
El proceso electoral del 5 de junio de 2016 en el estado de Durango,representó un hito
histórico en la vida política de la entidad, al consolidarse por primera vez la alternancia en el
Poder Ejecutivo tras más de ocho décadas de gobiernos ininterrumpidos de un mismo partido.
Antes de aquella sacudida, el mapa estatal reflejaba la etapa de mayor hegemonía y control
territorial por parte del Partido Revolucionario Institucional (PRI): de los 39 municipios,
gobernaba 32. Sin embargo, en esa jornada el escenario cambió radicalmente. El PRIretuvo 18
municipios de forma individual; la coalición PAN-PRD obtuvo 12; la alianza PRI-PVEM-PANALPD se quedó con 4; el Partido del Trabajo (PT) logró 2; Movimiento Ciudadano (MC) 2, y el
Partido Verde (PVEM) gobernó uno.
En ese rediseño de la geografía del poder, la coalición PAN-PRD arrebató al tricolorla capital
del estado con José Ramón Enríquez Herrera, y el municipio deCanatlán con Dora Elena
González Tremillo, quien capitalizó una prolongada búsqueda de ese cargo de elección
popular. Por su parte, el PAN—sin coalición— ganó 5 municipios, entre ellos el vecino Nuevo
Ideal con Miguel Ángel Quiñones Romero.
Algunos análisis sobre la caída del PRI en Canatlán tienden a reducirse únicamente a la
revisión del escenario local. Sin embargo, el resultado electoral de 2016 en Durango, y
específicamente en la tierra de las manzanas, no puede entenderse de manera aislada; estuvo
profundamente interconectado con el contexto nacional y el desgaste que arrastraba el
gobierno de la República, entonces encabezado por el presidente Enrique Peña Nieto. Aquel
domingo, Durango formó parte de una “ola de alternancia” sin precedentes en el país, donde
el PRI perdió cuatro de sus bastiones históricos: Veracruz, Quintana Roo, Tamaulipas y
Durango. El desempeño y la percepción de la administración federal influyeron de manera
directa en el ánimo de un electorado local cada vez más crítico.
Asimismo, en el análisis de fondo no puede soslayarse la crisis interna del priismo estatal. El
origen de la histórica alternancia de 2016 no se cocinó en esa campaña de dos meses, sino que
se comenzó a fraguar seis años antes, en el proceso sucesorio de 2009-2010.
La decisión del entonces gobernador Ismael Hernández Deras de impulsar a Jorge
Herrera Caldera, compañero suyo desde las aulas universitarias en la FCA de la UJED
y su colaborador más cercano, cerró el paso a José Rosas Aispuro Torres, detonando
una de las rupturas más costosas en la historia del PRI en Durango.
Dentro de la tradición del PRI, existía una regla no escrita de prelación y disciplina. Para el año
2009, Rosas Aispuro cumplía con el perfil del “candidato natural”
: había sido presidente del
Comité Directivo Estatal del partido, líder del Congreso Local y alcalde de la capital
(2001-2004), construyendo una base social propia y un fuerte arraigo territorial que tocaba
profundamente a municipios comoCanatlán. Al inclinarse la balanza a favor de un perfil más
técnico y financiero como el de Herrera Caldera, se rompió el consenso interno.
Los costos de esa decisión se pagaron de inmediato en las elecciones de 2010, dondeAispuro,
cobijado por una coalición opositora, estuvo a punto de descarrilar al priismo. Para cuando
llegó el proceso de 2016, el candidato del PRI, Esteban Villegas Villarreal, emergió
nuevamente del mismo grupo político. Para el electoradoy los propios priistas, esto ya no se
percibía como estabilidad, sino como el intento de prolongar un cacicazgo grupal que cumplía
12 años controlando la vida pública del estado.
En conclusión, la decisión de 2010 subestimó el arraigo de Rosas Aispuro. En lugar de procesar
una sucesión incluyente, se optó porla rigidez y el autoritarismodel grupo compacto. Al salir
del PRI,Aispuro se llevó consigo una parte sustancial de la base militante y el capital político
que, sumado al desgaste de las siglas a nivel federal, germinó plenamente en la alternancia
de 2016.
Estos dos antecedentes —el nacional y el estatal— deben serla base indispensable para
revisarlo ocurrido en Canatlán. La explicación de los hechos no se puede reducir, portanto, a
los supuestos méritos providenciales o deméritos fortuitos de los candidatos que en ese
entonces compitieron en lo local.
A una década de aquel histórico vuelco electoral en Canatlán, se vuelve pertinente un análisis
de los hechos locales que se conjugaron a estas circunstancias federales y estatales; de los
agravios internos y los errores de cálculo municipales que terminaron por abrirla puerta a la
entonces oposición.
De ello escribiré en la próxima entrega.