CONSIDERACIÓN INTEMPESTIVA IV
Leer es resistir. Resistir al mesías cibernético, a la impaciencia, a la velocidad cotidiana, al vértigo suicida, a la prontitud neurótica, a la satisfacción rápida de información, al cultivo de las prisas, al aséptico espíritu de paredes blancas, a la muerte del alma, a tener que ir a buscar el corazón a la morgue de la homologación y la normalidad; a la rapidez del relato: ¿ y que más, que más, y luego que pasó, en qué termina ? ¡ ya, dime ya el final !, cuál película Hollywoodense.
Es cultivar la paciencia; necesaria para platicar horas con los hijos, para regar sus flores, para leer un libro de quinientas páginas sin prisa, disfrutándolo, sabiendo que se tiene todo el tiempo para hacerlo.
La lectura, nos centra. Nos reúne con nosotros mismos. Junta nuestros fragmentos, nuestra dispersión. Independientemente de proporcionarnos algunas habilidades que resultan útiles: capacidad de comprensión, de concentración, de análisis, de argumentación, conocimientos generales de hechos históricos, científicos, culturales: para si alguien nos platica, saber por lo menos de qué nos están hablando.
Se lee en una disposición anímica apropiada, y si no se tiene ésta y se anda un poco disperso – pero se insiste -, la lectura lo centrará; es buena, es generosa; como la oración, como la meditación. Evidentemente hay otras formas de lograr este estado: desde técnicas orientales de meditación y respiración, hasta el uso de fármacos o de ciertas plantas sagradas. Pero aquí nos referimos a algo que está al alcance de nuestra mano; llévese el equivalente a dos tazas de café en un termo y pásese una mañana o tarde en la biblioteca, si prefiere leer en físico; tendrá usted en sus manos un objeto que es derivado de un ser vivo; si claro, del autor, pero también de un árbol. En el peor de los casos, por el precio prohibitivo del libro físico, lea en su dispositivo electrónico, pues ya qué.
Leer es interpretar, hacer consciente, evaluar, decifrar. Se leen textos, rasgos, reacciones, el posible clima, un cuerpo, el tarot, el café, las runas.
Dentro de la terapia psicológica se tiene una vertiente: la biblioterapia; donde confluyen terapia y lectura.
Siendo una imposibilidad vivir todas las vidas y experimentar todas las emociones, tenemos la posibilidad al alcance de la mano – con intrínsecas limitantes – de viajar, aprender, vivenciar y enriquecernos interiormente. Esa es la función vital de la literatura. Se puede leer sólo para divertirse o para ” saber “, pero básicamente se lee para vivir ( G. flaubert ).
Quien tiene la oportunidad, por la naturaleza de su oficio o profesión, de interactuar con una diversidad de caracteres y tipos humanos, cuenta con la contribución voluntaria o involuntaria de experiencias que esos individuos pueden darle.
El psicoterapeuta, que a diario recibe personas con una serie de distintos conflictos, se ve enfrentado a otras realidades y situaciones vitales que no son las suyas. Cada paciente que entrevista o trata es una historia que deberá saber interpretar: y esto le dará el conocimiento de nuevas experiencias, que en su profesión sabrá utilizar y que lo harán una persona más madura y conocedora.
En el caso del literato, cada texto que lea o del cual haga un estudio crítico, será una puerta que le brindará las mismas posibilidades de adentrarse en otras experiencias – y que al igual que al psicoterapeuta, lo enriquecerán interiormente -. La diferencia es que para el literato su material de trabajo o recreación es prácticamente infinito. Nunca alcanzará a leer todo lo que hubiese querido. Basta con entrar en una librería bien surtida para constatarlo. Pero los libros son como los amigos, uno se queda exactamente con los que le tocaban.
Quien haya tenido el hábito lector, sabrá, sin duda, que si ha suspendido por algún tiempo este hábito – años tal vez – y lo retoma con un libro que lo mantenga interesado y lo emocione, no se arrepiente de los años que pasó sin leer, simplemente se dedica a disfrutar su lectura ¿ Porqué ? La razón es simple. Porque para nuestro cerebro en el día a día, estamos realizando el mecanismo básico de leer e interpretar, solo que de manera mecánica e inconsciente – para que no vaya a decir: entonces para qué leo – : estamos interpretando símbolos. El mundo es un símbolo o múltiples símbolos, como se lo quiera ver.
La literatura es realidad hecha palabra – escrita o hablada- : en un principio, historia contada, tradición oral: mitos, leyendas, cuentos. Palabra escrita desde hace 5000 años aproximadamente; La epopeya de Gilgamesh es el primer documento literario escrito que se tiene: en escritura cuneiforme sumeria.
Leer o escuchar la frase: ” la nube sobre la montaña “, produce en nuestro espíritu la misma imagen.
El viejo curandero de la tribu contaba a los pobladores reunidos en las noches, en torno al fuego, viejos cuentos y leyendas, que él a su vez había escuchado de sus mayores. Una práctica común era que el brujo o hechizero de la tribu contara sus sueños, y de esa forma, curaba algunos padecimientos psicológicos que la población atribuía a espíritus malignos, o cosas similares.
La vida se vive a través de experiencias – cosa sabida, desde luego – y una de éstas experiencias puede ser la lectura. A la vida no se la interpreta ni se la conoce racionalmente, por más explicaciones y definiciones que se intenten sobre ella. 2500 años de filosofía occidental lo demuestran. Y es que, para que se dé el acto de conocer, son necesarios dos elementos: un objeto y un sujeto cognoscente. No podemos separarnos de nuestra vida para hacerla objeto, y de este modo, susceptible de conocimiento y definiciones absolutas de nuestra parte. Es la misma situación del pez, no podría conocer el mar – si pudiera desearlo – porque él forma parte del mar; en cierto modo, él es el mar.
Hay dos tipos de trayectos, el horizontal y el vertical: el primero es un desplazamiento en el espacio que realizan los turistas y viajeros; el segundo, un viaje interior y subjetivo de ascenso y descenso: hacia los más elevados pensamientos y sentimientos o hasta las angustias y temores que reptan en lo más bajo de nuestro mundo emotivo. En el primero se puede llevar un libro, en el segundo se necesita un libro.
La lectura nos proporciona la posibilidad del viaje anímico y mágico ayudados por nuestra capacidad de imaginación. Una capacidad de la cual están privados los animales y alguno que otro espécimen humano, que si no está limitado totalmente, cuenta con una muy pequeña porción de ésta. La imaginación da, a través de la lectura, la posibilidad de salir de la cárcel del Yo y su circunstancia ( Ortega y Gasset ), e incursionar en los motivos y las vidas del resto de tipos humanos, y de las ocupaciones o roles que en la variedad infinita de personajes literarios, encuentra. Puede ser sacerdote, villano, héroe, profesor, vikingo, gladiador en Roma, discípulo de platón, colonizador de nuevos planetas. Puede ser el mundo todo. Y después, al regresar a sí mismo se dará cuenta que algo ha cambiado, que ya es más vitalmente, más ser humano: más rico interiormente; con esa riqueza que no se termina y que se llevará a donde quiera que vaya y hasta el día en que deje de ser…y quizá más allá, ¿ porqué no ? Contribuirá quizá con su riqueza individual al cofre del tesoro reunido por todos los seres vivos que también pasaron por aquí: el inconsciente colectivo.
Se ha llegado a considerar que el literario tiene, al menos, igual conocimiento de la naturaleza humana que un psicólogo, porque mantiene contacto a través de los libros con un mayor número de personalidades y situaciones. El psicólogo también, pero con un número más reducido de opciones. Mientras el psicólogo se las tiene que arreglar con la problemática o enredos emocionales de sus pacientes, el lector de una novela lo deberá hacer con las vicisitudes de muchos personajes. El paciente clínico proporciona la información necesaria de su vida, con palabras básicamente – algunas veces por escrito, si esto es conveniente al tratamiento -, los personajes de una novela lo hacen a través de la pluma del escritor. Ambas formas no difieren sustancialmente.
Alguien de sólo dos dimensiones, superficial, podrá aducir: Si, pero una cosa es la vida real y otra la ” ficción “. Y aunque con esa proposición reclame que sus espaldas merecen ser azotadas, no hay porqué castigarlo; con su pobreza existencial limitada y miope, tiene suficiente. No hay que molestarse con él, simplemente no ha entendido que la realidad cotidiana que vive es también imagen y apariencia ( Voluntad y Representación, en palabras de Schopenhauer ); y que lo que él llama ” realidad ” o ” ser “, es el producto de un proceso en el cuál también él participa: la interacción entre los campos de la lattice y los campos neuronales de su pequeño cerebro. Deberemos recomendarle el estudio de la obra del Dr. Jacobo Grinberg, no toda, desde luego, sólo que lea La teoría sintérgica. El Dr. Grinberg fue un gran científico, orgullosamente mexicano, por cierto.
No se puede llevar a alguien por la fuerza a una fiesta, ni obligarlo a ser feliz de una forma que le resulte impuesta. Nuestra obligación moral es invitarlo.
Y para no caer en extremos anacrónicos de viejos apocalípticos para quienes todo tiempo pasado fue mejor, si la IA le da la posibilidad de escuchar el texto, hágalo; esta tecnología también ha sido, en su largo trayecto, fruto del intelecto. En medio de la rapidez de la vida actual se pude y debe utilizar ¿ Porque no ? No olvidemos que una limitante como la ceguera no impidió que se leyera en Braille. Esa tecnología es algo con lo que tendremos que aprender a coexistir; esto ya no tiene vuelta atrás. Recordemos los inicios del uso de la energía atómica. De las consecuencias, usos y normatividad, que se hagan cargo los filósofos, los científicos y los sociológos, o aquellas otras diciplinas que pueden aportan ideas benéficas al control y buen uso de la misma.
E. R.
09/2026

