Por Nancy Parra Luna.

Una frase que puede interpretarse con bastante claridad y que de inmediato nos lleva a imaginar una división; y para que esta cobre vida, se necesitan dos partes. Hablar de división no resulta del todo negativo, puesto que la diferencia de opiniones permite y estimula el crecimiento; por lo tanto, es necesaria y benéfica. Sin embargo, la polarización como fenómeno social —actualmente común en temas políticos tanto a nivel local como nacional— va más allá de tener ideas y opiniones diferentes: se ha convertido en una estrategia efectiva para confundir, generar tensiones y confrontaciones y, de esta manera, ganar seguidores.
Quienes utilizan un lenguaje polarizante suelen recurrir a términos, expresiones y estrategias que tienden a dividir a las personas en grupos opuestos. Este lenguaje puede ir desde la atribución de características negativas al “otro” hasta la agresión verbal. Identificar la intención de quien lo utiliza resulta importante para reconocer cuándo se trata de “dividir y vencer” y cuándo el objetivo realmente es aportar para mejorar los resultados.
Muchos discursos polarizantes apelan al miedo, al enojo o al resentimiento. Cuando la población no identifica estas estrategias, puede tomar decisiones basadas más en emociones que en un análisis crítico de propuestas, resultados o necesidades reales.
La polarización suele alimentarse de noticias falsas, exageraciones o narrativas que presentan al “otro” como enemigo. Esto deteriora la confianza entre los ciudadanos y las instituciones. Además, transforma profundamente la convivencia social. En lugar de analizar los problemas del pueblo desde una perspectiva colectiva —como la falta de servicios, el desempleo, la inseguridad, la educación o la salud—, las discusiones se reducen a “estar de un lado o del otro”. Las necesidades comunes pasan a segundo plano porque la prioridad se convierte en proteger a un grupo político y desacreditar a quienes piensan diferente.
Como consecuencia, el diálogo pierde su función. Las conversaciones dejan de usarse para comprender al otro y a encontrar soluciones; se convierten en espacios de confrontación donde cada grupo busca imponer su postura o demostrar que el otro está equivocado.
Resolver los problemas de una comunidad requiere cooperación, diálogo y capacidad para ceder en algunos puntos. Sin embargo, cuando predomina una lógica polarizada, cualquier propuesta del “otro grupo” es rechazada automáticamente, aunque pudiera ser positiva para el pueblo. La decisión ya no se basa en la utilidad o el bienestar colectivo, sino en la lealtad política.
Así, la política deja de ser una herramienta para construir soluciones compartidas y se convierte en un espacio permanente de confrontación y división social.
Vale la pena tomar conciencia de que el bien común debe estar por encima de los intereses individuales y las lealtades políticas. Asimismo, es necesario establecer diálogos conscientes y respetuosos que permitan construir un mejor entorno.
Hasta la próxima!
