¿Generación de cristal o sociedad consciente?
Entre aprender a poner límites y perder la capacidad de tolerar la frustración.
“Ahora ya no se les puede decir nada” la frase se escucha con frecuencia. En una reunión familiar, en la escuela, en el trabajo y, por supuesto, en las redes sociales. A veces viene acompañada de otra todavía más contundente: “en nuestros tiempos no éramos así”. Y entonces aparece una expresión que se ha vuelto común para describir a las nuevas generaciones: “generación de cristal”.
Se les acusa de ser demasiado sensibles, de ofenderse fácilmente, de no tolerar una llamada de atención, de querer cambiar palabras, costumbres y formas de relacionarnos que durante décadas parecieron absolutamente normales. Para algunos, vivimos una época en la que debemos medir cada palabra porque prácticamente cualquier comentario puede resultar ofensivo.
Pero quizá valga la pena hacernos una pregunta diferente: ¿realmente nos estamos convirtiendo en una sociedad demasiado sensible o finalmente estamos aprendiendo a poner límites? Porque no todo aquello que durante años consideramos normal necesariamente estaba bien.
Durante generaciones se aceptaron formas de educar basadas en el miedo. Se justificaron humillaciones como métodos para formar carácter. Las burlas relacionadas con el aspecto físico eran consideradas simples bromas. El acoso escolar muchas veces se reducía a “cosas de niños”. Expresiones discriminatorias formaban parte de conversaciones cotidianas y algunas conductas de violencia dentro de las familias permanecían ocultas bajo la idea de que “los problemas de casa se resuelven en casa”.
Muchas personas crecieron así y sobrevivieron, pero sobrevivir a algo no necesariamente significa que aquello haya sido correcto. Tal vez uno de los grandes avances de nuestra época consiste precisamente en atrevernos a cuestionar aquello que durante mucho tiempo nadie cuestionó. Hoy hablamos con mayor naturalidad de respeto, dignidad, inclusión, acoso, violencia, discriminación y límites personales. Niños y jóvenes conocen derechos que generaciones anteriores difícilmente podían nombrar. Muchas personas han aprendido a decir “esto me lastima”, “no estoy de acuerdo” o simplemente “no”.
Eso no necesariamente representa fragilidad, en muchas ocasiones representa conciencia, sin embargo, también existe la otra cara de la moneda. Porque poner límites no significa construir una vida donde nada pueda incomodarnos, no toda crítica es una agresión, no toda diferencia de opinión constituye violencia, no toda llamada de atención pretende humillar, no toda frustración debe evitarse y, sobre todo, no siempre tendremos la razón.
Existe una enorme diferencia entre exigir respeto y pretender que el mundo se adapte permanentemente a nuestras emociones. La vida también exige aprender a perder, esperar, equivocarnos, recibir un “no”, escuchar opiniones contrarias, reconocer nuestros errores y asumir las consecuencias de nuestras decisiones y eso también forma el carácter quizá por ello el debate entre generaciones está mal planteado. No se trata de decidir si antes las personas eran más fuertes y ahora somos demasiado frágiles. Tampoco de afirmar que todo lo anterior estaba equivocado y las nuevas generaciones finalmente descubrieron la manera correcta de vivir, ambas posiciones simplifican demasiado una realidad mucho más compleja.
Las generaciones anteriores desarrollaron capacidades que hoy debemos reconocer: resistencia ante la adversidad, disciplina, responsabilidad, perseverancia y una extraordinaria capacidad para salir adelante aun en condiciones difíciles, pero también cargaron silencios que no deberíamos heredar. Las nuevas generaciones, por su parte, han puesto sobre la mesa conversaciones necesarias sobre dignidad, respeto, emociones, igualdad y diversidad, pero también deberán aprender que proteger la salud emocional no significa huir permanentemente de aquello que incomoda.
No todo lo que incomoda es violencia, pero tampoco todo lo que antes tolerábamos era correcto, quizá ahí se encuentre el punto de equilibrio, lo podemos observar claramente en nuestras familias. Durante mucho tiempo se creyó que ejercer autoridad significaba no ser cuestionado. Hoy muchos padres intentan dialogar más con sus hijos, explicar decisiones y escuchar sus emociones, eso representa un avance, pero escuchar a nuestros hijos no significa renunciar a educarlos.
Los niños necesitan afecto, pero también límites, necesitan ser escuchados, pero también aprender que existen reglas. Necesitan sentirse seguros para expresar lo que piensan, pero igualmente comprender que sus decisiones tienen consecuencias, algo semejante ocurre en la escuela. Afortunadamente han quedado atrás muchas prácticas donde la humillación pública podía confundirse con disciplina. El maestro puede ejercer autoridad sin lastimar la dignidad de sus estudiantes, sin embargo tampoco podemos llegar al extremo de considerar cualquier exigencia académica, corrección o consecuencia como una agresión.
Educar implica acompañar, más no se debe evadir el también exigir, y quizá la mayor contradicción aparece en las redes sociales. Nunca habíamos hablado tanto de respeto y, paradójicamente, pocas veces habíamos tenido espacios donde resultara tan sencillo insultar. Desde detrás de una pantalla juzgamos cuerpos, familias, decisiones, profesiones, ideas políticas y vidas completas de personas que muchas veces ni siquiera conocemos. Exigimos sensibilidad para nosotros mientras olvidamos practicarla con los demás. Tal vez entonces el verdadero problema no sea que nuestra sociedad se haya vuelto demasiado sensible, quizá todavía estamos aprendiendo cuándo debemos ser sensibles y cuándo necesitamos ser fuertes.
Necesitamos sensibilidad para reconocer que nuestras palabras pueden lastimar, sin embargo también se necesita fortaleza para escuchar una crítica, sensibilidad para identificar una injusticia, fortaleza para aceptar que no siempre obtendremos lo que queremos y sensibilidad para respetar las diferencias. Necesitamos fortaleza para convivir con quien piensa distinto, así como sensibilidad para poner límites. Requerimos fortaleza para asumir responsabilidades.
No necesitamos regresar a una sociedad donde soportarlo todo sea considerado una virtud, sin embargo no significa que deberíamos construir una sociedad donde cualquier incomodidad sea interpretada como una agresión.
Entre ambos extremos existe algo mucho más valioso: la madurez. Una sociedad madura no se burla de quien expresa lo que siente, pero tampoco educa personas incapaces de enfrentar la frustración. No normaliza la violencia, pero tampoco convierte el desacuerdo en violencia. No exige silencio, pero tampoco confunde libertad de expresión con derecho a lastimar.
Quizá, dentro de algunos años, descubramos que nunca existió realmente una “generación de cristal”, existieron generaciones diferentes intentando aprender unas de otras, unas tuvieron que aprender a resistir, otras están aprendiendo a poner límites, y posiblemente el reto de nuestro tiempo sea conseguir algo todavía más difícil: aprender a hacer ambas cosas sin perder la capacidad de respetarnos.
Porque una sociedad verdaderamente fuerte no es aquella donde nadie siente, es aquella donde podemos sentir, disentir, equivocarnos, poner límites, recibir críticas, cambiar de opinión y, aun así, seguir conviviendo. Esa quizá sea la sensibilidad que necesitamos, y también la fortaleza que nos hace falta.
Hasta la próxima Mirada Sustantiva.






