Jaime Herrera y su autobiografía, parte IV

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Vivir y convivir durante seis años con aproximadamente 700 hermanos —jóvenes, mujeres y hombres, de edades que fluctuaban entre los 6 y los 12, máximo 14 años— es de lo más grandioso que me pudo haber sucedido en esa etapa de mi vida.

Aquí no hay papá, no hay mamá ni hermanos; es un conjunto de niños, casi adolescentes, que cotidianamente desayunan, comen y cenan juntos; usan los mismos baños y el mismo comedor.

Trataré de comentar lo más sobresaliente de estos seis años que pasé en esta grandiosa institución. Les comparto un día normal:

A las 6:30 horas de cada mañana, un corneta nos despertaba con una marcha especial (le llamábamos “media vuelta”), que es la que normalmente se toca en las ceremonias cívicas.

Había tres dormitorios: el de los chicos, el mediano y el de los grandes; y del lado de las mujeres era igual. El comedor era grande: de un lado los hombres y del otro las mujeres, con mesas donde cabían perfectamente cinco de cada lado y, en la cabecera, el sargento.

La organización era muy al estilo militar. Quien ordenaba, desde la formación hasta el levantamiento de la loza, era el sargento. También se encargaba de organizar el ir y venir de las grandes cacerolas con la comida del día, así como el postre correspondiente. Los sargentos contaban con auxiliares: los cabos.

Continúo con el seguimiento del día: después de levantarse, se pasaba de inmediato al baño. No había agua caliente, pero cada dormitorio contaba con suficientes regaderas. Un sargento revisaba si estabas bien bañado; si notaba que no te habías tallado bien, te regresaba hasta que quedaras limpio.

Después, a secarte, tomar tu toalla y ponerte el uniforme. En cada dormitorio se hacía lo mismo: formación y reparto de comisiones por parte del encargado y el sargento.

Te daban un tiempo para cumplir; si no lo hacías… castigo. Podían ser tres o hasta diez “limbos”.

Las tareas incluían: tender camas con exactitud casi perfecta, barrer corredores, regar jardines, llevar la ropa a la lavandería, limpiar vidrios y ventanas, trapear pisos, lavar baños y colocar papel en cada taza.

Este último trabajo era de los más pesados: de periódicos normales se hacían cuadritos especiales y se colgaban con un gancho de alambre, procurando que fueran suficientes (no había rollos).

Terminadas las comisiones, a las 8:30, al toque de “media vuelta” del corneta, todos corríamos a formarnos en nuestro lugar, es decir, en nuestro pelotón, bajo la orden del sargento respectivo, marchando hacia nuestra mesa a desayunar.

El desayuno consistía en café con leche, una pieza de pan dulce, huevos revueltos con frijoles y, a veces, avena. Para mí siempre fue suficiente: ¡mejor que en casa, sin duda!

A las 9:30, a tu salón, dependiendo del año que cursaras. Para mí era agradable estar sentado con un libro que ahí nos proporcionaban. No había libros de texto gratuitos, pero la SEP nos enviaba materiales desde primer año con excelente contenido.

Para tercer año ya habías leído El Quijote, historia universal y matemáticas. En primero y segundo, geografía universal; en tercero y cuarto, historia de México; en quinto, principios de álgebra; y en sexto, un álgebra bastante avanzada.

Salíamos a las dos de la tarde. Había un pequeño descanso que aprovechábamos para platicar o jugar nuestros deportes o juegos preferidos: canicas, trompo, rayuela, etcétera.

Luego sonaba el toque que avisaba que era hora de comer. Lo mismo: cada quien en su pelotón, con su sargento al mando.

La comida estaba muy bien servida y, sobre todo, balanceada: sopa de fideo o caldo de pollo o de res, guisado, frijoles y agua fresca. Nada despreciable.

Al terminar, nuevamente a clases. Salíamos a las 6:30, solo para lavarnos las manos e irnos a cenar. Después, al dormitorio: una plática informal, un poco de lectura y a dormir.

Este era un día normal en nuestro querido internado.

(Continuará, parte 5).

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