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ANDRÉ MEUNIER

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Conocí a André Meunier en ocación de la reapertura del departamento de antigüedades egipcias del museo del Louvre, que por raparaciones a la estructura había estado cerrado algunas semanas al público. Fuimos presentados por un amigo común: Carlo M. André fungía en ese tiempo como restaurador y conferencista sobre arte clásico grecolatino.
Hicimos buena amistad y con el tiempo fui conociendo más a aquel hombre excepcional y erudito que tantas generaciones de artistas y teóricos del arte había formado con los años. Sus estudios posteriores en el ámbito crítico-literario y los viajes que con ese propósito efectuaba, incrementaron cualitativamente su acervo cultural. Regresé a mi país y durante algunos años no tuve más contacto con André que alguna llamada con motivo de las fiestas navideñas o de algún cumpleaños. Este año, sin embargo, aprovechando mi jubilación decidí visitar nuevamente la ciudad que me confirmó que el arte puede nacer a la vuelta de cualquier esquina. La hermosa ciudad de París.

Durante días recorrí los cafés y tertulias donde en otro tiempo se reunían André y un reducido grupo de amigos. No perdía la ilusión de reencontrarme con el viejo amigo y validar lo que el tiempo había hecho de nosotros. Los días transcurrían en una búsqueda infructuosa. Decidí visitar a Carlo M., él seguramente conocería el paradero de André. Recibí la noticia con una gran tristeza. André había muerto tres meses atrás por complicaciones respiratorias debido a su hábito de fumar. Me informó que sus cenizas habían sido entregadas a su familiares, quienes por distintos motivos, no habían podido asistir en su totalidad a los oficios religiosos. Antes de morir, dejó establecida su voluntad sobre sus modestos bienes y ahorros. Sus libros fueron donados a pequeñas bibliotecas y algunos ejemplares se distribuyeron entre sus familiares. Su grupo más cercano, por su parte, decidió poner por escrito sus propios recuerdos del amigo; no permitirían que su recuerdo se eclipsara. No sería definitivamente una biografía, a lo cual, estaban seguros, André se hubiera negado rotundamente. Decidieron reunir entonces, en un texto, sus propios recuerdos de André: sus palabras, costumbres, opiniones, actitudes y anécdotas; apoyados por los diarios y las notas del maestro guardados en su gabinete de trabajo. La única condición ética que se impusieron mutuamente, fue que lo escrito coincidiera fielmente con los recuerdos, con los hechos y con las propias notas y diarios de André. Se pretendía que en un futuro, reunidos los recursos económicos necesarios, se editaran sus diarios y se publicaran con una nota póstuma aclaratoria; regresé a mi país, y seis meses después, recibí, a través de paquetería, debidamente protegido y empaquetado, un ejemplar del texto escrito de modo grupal, afectuosamente dedicado. Una nota anexa acotaba: ” te debemos aún la impresión de los diarios “.

Este es el relato que me fue enviado ya impreso y que ahora pongo a la disposición del lector. Son fragmentos de una vida que aunque nutrida de conocimientos, experiencias y cultura, es como tantas otras. Que no se tengan expectativas de grandes revelaciones.

Alcance a divisar a André desde la banqueta de la Rue Ravignan, frente al café Chez Adel. Entró con la lentitud y precaución que sus setenta y dos años venían exigiéndole hacía tiempo, su artritis se agudizaba con este clima. Saludó a los parroquianos con un movimiento vago de la mano, sin parar en distingos innecesarios ni en pausas preferenciales que pudieran resultar ofensivas a los demás, no podría nunca tener ese comportamiento, tenía en alta estima la amistad. Se sacó el pesado abrigo con ayuda del camarero, quien lo colocó en el perchero destinado a los clientes. Ocupó una de las acostumbradas mesas de la parte del fondo que da al área de juegos de ajedrez y dominó. El camarero, sabedor como era desde muchos años atrás de sus hábitos y preferencias, le arrimó el acostumbrado vaso con agua, un cenicero, y un café cargado muy caliente y sin azúcar. Estaba solo, como con frecuencia prefería y que ya era una vieja costumbre tolerada por los amigos. Ellos sabían que no era un rechazo ni un mal gesto de su parte, sabían que era una necesidad vital en él, algo inherente a su creatividad, orgánico e indispensable. Sus constantes ausencias tenían mucho de esto; el perderse en ciudades desconocidas, vivir temporadas cortas en algún barrio pintoresco o visitar algunos días a alguna familia que formó parte de su vida juvenil. Contrariamente a lo que pudiera pensar algún espectador despistado en base a su fisionomía y modales, tenía muchos y muy buenos amigos, aunque su grupo más cercano se componía de seis o siete elementos. André ya no se perdía en consideraciones teóricas ni recurriendo a sabidurías prestadas sobre la amistad, el amor, la libertad y todas esas sutilezas filosóficas, ignorando así, sesudos tratados de Séneca, Cicerón o Aristóteles. Ya no eran esos temas objeto de sus reflexiones, ni batallas que creyera que todavía le tocara librar. Para André, la amistad, como tantas otras cosas ya, era algo muy simple y sin complicaciones: sabía que un amigo es alguien con quien se puede contar; como apoyo y aliento en las luchas emprendidas o como disuasor eficaz si dicho amigo consideraba que algún emprendimiento o solución, no eran lo más indicado. Él por su parte, sabía lo difícil que resulta pedir un favor, por eso, cuando alguien se lo solicitaba, hacia todo lo posible por ayudar o canalizaba al interesado con algún conocido que pudiese apoyar. Los puntos de vista divergentes que sus amigos le mostraban, así como sus criterios discrepantes sobre los temas conversados, siempre los tenía en alta estima. Buen lector de filosofía, consideraba seriamente el análisis de las situaciones que otras mentes pudieran brindarle.

André era de constitución robusta, recuerdo de sus tiempos de deportista, algo cargado de hombros como era su padre y con quien siempre compartió una comprensión de la sociedad y un humor muy similares. Siempre guardó un recuerdo cariñoso de su viejo, en especial de su carácter jovial y amistoso; éste, algunas veces lo regañó y siempre lo aconsejaba, con el alcance y profundidad propios de una persona que en su juventud hizo estudios medios y que era de una natural perspicacia. André ya no recordaba la única ocasión en que fue estrictamente correctivo; su madre, en alguna plática, se lo había recordado: de pequeño, a la edad de 5 o 6 años, recibió de su padre unos cuantos fustigazos con una delgada varita arrancada de un árbol, por no querer asistir a la escuela; los latigazos resultaron de gran utilidad, porque el gusto que tomó en lo sucesivo por la asistencia a clases y por el estudio, fue notorio. Tanto, que al finalizar la primaria ya se había hecho acreedor a dos diplomas, y a ocupar el puesto de comandante de la escolta por sus altas calificaciones.

Esa tarde en el café, como de costumbre, se hallaba fumando su cigarro y acompañado del infaltable libro, sus inseparables camaradas y confidentes; si nadie lo conocía en profundidad y por completo, posiblemente sus libros, sí. Sin embargo, nunca se sintió solo, recordaba gente, pero muy pocas veces extrañó verdaderamente a alguien. Conocía el dicho de Goethe: ” los espíritus grandes nunca están solos “; cuando pasaba muchos dias sin alternar prácticamente con nadie, por el oficio que desempeñó durante muchos años en el ámbito de la restauración, se sentía lleno de ser y existencia, y muchas veces, hasta con una extraña sensación de amparo y resguardo; con un cierto tipo de seguridad metafísica. Echaba de menos, sí, a sus mascotas, sus queridos amigos que ya habían partido: chanino, un perrito frágil y gracioso al que cuidó con amor hasta el final, en pago agradecido por los momentos felices; era un pequeño chihuahua, valiente y aguerrido como un león, capaz de enfrentar a cualquier otro perro de raza más grande, y al que recordaba familiarmente con los versos de algún cantante de origen argentino o español: ” era callejero por derecho propio, su filosofía de la libertad, fue ganar la suya sin atar a otros, y sobre los otros no pasar jamás “. Tuvo también a Peggy, un bonito cotorrito parlanchín; a hitler, un hermoso gato amarillo que vivió la vida loca y murió heroicamente, a su manera, y a quien mucho lloró su partida. Estuvo también con él, toby – de destino errante, un vagabundo sin convicción -, botija, sansoncito, y otros más.

Se supo homme de lettres desde muy joven y aceptó con resignación y sin muchas reticencias su sino. Ésta tarde de otoño, con su viento fresco después de una breve lluvia, invitaba a entrar al lugar, tomar alguna bebida caliente, reposar los pies de las largas caminatas que acostumbraba realizar y, ahí, esperar la noche para retornar a sus habitaciónes donde ningún vivo lo esperaba, solo las voces de sus hermanos y maestros en el tiempo, que lo rodeaban y lo saludaban afectuosamente desde los libreros. Decía con un humor entre irónico y desolado: alguna vez casi tuve, pero fue casi nomás. Subió los escalones que lo conducian a su apartamento del tercer piso, apoyó un momento contra la pesada puerta su portafolio lleno de libros y papeles, y abrió. Tenía ganas de leer, algo para ayudar al sueño. Se preparó un té de limón, tomó al azar un libro del mueble más próximo y se arrellanó en el cómodo sofá. El librito resultó ser una antología de Rubén Darío. Aprovechó esa casualidad para buscar en el índice uno de sus poemas preferidos de ese autor: A Margarita Debayle. Leyó en silencio la mayor parte del poema, y por antigua costumbre, en voz alta los últimos versos:
/Ya que lejos de mi vas a estar/ guarda/niña/ un gentil pensamiento para el que un día te quiso contar un cuento/. Un cuento: el cuento de la vida, de la historia y de un pasado que todo padre quiere contar a sus hijos.

Las necesidades mas apremiantes de André, ahora, se reducían a cosas muy sencillas: procurarse siempre un café caliente sobre su mesa, rellenar su pipa de vez en cuando y seguir escribiendo de la manera acostumbrada. O si tenía algún pendiente de su trabajo actual, como analista crítico de textos, procuraba adelantarlo un poco mientras tomaba, a pequeños sorbos, su café turco. Sólo eso. Ajeno por voluntad propia a toda costumbre o convencionalismo social, autoexiliado de la industria de la moda, afirmaba que más que vestirse, el únicamente se cubría. Decía: ” me ven de poncho y de ushutas, muchos se burlan de mi, por fuera nada parezco, por dentro tal vez que si “. Su pasión siempre fue la lectura – entre otras cosas -, un pasatiempo que preocupó durante algún tiempo incluso a su madre , hasta que se convenció, o los médicos la convencieron, de que de ninguna manera era algo perjudicial al muchacho, al contrario; quizá este pasatiempo lo despertaría del apático letargo adolescente. André se resistió siempre a escribir; por J. L. Borges sabía que leer es una actividad más civilizada. Sin embargo, en sus mocedades, hizo pequeños intentos con dispares resultados que lo confirmaron en su incapacidad, llegó incluso a pedir ayuda a un personaje de la vanguardia pictórica de la época, el pintor J. J. Ávila, alias J. Kraeppellin, quien tuvo la genial ocurrencia, seguramente bajo el efecto de los psicodélicos, de aconsejarle que intentara escribir de derecha a inquierda, resultando más confuso el proceso y poniendo fin a esa efímera aventura literaria. Un día, llegó a considerar seriamente el asunto por petición de sus hijas: noche azul y de tan azul casi negra, poblada de brillantes estrellas en el manto de la Virgen, tardes en el mar, sol de mayo, unicornios fabulosos y chispas brincando sobre el arcoiris, danza colorida y alegre de Zaratustra. La justificación de André para esta negativa por largo tiempo sostenida, era que grandes hombres, que en su opinión realmente tuvieron cosas importantes y novedosas que decir, nunca escribieron nada, y que él, por su parte, no tenía nada nuevo que agregar; que lo que sabía, lo había abrevado en fuentes que estaban aún a la disposición de los demás, mayormente en estos tiempos de grandes avances tecnológicos; avances que él, por su parte, no frecuentaba demasiado e incluso evitaba en lo posible. Esta, que fue su actitud permanente durante tantos años, por circunstancias del destino cambió radicalmente un día. Durante una charla informal con jóvenes bachilleres, percibió su desconocimiento en temas que para él siempre habían resultado familiares, fundamentales y de gran interés; tuvo, por breves segundos -como una epifanía- , el convencimiento absoluto de que él ya era también una fuente, donde algunos podrían abrevar si así lo deseaban. Fue así que sin desearlo, sin saberlo ni advertirlo, se encontró inmerso en una actividad a la que jamás pensó dedicarse: escribir. Conocía algunas literaturas: Borges, Sábato, Saramago y otros – llegó incluso a leer completo El impostor, novela voluminosa y de gran profundidad filosófica y poética que marcó un antes y un después en sus recuerdos -. Conocer la obra de los grandes autores fue motivo suficiente para mantenerlo fijo al suelo y asumir con franco pudor el lugar que le correspondía. De tal manera que aún años después, el hecho de que alguien le adjudicara el mote de escritor, lo hacía sonrojarse- ya imperceptiblemente por suerte – con un autocontrol adquirido después de muchos intentos.

Desde entonces experimentó una – hasta entonces eludida – responsabilidad moral y una profunda solidaridad con los demás, sintió que en su fondo más íntimo vivía una generosidad eclipsada, quizá por una concepción mal entendida de sí mismo; experimentó también el desapego al conocimiento y la necesidad de compartirlo en lo sucesivo. Una acción inicial impulsada por ese afán fue el empezar a regalar libros con el menor pretexto, algo que hacia sonreir a los que conocían su cuidado por sus libros y el reparo que oponía a prestarlos. Monito le había asegurado que él era un ” lector filántropo “. Analizando su vida en retrospectiva, se dió cuenta que tal vez para la pregunta que lo acosaba en su juventud ¿ porqué leo tanto, porqué esta necesidad ?, ésa era la respuesta; simple, natural y sin pretensiones: porque un día serás fuente; fuente sencilla de piedras de montaña, no fuente de mármol blanco. Transcurridos los años, cumplidas las exigencias sociales, vividas las experiencias del común de los hombres en sus diversos afanes, y habiendo aprendido algo adicional quizá, ya no se permitía la venda sobre los ojos, hacía tiempo la había arrancando y había procurado ver el mundo tal cual era. Conoció el intento del daño, de la traición, de la incomprensión y la estupidez de que son capaces los seres humanos, pero el conocía el juego, sabía de lo que se trataba, y nunca fue ” ni muerto, ni herido, ni vencido “, como decía en alguna de sus partes la bendición que siempre le impartió su madre: y de ese trago amargo nunca bebió su corazón. Tomó conscencia del peligro que entraña buscar la perfección moral, no dentro de uno mismo, en su torrente vital, sino en textos polvorientos de letra muerta que permiten vivir en el confortable y satisfactorio engaño. Pero sabía y comprendía muy bien la debilidad de los hombres y también que cada cuál es feliz con la mentira que más le gusta y que con ella vive y se consuela; ese convencimiento le permitía soportarlos en cierta medida; tampoco le era desconocido el incontrovertible hecho de que en ausencia de verdades absolutas, sólo existen las verdades personales, las verdades psicológicas; y si comprender no es perdonar, sí es, por lo menos, tolerar con la distancia necesaria. Conoció también la nobleza y el apoyo desinteresado que siempre agradeció con un abrazo, en silencio, sabiendo que externarlo con alboroto festivo restaba significación al hecho.

Nunca se consideró una oveja negra, pero si reconoció como propios algunos rasgos de El lobo estepario, libro de H. Hesse y que André leyó durante su bachillerato por indicación de su maestro de literatura. Un personaje del que decía, con cierta sorna, que con el tiempo se había convertido en algo parecido. Pese a ser a veces huraño en familia y quizá con razón merecedor de rechazo, nunca dudó del amor de sus hermanos. Recordó siempre una vez que puso a hervir una lata de leche para que se quemara y así comerla como postre; su hermana, que vió el agua hirviendo, con una cuchara trató de dar vuelta a la lata para que el contenido se quemara de manera uniforme, y en ese momento, por la presión, la lata estalló y le quemó la cara. Fue grande el susto y el sobresalto, su hermana pedía a Dios mientras a él se le estrujaba el corazón. No recordó nunca como llegaron al hospital, pero le dieron atención inmediata y un tratamiento a sus quemaduras. Siempre, aún ya de viejo, agradeció en su corazón a su hermana y recordaba ese incidente con triste ternura; en la entrada de su diario del 26 de febrero, escribió: ” tan protectora y afectuosa mi hermana, yo no le pedí que se acercara a la estufa, ella solo por andarme ayudando; siempre fue una buena hermana, luchadora y noble, como lo fue nuestra madre. Tengo una imagen graciosa y tierna de ella en mi recuerdo, sacando con largos dedos flaquillos de araña, unas monedillas de su pequeño monedero “.

Como cualquier ciudad grande del mundo, París no está exenta del egoísmo y la desconfianza de los habitantes de las grandes urbes. André no se permitía, ni a sí mismo ni a los demás, la menor degradación a persona alguna, ciudadano o no. Impartía de forma gratuita unas horas semanales de clases de francés a un grupo de imigrantes. Que aprendieran el idioma era importante para él. Estaba convencido que él mismo era estudiante aún y siempre lo sería, y que si algún día dejaba de serlo, empezaría a morir irremediablemente. Nunca olvidó las palabras de su querido maestro y de las que dejó constancia en alguna entrada de su diario: ” no soy un hombre que sabe, he sido un hombre que busca y lo soy aún, pero no busco ya en los libros ni en las estrellas, comienzo a escuchar las enseñanzas que mi sangre murmura dentro de mi. Mi historia no es agradable, no es suave y armoniosa como las historias inventadas; sabe a insensatez y a confución, a locura y a sueño, como la vida de todos los hombres que no quieren mentirse más a sí mismos “…
E. R.
09/2026

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