a conversar, acompañar o simplemente estar. Y cuando el cansancio se instala, educar deja de ser una práctica consciente para convertirse en una actividad improvisada.
Frente a este panorama, la escuela ha comenzado a asumir funciones que antes correspondían principalmente al hogar, tales como la formación emocional, construcción de valores, acompañamiento personal. No porque las familias hayan renunciado a su papel, sino porque las condiciones actuales han modificado profundamente la manera en que éste puede ejercerse. Pero aún estamos a tiempo. Recuperar la centralidad de la familia no implica idealizar el pasado ni negar los retos del presente, sino reconocer que ninguna tecnología, ningún ingreso económico y ninguna política pública puede sustituir completamente la fuerza formativa de una presencia cercana y significativa. Educar no es sólo proveer; es escuchar, orientar, establecer límites con amor y compartir tiempo de calidad.
La reflexión no esta en preguntarnos si la familia sigue siendo la base de la sociedad, sino qué estamos dispuestos a hacer para que vuelva a sentirse como tal. Porque cuando una familia se mira, se habla y se acompaña, no sólo se fortalece a sí misma, también fortalece el futuro de su comunidad.
Porque al final del día, todo puede transformarse, menos la necesidad humana de pertenecer a una familia que acompañe, forme y sostenga.
