Me detuve en el centro de la habitación, había llegado por la mañana en el primer autobús que salió de Querétaro. Desde donde me econtraba solo podía distinguir la parte superior de las exuberantes copas de los árboles; era uno de los veranos más calurosos que se hayan registrado en la región sur de Jalisco. Eso, y las fuertes lluvias, habían contribuido a la abundante fronda de la arboleda central. Es conocido el dato climático de que en la parte sur del estado de Jalisco, las lluvias suelen ser intensas y venir acompañandas de fuertes vientos. En ocasiones alcanzan velocidades tan riesgosas que hacen tomar medidas preventivas a los pobladores de la zona.
Me encontraba en mi habitación del tercer piso del hotel Fina Inn. Frente a mí, el boulevard de la avenida José M. Morelos se prolongaba a la distancia; la guía ofrecida de forma gratuita a los esporádicos huéspedes especificaba una longitud de dos kilómetros. Demasiada presunción para un pueblo con una reputación tan malhabida —pensé—. Esa avenida es la arteria principal, desde la que se despliegan, a los lados y de forma asimétrica, las calles del pueblo de Jamay. Me acerqué a las amplias ventanas del hotel y las abrí completamente.
Coloqué, sin prisas, el contenido de mis dos maletas sobre la cama; una de ellas, la más grande, guardaba dos mudas de ropa, las necesarias para una misión del tipo que la CIA me había encomendado. No creí necesaria una muda adicional. Mi permanencia en Jamay sería breve. La otra maleta, pequeña y bastante pesada, era en realidad parte de mi equipo de trabajo. Camuflada de color negro en su parte exterior, pasaba ante cualquier mirada como un pequeño accesorio donde su portador seguramente llevaría artículos para aseo personal. Su contenido, sin embargo, era un poco más peligroso: eran las partes de mi rifle de largo alcance, con una distancia máxima de un kilómetro del objetivo de tiro. Las pruebas generales, particularmente de la mira telescópica, habían arrojado un resultado bastante satisfactorio; de veinticinco tiros hechos por expertos armadores contra un objetivo situado a novecientos metros, se habían registrado disparos con una precisión estadística promedio del 97 %. Margen que representa un porcentaje de error de 5 mm aproximadamente. Una cosa sin importancia, si se considera el tamaño de la cabeza de una persona adulta como era el caso del actual alcalde de Jamay: un tipo obeso, de cara grasienta, con fama de abusador y con la inalterable expresión inane de cualquier acomplejado subnormal. Las partes del arma estaban acomodadas y envueltas cuidadosamente, todas habían venido desmontadas durante su traslado. Pasé la tarde tirado, viendo algunas películas al azar; el servibar con sus multicolores calcomanías en la pequeña puerta me hacía guiños descaradamente: ” sé fuerte —me dije—, si ya te conoces para que le buscas ” . Por la noche salí únicamente a cenar y regresé a mi habitación. Quería tener un largo descanso.
La jornada del día siguiente sería agotadora.
Al día siguiente, antes del alba, ya estaba vestido con el cómodo y ajustado traje utilizado por los grupos tácticos de evacuación de rehenes, y que fue diseñado con especificaciones precisas para un eficaz combate urbano; me sujeté bien la mochila a la espalda, en ella llevaba las partes armables de mi rifle. Me dirigí a la calle todavía a oscuras e inicié una carrera a ¡ máxima velocidad ! de aproximadamente trescientos metros. Mis cinco sentidos pendientes del entorno ¡ La adrenalina al máximo ! Ya cerca de mi objetivo final disminuí considerabemente el ritmo y seguí a paso veloz, primero, y después a largas zancadas.
En la calle trasera del edificio, con el paso sigiloso obtenido en muchas horas de extenuante entrenamiento sobre pasto seco, ingresé al edificio trepando por los salientes de las ventanas, y me precipité rápidamente en el interior de la habitación que había sido elegida para el desarrollo de la operación. Desplegué sobre una vieja mesa, y revisé, por última vez, el plano que contenía los detalles del interior del edificio; no quería acabar atrapado en una trampa para ratas si las cosas no resultaban como fueron planeadas por el área de operaciones. Me hallaba en la ventana ubicada justo frente a la presidencia municipal.
Cuando, por exigencias de una parte específica del protocolo de entrenamiento para novatos, éramos obligados a hacer escalada en rocódromo, en ocasiones contra reloj, o en paredes sólidas — compactas, de una sola pieza—, que simulaban edificios de tres o cuatro pisos, nunca imaginamos lo útil que su práctica constante resultaría en cualquier misión por sencilla que fuera.
Saqué con cuidado las piezas de mi rifle y las fui acomodando sobre el piso en rigurosa secuencia de armado. Ensamblé las piezas y me aseguré que el aceitado que se les proporcionó permitiera una fricción de deslizamiento adecuado. Finalmente coloqué la mira y, cuidando que el sol no se reflejara en ella, la enfoqué en dirección al edificio de enfrente. Se percibían los detalles interiores con una perfecta nitidez.
El desfile había sido programado para iniciar a las 8 am. Partiría de la escuela secundaria. Basándose en la distancia que había de la escuela a mi actual posición, el GPS había calculado un recorrido de treinta minutos. No era necesaria mi atención permanente a la salida del gordo; el barullo, claramente perceptible a esa hora, me avisaría cuando se aproximaran los contingentes de estudiantes. Lo lógico era que el grasoso ya estuviera en la puerta al momento que el desfile pasara frente a la fachada del H. Ayto. El único factor que pudiera influir de forma decisiva en la operación, era la decisión que tomaría la vanidad del gordo. Podría no salir de inmediato obligándolos ha hacer un alto frente a la fachada. Son detalles nimios, pero que pueden hacer la diferencia entre el éxito o el fracaso de una operación.
Con el rifle preparado, me dispuse a esperar. Me senté en el suelo recargado en la pared y llevé un chicle a mi boca seca: un viejo ritual que siempre me daba tranquilidad antes de entrar en acción; eso y recordar la presa de mi pueblo en cuyas orillas viviría algún día, retirado y despreocupado, con mi cigarro puro y pescando truchas.
En situaciones de peligro extremo, cuando el entrenamiento grounding 5 a 1, no resulta lo suficientemente eficaz para controlar la adrenalina, el recurso psicológico siempre ayuda. En mi caso, pienso: ” en esta ocasión también tengo que sobrevivir, quiero volver al pueblo “, para posteriormente salir con decisión y rapidez, enfrentando con frialdad y certera puntería a los blancos móviles. Aparecieron ante mí, débiles imágenes de mi pueblo y de las personas queridas que en él había dejado. Tal vez alguna de ellas también me recordara, nunca se sabe —pensé.
Pasados algunos minutos —a lo lejos— escuché los lentos redobles con su aire marcial y nostálgico que siempre predisponen los ánimos para la guerra: los primeros contingentes se aproximaban.
Aguzé el oído tratando de detectar algún movimiento de los numerosos individuos que trabajaban en la seguridad del seboso. Por fin se escuchó la voz alta y enérgica de un individuo que daba instrucciones de cuadrar el área con un primer anillo. Por lo visto, el equipo de seguridad de mi objetivo se centraba en la táctica de protección a políticos y artistas: cercana y enfocada a cuidar de ataques que pudieran surgir desde las multitudes. Suele pasar, entre no profesionales, que la posibilidad de disparo de un francotirador emboscado se considere exclusiva para la eliminación de objetivos en selva o montaña. Esa es la razón del tipo de protección que brindaban al obeso: de espaldas a él y casi pegados a su mentecosa humanidad. Craso error. Ya no tendrían oportunidad de recibir un bono extra por soportar durante tanto tiempo los humores nauseabundos que seguramente despedía aquel sujeto; más su prima extra por los trajes manchados con los sesos que se desprenderían cuando volara en pedazos aquella cabeza olmeca.
Enfoqué la mirilla en el punto más lejano del cielo con la intención de reducirla poco a poco a cincuenta metros aproximadamente. Fue entonces cuando lo ví. Fue una súbita impresión que me dejó inmóvil algunos instantes…
Sobre el azul del cielo, se perfilaba con nitidez un objeto ovalado, de apariencia metálica, y que reflejaba claramente la luz del sol sobre sus contornos ¡ No era posible ! ¡ La federación galáctica de Urantia jamás se hubiera prestado a apoyar la seguridad personal del mantecas ! El prototipo del espécimen perfecto, que durante milenios habían buscado tan afanosamente por el multiverso —con la intención de replicarlo—, era todo lo contrario de aquella masa amorfa que más que caminar, se revolcaba sobre el suelo. Dudé un momento, saqué mi pequeña cantimplora y vacíe un poco de agua sobre las palmas de mis manos, tomé un trago y me remojé la cara. Dudaba. Aumentó mi frecuencia cardíaca. Supuse una alucinación. Inhalé y exhalé profundo para despejarme y me volví para enfocarlo nuevamente. No me habían mentido mis sentidos: ahí estaba, parecía inmóvil, con un casi imperceptible movimiento de vaivén…
Como proveniente de alguna región lejana, escuché una voz gangosa que me alarmó y me hizo sospechar si aquel tequila de procedencia dudosa habría salido adulterado ( había comprado un garrafón de cinco litros de los que venden a la orilla de la carretera en trescientos pesos).
Sin que fuera sugestión, empecé a percibir claros síntomas de que me estaba quedando ciego; no se porqué se me vino a las mientes La metamorfosis de kafka, en el momento que Gregor Samsa se da cuenta que se está convirtiendo en cucaracha.
Era una voz estridente, bastante vulgar y chillona, que me repetía con insistencia:
—¡ Señor, señor; servicio de despertador ! ¡ Son las once en punto, el desayuno deja de servirse a las doce, ahí le aventé su cupón ! Me desperté, y con voz susurrante y aguardientosa, maldije entre dientes a aquella infeliz inconsciente que de forma tan abrupta había truncado la naciente carrera del nuevo 007.
! Si, gracias ! —respondí.
Ya recuperado con la inusual ducha helada, y tomando en el restaurante del hotel un clamato preparado, escarchado y con una muy mona ramita de perejil, recordé que mi permanencia en Jamay obedecía a un propósito más modesto, muy lejos de ejecutar una misión individual de comando financiada por la Compañía.
Se trataba de hacer una crónica de la procesión en honor del Señor de la misericordia, patrono del pueblo, y de una breve reseña del actual estado de cosas en Jamay. Prescindí de la primera opción, puesto que la procesión se había realizado temprano, mientras yo dormía y el diablo estrujaba mi cerebro. Tal vez la procesión había sido el desfile que entre sueños escuché.
El editor en jefe me dió dos opciones: era esto, o cubrir el desfile de carros alegóricos organizado por el colectivo lgtbde con motivo del día del orgullo gay. Este evento tendria lugar el próximo domingo en Tuxpan, Jalisco. Un proyecto al que me negué rotundamente a formar parte, chillando como una rata y gritando histérico que prefería renunciar antes que caer en tal ignominia. ( No se trataba de ningún prejuicio de mi parte. Ocurría simplemente que en Tuxpan había tenido yo una novia, y no me hubiera gustado que cambiara la imagen que seguramente conservaba aún mi ).
Esa indecorosa encomienda recayó finalmente sobre el infeliz de González; fue él quien aceptó hacer ese reportaje —o mejor dicho, el que permitió que se lo impusieran, porque en ningún momento se le oyó decir que estaba de acuerdo—.
Así que ahí estaría González —supongo—, si en los días previos no le daba por buscar la puerta falsa. Parece que lo veo: sombrero norteño, lentes oscuros, sin bigote ni patillas, una rasurada perfecta; tratando de pasar desapercibido entre los gritos y porras de los asistentes, que seguramente enarbolarían banderas coloridas con motivos alusivos al evento, predominando fuertemente el color rosa y el arcoiris. González entregó su crónica el lunes siguiente de tan inolvidable experiencia y nunca más volvimos a saber de él.
Ambos reportajes, fueron por encargo de un conocido y venerable pasquín de circulación restringida al área metropolitana de Guadalajara: Zapopan, Tonalá, Tlaquepaque y Tlajomulco. El dichoso papelucho se pone a la venta de forma semiclandestina por tipos que llevan los ejemplares en bolsas cosidas en la parte interna de sus abrigos; nunca hemos sabido si es una estrategia de ventas, una muestra de pudor periodístico o simple y llanamente una forma de eludir cualquier obligación fiscal.
Decir que Jamay, Jalisco, es una población de sobrado atractivo turístico, sería faltar al más elemental respeto por la verdad y a traicionar la venerable memoria de mis mayores. Aun considerando lo que dicen algunos justificadores de todo lo habido y por haber, sobre que no hay verdades absolutas y todo es relativo —aún así—, sostengo bajo juramento, que Jamay ¡ De ninguna manera ! es un pueblo favorecido por la fortuna.
A cualquier alma ilustrada con sentido de la estética, no le pasará desapercibido el hecho de que ahí, si algo sobra, son tipos con deformidades dignas de cualquier feria orillera de pueblo.
Estudios antropológicos formales atribuyen esta extraña condición, entre otras posibilidades, a los matrimonios entre primos, descartando por completo alguna influencia de contaminación por radiación nuclear o ficciones similares. Los estudiosos del tema concluyen que la causa más probable de esas malformaciones congénitas, fue el comercio carnal con ancestros desconocidos de la región, que en ciertas correrías por Texas, debieron prestarse a experimentos secretos por parte del gobierno norteamericano, y que por razones desconocidas, a los gringos se les salió de control: a la moda. Esta última es la hipótesis más factible.
La condición genética a la que nos referimos, puede caprichosamente ser atribuida al azar o a cualquiera de las causas mencionadas; el hecho innegable es el efecto nocivo que ha provocado entre la población y que da lugar a comportamientos inaceptables en cualquier sociedad civilizada que se precie de serlo.
Grupos con ideologías radicales han considerado una posible Solución Final.
Los únicos beneficiados —si se puede hablar de beneficios en esta penosa situación—, de esas perniciosas taras, han sido los jóvenes; que con ingresos modestos o si ellos, pueden costearse con facilidad una vestimenta y algunos accesorios muy característicos de cierto sector de la sociedad mexicana.
Por otra parte, la pretendida vetusta arquitectura de Jamay no se prolonga mas allá de un par de siglos y se circunscribe a un templo, una plaza y un quiosco en el centro de la misma. El mercado ocupa la ubicación central; cuatro cuadras al norte, cuatro al sur, cuatro al este y cuatro al oeste, y ahí acaba todo.
No es grato ver a un pueblo —próspero hace apenas unas décadas— postrado en tal desolación. Hasta sus árboles se fueron consumiendo poco a poco, quedando en la actualidad solo un puñado. Los últimos magníficos ejemplares todavía resistieron un tiempo, pero al final, no pudiendo eludir su destino, dimitieron. ¡ Hoy se pueden contar con los dedos de la mano !
Los escasos matorrales de su otrora pintoresco cerro —que el tiempo se ha encargado de convertir en una sólida mole de piedra— y otros raros hierbajos que se resisten a desaparecer, son prueba contundente de que la vida se abre camino aún en las condiciones más inhóspitas.
En la parte trasera de los pesados vehículos que cruzan el centro de Jamay rumbo a la sierra, van los futuros árboles destinados a la reforestación; pequeñas y delgadas varitas que viajan en la parte trasera y que miran al pasar, de soslayo y con temor, al que pudiera resultar su hogar definitivo.
Los hombres se fueron de Jamay hace tiempo allende fronteras.
Solo un grupo de ancianos resignados rompe aquella monotonía y alegra con sus sonrisas desdentadas aquel instante de tiempo inextenso, mientras se asolean en las bancas de la solitaria plaza, haciendo desfilar uno tras otro los mismos recuerdos de aquellos años en que el pueblo florecía.
Un verdadero pueblo fantasma. Al extremo de que se ha hecho una bonita tradición el ir los domingos y días de fiesta a Comala: para ellos un verdadero banquete visual y exótico el recorrido y la estancia de toda una tarde. Los lectores del Pedro Páramo lo entenderán. Una auténtica Disneylandia. Hasta aquí mi reseña profesional, objetiva y claramente imparcial sobre Jamay.
Para terminar, unas últimas consideraciones de índole personal sobre el autor de la referida reseña.
Mi modesto concurso en la crónica política y en los relatos fantásticos ( ambos la misma cosa ), se debió, en el primer caso, a franca necesidad; y en el segundo…, también. Desde muy pequeño, gustaba de improvisar narraciones orales durante las reuniones familiares. En especial recuerdo los cuentos con los que obsequiaba a mis embelesados oyentes y que normalmente iniciaban con un siniestro y enigmático… ” ¡ Todo empezó cuando era noche, como a las diez ! “.
Durante las cenas navideñas, chanino, en aquel entonces todavía un pequeño caballero y vestido de estricta etiqueta, nos acompañaba a la mesa como un elemento más; despojado en aquellas cálidas noches de su aire particularmente maligno.
Durante la narración de mis tenebrosos cuentos, exigía a los asistentes un silencio total y no permitía intrusiones de ningún tipo, o diálogos que se cruzaran con mi relato. ¡ O me voy ! —sentenciaba.
Desconozco el destino que habrán tenido los relatos de otros niños; en mi caso la providencia fue benigna, intervino de forma generosa y corregí el rumbo a tiempo: el mundillo de las letras debe estar tranquilo, ninguno de aquellos cuentos míos se conservó para la posteridad; no privé a la humanidad de ningún tesoro y me tranquiliza saber que la historia del arte no tendrá nada que reprocharme los próximos mil años.
Cuando se ha tenido una resistencia casi patológica a escribir lo fabulado y los hados dictan que nuestro destino debe ser otro, no queda más que obedecer. Si una vez iniciado el proceso se persiste en el empeño y eventualmente se logra alguna página decorosa, esto de ninguna manera evidencia una súbita manifestación de genialidad a la que las letras universales deberán rendir eterna gratitud.
Lo único que revelaría en todo caso, es una debilidad de carácter proclive a todo tipo de adicciones, y esta sería solamente una más de larga lista.
E. R.
11/2026








