Por Mario A. Saucedo de la Rosa
Cuando una buena causa logra reunirnos.

Vivimos tiempos en los que pareciera que casi todo termina convertido en confrontación. Las redes sociales, la política y hasta las conversaciones cotidianas suelen dividirnos entre quienes piensan de una manera y quienes piensan de otra. A veces da la impresión de que las diferencias pesan más que aquello que compartimos. Sin embargo, de vez en cuando ocurren experiencias que nos recuerdan una verdad mucho más profunda: cuando la causa es ayudar, la sociedad sabe encontrarse.
Hace unos días, desde el Comité Municipal del PRI en Santiago Papasquiaro tuvimos la oportunidad de impulsar una iniciativa muy sencilla en su origen, pero enorme en su significado: un programa de apadrinamiento para entregar zapatos escolares a niñas y niños de nuestra comunidad. La meta nunca fue hablar de colores, partidos o protagonismos; la meta era mucho más humana, que algunos pequeños pudieran recibir un par de zapatos nuevos gracias a la generosidad de quienes decidieron sumarse.

El resultado fue profundamente alentador, setenta y cuatro niñas y niños recibieron un par de zapatos. Detrás de esa cifra no hay solamente una estadística; hay 74 historias, 74 sonrisas y, sobre todo, decenas de personas que entendieron que ayudar también es una forma de construir comunidad.
Lo más valioso de esta experiencia fue precisamente quiénes participaron. Se sumaron ciudadanos de la sociedad civil, empresarios, comerciantes, funcionarios del Gobierno del Estado, amigas y amigos, sectores y organizaciones del PRI municipal, así como integrantes del propio Comité Municipal. Personas con trayectorias, profesiones y responsabilidades distintas coincidieron en un mismo propósito sin preguntar quién pensaba igual o quién pertenecía a determinado grupo. Y quizá ahí radica una de las reflexiones más importantes.
Con frecuencia exigimos unidad únicamente en los discursos. Hablamos de trabajar juntos, de dejar atrás las diferencias y de poner por delante el bienestar colectivo; pero la verdadera unidad no se demuestra en un mensaje, sino en la disposición de aportar cuando alguien necesita ayuda. La unidad se vuelve auténtica cuando deja de buscar aplausos y comienza a producir resultados.
Un par de zapatos puede parecer un objeto cotidiano. Para muchos de nosotros lo es. Pero también representa algo simbólico: caminar con mayor seguridad, asistir a la escuela con un calzado digno, jugar, correr y comenzar un nuevo ciclo con un poco más de confianza. No resolverá todos los desafíos que enfrentan nuestras familias, por supuesto; ninguna acción aislada tiene esa capacidad. Pero sí puede convertirse en un gesto que le recuerde a una niña o a un niño que existen personas dispuestas a tender la mano.
También vale la pena reconocer algo que pocas veces se dice: las buenas causas tienen la capacidad de romper las fronteras que nosotros mismos construimos. En una sociedad tan acostumbrada a la grilla, al señalamiento y a la confrontación permanente, resulta esperanzador comprobar que todavía hay ciudadanos dispuestos a colaborar sin convertir cada acto solidario en una disputa ideológica.
Eso no significa ignorar las diferencias. Las diferencias existen y son parte natural de una sociedad democrática. Lo importante es comprender que no todo debe girar alrededor de ellas. Hay terrenos donde la competencia debe dar paso a la cooperación; donde el interés común merece ocupar el centro de la conversación.
Santiago Papasquiaro necesita muchas cosas: mejores oportunidades, educación de calidad, desarrollo económico, espacios seguros y políticas públicas eficaces. Pero también necesita fortalecer algo menos visible y quizá igual de importante: el tejido social. Ese entramado de confianza que se construye cuando vecinos, organizaciones, instituciones y ciudadanos descubren que pueden colaborar para resolver pequeñas necesidades que producen grandes impactos humanos.
La experiencia del apadrinamiento dejó una enseñanza que trasciende al comité que la promovió. Ninguna organización, por sí sola, habría conseguido el mismo resultado sin la participación de tantas personas generosas. El mérito verdadero pertenece a una comunidad que respondió positivamente al llamado y decidió convertir la solidaridad en acciones concretas. Ojalá aprendamos a multiplicar este tipo de encuentros.

Que empresarios sigan colaborando con causas sociales; que comerciantes encuentren maneras de devolver un poco a la comunidad que les da vida; que servidores públicos participen también desde su vocación ciudadana; que las organizaciones civiles y políticas comprendan que servir puede unir mucho más de lo que divide. Porque al final, una comunidad no se define únicamente por sus debates, sino también por su capacidad de acompañar a quienes más lo necesitan.
Los 74 pares de zapatos entregados seguramente terminarán desgastándose con el tiempo. Así ocurre con todo objeto material. Pero sería extraordinario que permaneciera algo mucho más duradero “la convicción de que cuando una buena causa nos llama, somos capaces de dejar a un lado las diferencias para caminar en la misma dirección”.
Y quizá esa sea una de las formas más nobles de hacer ciudadanía: entender que antes que cualquier grilla, cualquier confrontación o cualquier interés particular, siempre estará la posibilidad de hacer el bien juntos.








