Por Juez Luis Mario Vargas.
En los últimos años, el incremento de los divorcios en la sociedad duranguense ha dejado de ser una tendencia silenciosa para convertirse en un fenómeno visible que se refleja tanto en las familias como en las instituciones encargadas de impartir justicia. Desde la experiencia en la judicatura familiar, es posible advertir que, más allá de las causales legales aún vigentes y sobre todo el derecho al libre desarrollo de la personalidad, que sustentan la disolución del vínculo matrimonial, se observa un factor constante: la progresiva erosión del diálogo y la paciencia en la vida conyugal.
El matrimonio, entendido como una construcción cotidiana y una institución básica de la sociedad, exige habilidades que van más allá del afecto inicial, el amor que sustentó su celebración y la costumbre o cotidaneidad. Sin embargo, en la práctica, muchas parejas enfrentan dificultades para sostener canales de comunicación efectivos. La inmediatez con la que hoy se busca resolver conflictos, aunada a dinámicas cada vez más demandantes, la prisa constante, el estrés, y demás factores de la sociedad moderna ha debilitado la disposición para escuchar, comprender y negociar. En este contexto, desacuerdos que en otro momento habrían sido superables, escalan hasta convertirse en rupturas definitivas, muchas veces precipitadas; sin poner en muchos casos, en la órbita como principal eje rector de sus decisiones, los derechos de Niñas, Niños y Adolescentes.
Particularmente en el entorno del Estado de Durango y sus municipios, donde persisten valores tradicionales vinculados a la familia, resulta paradójico observar cómo estos mismos principios coexisten con una creciente fragilidad en los vínculos. La falta de paciencia se manifiesta en la intolerancia frente a las diferencias, en la incapacidad de postergar el conflicto para abordarlo con mayor claridad, y en la ausencia de espacios reales para el entendimiento mutuo. Así, el divorcio deja de ser una medida excepcional para convertirse, en muchos casos, en la primera salida ante la crisis, y es precisamente esa situación un área de oportunidad para los Juzgadores para fomentar el diálogo, el avenimiento y la conciliación antes de acudir a la disolución propiamente, máxime en casos donde existen derechos de menores que salvaguardar.
No se trata de cuestionar el derecho legítimo de las personas a disolver un matrimonio que ya no cumple con sus fines, ya que como se ha dicho, el derecho humano al libre desarrollo de la personalidad conlleva la facultad de elección de vivir de la mejor manera posible; sino de reflexionar sobre las condiciones que llevan a ese desenlace. La labor jurisdiccional permite constatar que, en numerosos expedientes, el conflicto no surge de hechos irreparables, sino de una acumulación de desencuentros no atendidos oportunamente.
Como originario de Canatlán, y desde la responsabilidad que implica impartir justicia en materia familiar, resulta inevitable hacer un llamado a revalorar el diálogo como herramienta fundamental en la vida en pareja, a solicitar en su caso ayuda profesional en materia de psicología y terapia de la comunicación humana y optar por la conciliación previo a acudir a la vía judicial. Fomentar la paciencia no implica tolerar lo intolerable, sino aprender a gestionar las diferencias con madurez y responsabilidad. Solo así será posible fortalecer el tejido familiar y, en consecuencia, contribuir a una sociedad más estable y cohesionada.
Editor: Doy la bienvenida al Juez Luis Mario Vargas, como nuevo columnista en la plataforma digital Recorriendo. Saludos paisano.
