El dislate de la SEP y las crudas realidades puestas al descubierto
Por Maestro Javier Reyes Solís
El término dislate —un hecho o dicho disparatado y carente de razón— es, quizás, el más preciso para definir el reciente y fallido intento de la Secretaría de Educación Pública (SEP) por recortar el calendario escolar. Lo que inició como un anuncio administrativo terminó convertido en un espectáculo de ataques y contra ataques, argumentos y contra argumentos… que quedará para el anecdotario nacional, alimentando una fuente inagotable de ironías y sátiras en la opinión pública.
Sin embargo, más allá del desorden institucional, este episodio ha servido como un reflector involuntario. Al intentar mover las fechas, la autoridad educativa desnudó realidades que, aunque conocidas por todos, suelen permanecer a la sombra o en el disimulo oficial.
La primera realidad expuesta es la relación entre las familias y las escuelas. Para un sector considerable de la sociedad, la escuela ha dejado de ser percibida exclusivamente como el templo del saber para convertirse en un mecanismo de resguardo de los infantes.
En una sociedad con altas exigencias laborales, las aulas funcionan como una especie de guardería institucionalizada. Los padres de familia necesitan un “lugar seguro” donde dejar a sus hijos mientras cumplen con sus jornadas. No se trata de una crítica a la necesidad de cuidados, sino a la penosa admisión de que, en la práctica, importa más que el niño esté resguardado a que esté aprendiendo. Cuando se planteó el recorte, la preocupación no fue la pérdida de aprendizajes, sino quién cuidaría a los niños.
El dislate también puso en evidencia una falla estructural en el diseño del ciclo escolar: la desconexión total entre el calendario administrativo y el propósito educativo. Es un secreto a voces que, una vez realizadas las evaluaciones, a mediados de junio, el sentido pedagógico de ir a la escuela se desvanece.
Si la propia autoridad sugiere que se puede terminar antes porque “ya se evaluó”, está enviando un mensaje inapropiado: la educación es igual a la calificación. Bajo esta lógica, los días restantes son tiempo muerto donde los maestros solo cumplen horas y los alumnos solo asisten porque no hay a donde más ir. ¿Cómo es posible que el sistema admita que no existen propósitos pedagógicos para el cierre del ciclo? La educación debería ser un proceso continuo hasta el último timbre, no un trámite que concluye con un número en la boleta de calificaciones.
Lo más paradójico de este escenario es que estas realidades fueron “desnudadas” precisamente por quien es responsable de combatirlas. Fue la propia autoridad educativa la que, con su indecisión, validó la idea de que después de las evaluaciones “ya no hay nada que hacer”.
La SEP tiene la responsabilidad de dotar de sentido pedagógico a cada día del calendario que ella misma diseña. El dislate administrativo pasará, pero las crudas realidades que salieron a la luz se quedan, recordándonos que en el sistema educativo mexicano urge algo más que simples ajustes de fechas.
