Emil Cioran…

spot_img

EMIL CIORAN

El universo me resulta tan indiferente como seguramente yo le resulto a él. La noticia del descubrimiento de una nueva estrella enana o de un cúmulo de nuevas galaxias me hace solo exclamar para mis adentros: ¿ Y ? Y cuando Coelho afirma que el universo conspira a tu favor, supongo que se refiere al comprador de sus libros; o quizá me equivoco e incluye a las niñas y niños de Palestina e Irán: descuartizados por misiles. Por no mencionar la interminable lista de injusticias y atrocidades que es la historia.

Sea este breve escrito un reconocimiento largo tiempo aplazado por más de una razón, y que para mi representa una forma de demostrar mi reconocimiento y gratitud a alguien que fue fundamental en el pensamiento de mi generación. Aunque previamente había publicado en rumano y en francés, no fue hasta que Fernando Savater, escritor y filósofo español, lo tradujo a nuestro idioma, cuando se dió a conocer entre nosotros. No fue el único que ejerció su influencia, pero sí de los que nos han ido revelando mundos espirituales nuevos e insospechados – siempre -, pero sobre todo en nuestra juventud: la parcela vital más apropiada para el aprovechamiento de la semilla. Y no nos referimos a exóticos mundos imaginarios de criaturas fantásticas, donde se desarrollan aventuras de toda índole, propios de la infancia, no. Sino a la producción conceptual y filosófica de hombres cuya constitución espiritual innata los hace diferentes al resto y que las circunstancias los convierten en portavoces de su tiempo y definidores de caminos. Autores que se convierten en representantes involuntarios del sentir de una gran cantidad de lectores anónimos – o potenciales – y en quienes éstos encuentran a un hermano espiritual, adquiriendo la seguridad que da el saber que no se está solo, que somos muchos aunque dispersos: como debe ser. Hombres con ideas que no hubiéramos creído posibles en escritor alguno y de quienes en algún momento sospechamos herejía, blasfemia e impiedad, negación absoluta de la vida; alguien con una enfermedad espiritual o un desorden electroquímico en el cerebro.
Estábamos equivocados: su fatalidad fue la claridad y la lucidez, la facultad de crear una fisura en el velo de Maya, el desgarramiento del velo del engaño y la ilusión.
Emil Cioran ( Rumania, 1911 – París, 1995 ) fue uno de estos hombres. Escritor y filósofo que a los 30 años abandona su natal Rumania y se establece en París. La mayor parte de su obra la escribe en francés, únicamente sus primeros libros los escribe en rumano: En las cimas de la desesperación, El libro de las quimeras, La transformación de Rumanía, De lágrimas y de santos, El ocaso del pensamiento. Fue, junto a Mircea Eliade, Eugène Ionesco y Paul Celan, los representantes intelectuales de su generación fuera de Rumania.
Obtuvo una beca del Instituto Francés para realizar un trabajo de investigación y con ese objetivo se trasladó a París. Nunca lo realizó. En su lugar se compró una bicicleta y recorrió prácticamente toda Francia pedaleando y durmiendo en estancias para estudiantes.
En su juventud, estudiante aún en Budapest, sufrió de insomnio durante varios años. Decía que se pasaba las noches en vela, leyendo o deambulando por la ciudad. Excéntrico: durante largo tiempo sólo leyó vidas de santos y a Shakespeare; su primer libro lo escribió a los 22 años. Se abstuvo del suicidio – en sus propias palabras -, por considerar esta posibilidad siempre al alcance de su mano. Algunos de sus libros son: El aciago demiurgo, Historia y utopía, Ese maldito yo, En las cimas de la desesperación, Silogismos de la amargura, Breviario de podredumbre, El ocaso del pensamiento, Ejercicios de admiración y otros textos. Accesible y recomendado para profanos, buscadores, desengañados, mentes ávidas, solitarios por desición, gentes de tres dimensiones ( indispensable ), o personas atentas a nuevas literaturas. No tanto para conservadores y gentes de buenas conciencias, célibes de profundidades, castos intelectuales o dogmáticos fundamentalistas de un solo libro.
Su estilo aforístico y el contenido inusual de sus escritos, son inaccesibles por su propia naturaleza a snobs de toda laya y tipos de sólo dos dimensiones: largo y ancho. Quizá reproduzca aquí, literal y conscientemente, algunas frases o conceptos suyos. De manera involuntaria e inconsciente seguramente citaré más de alguno, porque muchas de sus ideas y su tono son ya parte de mi acervo, aunque después de tantos años yo ya haya olvidado la fuente original. La cultura es lo que queda después de que uno lo ha olvidado todo.
Sin embargo, el texto en sí, es mi total y absoluta responsabilidad.

Cuando se tiene el acicate del demonio en el inexorable cumplimiento de un destino; cuando la misión personal se ha percibido con claridad o entrevisto en lontananza en formas difusas y dudosas; y cuando con fascinación se ha aceptado la tentadora experiencia de un destino quizá trágico, no se puede dar marcha atrás. Cuando se ha iniciado el camino hacia las altas cimas del pensamiento; con su aire puro, cortante y frío, y en soledad, nada se puede hacer, sino cumplir con el total recorrido de la senda asignada por la fuerzas misteriosas. No hay retorno posible. De las alturas no se regresa impunemente. Nunca se vuelve al hogar. En cualquier parte y entre cualquier gente siempre serás extranjero, un forastero buscador de la verdad. Tu vida gastarás buscándola y teniéndola mientras dure y de ella te nutrirás. Frente a la incomprensión y recelo ante lo que pareciera una usurpación y una impostura, muchos dudarán: ¿ no nos es este conocido?¿ No es este mi amigo, mi hermano, mi padre, mi hijo ? No sería extraña una lapidación mediática. Pero el arquetipo es autónomo y por oscuras y desconocidas razones – si es que las hay -, encarna: el espíritu sopla donde quiere y uno debe cumplir con su destino, llegar a ser quien es.

” Aprendí que en esta vida solo libera el olvido; es mucho mejor andar sin recuerdos el camino “. Necesario ha de ser el desapego y el rechazo rotundo a las propias dudas y titubeos. Necesaria también la despreocupación por las etiquetas, descripciones y encasillamientos que pudieran tratar de imponer los perfectos, los moralistas, los que nunca han pecado: pero tampoco se han atrevido. Todo eso debe desaparecer para dar paso a la lucidez y a una claridad no soportada y hasta temida por los que oscuramente presienten que todo tiene su contrario, incluso la inspiración y la benéfica luz.
Cuánta razón tenía Basílides: Abraxas es luz y sombra, el absoluto bien y el absoluto mal; y esencialmente amoral.
Job, convertido en un guiñapo humano por la conocida apuesta bíblica, resultó ser moralmente superior en aquella prueba que Dios le impuso, cuando éste todavía tenía una relación cercana con Satanás, según el viejo mito hebreo. Después, la esencia de Cristo, al declararlo el dogma, sine macula peccati, quedó amputada al arrancar su mitad oscura y dejar solo su parte luminosa: el supremo bien. En alguna parte del libro de Job, éste dice a Dios: ” había oido hablar de ti, pero no te conocía,ahora te conozco” . Job es un arquetipo, nos representa como humanidad sufriente; como hombres de penas y de dolores – y ahora, con el mercado, las finanzas y las nuevas tecnologías- , también de necesidades. Todos somos Job, revolcándonos en nuestro propio estercolero, destruidos y resignados: pero ya sin un dios a quien reclamar o al menos adjudicar la culpa, y a quien, confiados, ansiaríamos pedir una explicación; no para rechazar o cuestionar su desición, la cual aceptamos si Él, en su infinita sabiduría, nos considera merecedores de ésta; solo quisiéramos saber porqué o para qué el sufrimiento del inocente, que sentido tiene en su omnisciencia. De Dios tenemos ya, a lo sumo, solo una creencia inculcada por tradición y conservada por sentimentalismo, sostenidos por el cobarde temor a una vida sin muletas. Pobres espíritus ávidos de nuevos ídolos, siempre necesitados de alguna creencia, ideología o convicción que den un significado a nuestras vidas y llenen ese vacío constitutivo de la condición humana. Con temor y temblor, encogidos y desamparados en la noche histórica más fría y solitaria, resguardados a la entrada de un mausoleo cerrado bajo llave que no tiene grabada fecha alguna, sólo una palabra: Fe.

Con el fin de evitar un posible linchamiento mediático por parte de la muchedumbre, creo que se impone decir unas cuantas palabras – sin tono de disculpa – sobre lo anteriormente expuesto. Cuando hablamos de Dios en el ámbito de las humanidades – excepción hecha de la teología – no nos referimos al Dios creador del universo, cuya existencia es tan difícil de comprobar a los ateos como de comprobar su inexistencia a los creyentes; nos referimos a la Idea-Dios, al concepto cargado de afectos y esperanza que ha servido de bálsamo y consuelo a los hombres en todas las épocas, y que es un puro asunto de fe. De una fe muy respetable, y que si es realmente tal, será sinónimo de vitalidad, afirmación y gusto por la vida. Nunca la imagen tétrica del cadáver bien vestido que alguna anciana sienta a su mesa y con quien se consuela y conversa.

Tal vez el Hombre es algo que nunca debió haber sido. En un ejercicio imaginario, quitemos a ese bicho del mundo y veremos que todo vuelve a la normalidad paradisíaca de los inicios. El mundo, si no tuviera ninguna otra justificación de existir, por lo menos contaría con la justificación estética. Pero, ¿ El hombre ? Aún con la hipotética convicción de que la consciencia individual es la visión divina observándose a sí misma y a su creación, en el aburrimiento del bostezo infinito, de la placidez y la inalterable calma de lo eterno, aún así, su presencia resulta absolutamente prescindible. Cualquier otro mamifero podría haberlo suplido en esa función y quizá con mejores resultados. ¿ Era indispensable la aparición del homo sapiens sobre la superficie ? ¿ la inteligencia y el razonamiento con todas las consecuencias nefastas que al final ha traído ? Porque ahora existe la posibilidad real de extinción en un instante por el desequilibrio mental – o un dolor de muelas insoportable -, de algunos tipos que cuentan con los códigos nucleares. Nunca en su historia la humanidad había estado tan cerca del fin. La Naturaleza no causa daño – es amoral – no se la puede juzgar con criterios humanos; está ahí únicamente, hermosa, manifiesta, jugando; creando y destruyendo: inocente. La moral es creación humana para reprimir y controlar nuestra propia maldad, y como toda cosa humana, expuesta a fallos y errores. Nietzsche escribió: ” ahí donde ustedes ven cosas divinas, yo veo cosas humanas y, ¡ Ay ! , demasiado humanas”. Todos podríamos afirmar, parafraseando a cierto estudiante parisino, que dejó estampada esta frase en la pared de alguna avenida durante las revueltas de mayo del 68′: ” El caos soy yo “.

La fidelidad literaria y filosófica a nuestras propias fobias, obsesiones, preferencias y valores, debe ser ineludible: sin que por ello se conviertan en dogmas paralizantes; que de no tener el suficiente cuidado, podrían convertir al espíritu en una suerte de cadáver embalsamado, en una curiosidad de museo o en los restos lamentables de una frescura conceptual que ya no pudo ser. Esa fidelidad, para bien o para mal debe conservarse sin adormecimientos, siempre en vigilia para que sea soporte y fortaleza ante la posible incomprensión y duda de la masa anónima; sobre todo en la juventud, después realmente lo mismo da. Las multitudes coinciden siempre, por leyes psicológicas inexorables, en la aceptación generalizada de una forma adecuada del pensar y del vivir; el consenso popular, el acuerdo tácito y razonable sobre lo que puede y debe ser una conducta y mentalidad socialmente aceptables. Algo así como un aparato regulador social. Como un Gran Hermano. La masa siempre es la masa, el pueblo siempre es el pueblo. La historia universal es la biografía de los grandes hombres ( Carlyle ). Esa historia donde nosotros también escribimos nuestro día a día y en la que alguien nos escribe. Despreocupémonos pues, de las reacciones favorables o desfavorables, de los comentarios y etiquetas impuestos a los estallidos de nuestros sentimientos – que en sí mismos- son los invitados especiales a esta fiesta llamada vida.
El único que nunca se equivoca o se contradice es aquel que nunca intentó llegar a ser él mismo. El estático monolito emocional, espectador permanente del devenir, resguardado y protegido en una caparazón que le permite mantenerse inalterable y frío al continuo transcurrir de alegrías o tristezas, de injusticias o de loables actos; con una indiferencia de monje budista, para quien todo es imagen sin sustancia ni realidad, y que también, como todo, pasará.

Como cualquier objeto físico requiere apoyo para sostenerse, así la psique también requiere de ideas, afectos, creencias y convicciones que la mantengan sujeta a la cordura y a la normalidad. Otra postura al respecto seria cruel e inhumana: cómo pedir a una sociedad que ya tiene bastantes y muy diversos problemas y dificultades, que además sea el prototipo de superhombre Nietzscheano. Donde estos apoyos faltan, tarde o temprano el sujeto se infla de vacío existencial y se convierte en lo más parecido a un globo aerostático volando al azar, sin orden ni concierto, y que, en su momento, será calificado y clasificado por la ciencia psiquiátrica como alienado. De ahí la importancia de las raíces vitales y psicológicas en la mayoría de las personas, que requieren de un entorno de normalidad para no colapsar: la familia, la religión, la patria, los amigos, el convivio, el mensaje, el café: por supuesto. Otras formas son mera pose afectada, verdadera locura o rara excepción. De la locura, Erasmo nos legó, por cierto, una larga y divertida exposición en El elogio de la locura ( en otras traducciones: estupidez ). Hoy más que nunca es necesario tenerla presente y no confiarse.
Para el artista, el aceptar lo anterior no representa mayor problema, porque al divagar en una perspectiva metafísica, mirando las estrellas, caminando por la orilla del abismo con el peligro permanente del desbarranco psicológico definitivo, es un riesgo que asumió previa y conscientemente. Quien no guste del riesgo de volar, con el consiguiente peligro de estrellarse contra el suelo, que se agrupe con los hombres y que viva al amparo de saber que la mayoría siempre tiene la razón. Se perderá de cosas importantes, sin duda, pero estará siempre bajo la seguridad y protección ilusorias que da el estar de acuerdo con los demás: sin cultivar la duda, sin comer del fruto del árbol del bien y del mal; mucho menos del árbol de la vida.

Últimas consideraciones. Durante siglos la teología consideró al mal como algo sin sustancia ni realidad propia, como un accidente, sólo una _ privato boni_ , una ausencia de Dios, según la doctrina Agustiniana. Después de la 1a y 2a Guerra Mundial, después de la explosión de las dos bombas atómicas en las islas japonesas, de la fabricación posterior de armas más sofisticadas y potentes y de la incursión de nuevas tecnologías cuyos alcances y consecuencias desconocemos – pero presentimos – , la humanidad ha sabido que el mal es tan real y sustancial como el bien. Y que quiere vivir; o convivir: y es necesario tenerlo en cuenta.Ya no podemos caer en él. Caer no más: ni en el mal ni en el bien; caer es un lujo que la especie ya no se puede permitir; se impone la responsabilidad y la consciencia. Caer es sinónimo de inmadurez, ignorancia o infantilismo. Y desviar la vista frente al mal, con ingenuidad o inocencia; o ignorarlo y fingir que no existe, solo lo volverá más fuerte y peligroso.

E. R.
09/2026

spot_img

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here

Related articles

Comparte este artículo

spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img

últimas noticias