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Abelardo y Eloisa…

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En abril de 1142 a los sesenta y tres años, moría el filósofo Pedro Abelardo, el ” León de París “. Había nacido en la aldea de Le Pallet, cercana a la ciudad de Nantes en el año 1079.
Veintiún años después moriría Eloísa, su amante y esposa.
Ambos fueron enterrados en un monasterio de Champaña, y desde la primera década del siglo XIX sus cuerpos permanecen sepultados juntos en el cementerio de Père-Lachaise en París.
Abelardo y Eloísa protagonizaron la historia de amor mas célebre y dramática de la Edad Media.
Ha habido otros renombrados amores en la historia, como el de Marco Antonio y Cleopatra o el de Alejandro y Rosana; pero aquellos amores ya estaban desde entonces anclados en la épica de La epopeya y en la leyenda. El de Abelardo y Eloísa en cambio, fue tan cercano y real como los protagonistas que lo vivieron: un amor apasionado y sereno, carnal y espiritual, feliz y desafortunado.

Abelardo fue bautizado con el nombre de Pedro y por elección propia en la adolescencia añadió su segundo nombre, Abelardo, en honor del historiador griego Jenofonte, a quien llamaban habelardus, ” la abeja atica “, por su dulce y suave elocuencia.
Desde niño prefería la lectura a los juegos e inclinaciones propios de la edad, y en la adolescencia, durante su instrucción militar, mostraba una especial destreza en la práctica del manejo de la espada.
Sin embargo, con el tiempo le atrajeron más las palabras que las armas y prefirió la filosofía a la guerra.
Como hijo primogénito de un soldado estaba destinado a suceder a su padre en el oficio de las armas y así convertirse algún día en noble caballero y señor de Le Pallet.
El padre de Abelardo era hombre culto y de recursos económicos suficientes. Y cuando Abelardo le manifestó su deseo de consagrase al estudio, su padre lo apoyó con recursos para que pudiera llevar a cabo su deseo. Cedió entonces Abelardo sus derechos de primogénito en pro de sus hermanos para dedicarse al estudio y a la reflexión. Su padre lo envió, adolecente aún, a una escuela de arte situada en una ciudad cercana a su aldea natal. Con el tiempo, Abelardo se trasladó a París, el centro de erudición del mundo cristiano en ese momento, para iniciar sus estudios de filosofía en una las numerosas escuelas que ya proliferaban en la ciudad. Se instaló en el barrio latino, a la orilla izquierda del rio Sena. A sus dotes intelectuales se añadía una presencia distinguida, propia de un verdadero aristócrata.

Una vez cursados sus estudios y habiéndose graduado con los máximos honores, impartió clases en varias escuelas de Francia y en el claustro de la catedral de Norte-Dame en París. Fundó su propia escuela con gran éxito y su fama se extendió por toda Francia. Sus clases se mantenían atestadas todo el tiempo de estudiantes llegados de las más apartadas regiones. Su habilidad dialéctica y argumentativa y sus amplios conocimientos le procuraron un buen número de adversarios en la cátedra y verdaderos enemigos en la rama del saber.
La envidia es el peor vicio cultivado por los resentidos; Abelardo fue víctima constante de sus detractores que así escondían su propia medianía.

Eloísa por su parte había perdido a sus padres a los quince años y había quedado al cuidado de su tío Fulberto, uno de los canónigos más poderosos de la catedral de París. Su tío se dió cuenta inmediatamente de su natural inteligencia y buscó que recibiera la más esmerada educación. Por otra parte – pensaba -, entre los libros se mantendría alejada de los jóvenes parisinos bulliciosos y escandalosos y de su mala influencia.
Eloísa era una joven de dieciocho años cuando conoció a Abelardo. Bella y reconocida en todo París, muy pronto su fama de joven brillante y erudita cundió por Francia; dominaba el latín, el griego y el hebreo, y destacaba por sus habilidades retóricas y de polemista.
Fluberto le pidió a Abelardo, a quien ya conocía por la mediación de mutuos amigos, que lo visitara en su casa para que la conociera y le diera su opinión sobre sus posibilidades en el estudio.
Abelardo aceptó la invitación, y una tarde en casa de Fluberto fue presentado a Eloísa. Abelardo quedó impresionado desde un principio por su inteligencia, su elegancia y su natural belleza: una belleza sencilla, de ningún modo deslumbrante, y por sus ojos azulados y su negro cabello que en ocasiones irradiaba cierto tono metálico. Él era mayor que ella veinte años y ambos habían permanecido célibes hasta entonces; ella por su juventud y él porque mantenía el tipo de vida que llevaban en esa época los profesores: alejados de las cosas sensuales y dedicados al estudio, a la enseñanza y a dar ejemplo e imitar la vida de Cristo.

Quién puede saber los misteriosos y ocultos mecanismos que desatan la pasión amorosa en el corazón del hombre. Dicen que un enamoramiento puede convertirse en una pasión devoradora y salvaje y hasta en un tipo de enfermedad o locura. Tal vez quien de verdad haya conocido el amor se guarde para sí mismo toda opinión o sensación vivida, otros quizá exalten lo grandioso de ese sentimiento.

Abelardo buscó la ocasión de acercarse a ella, y la encontró en la propuesta que pasado un tiempo le hizo a Fluberto. Le dijo que se encontraba un poco limitado de recursos y que además la casa donde se hospedaba le quedaba muy retirada del claustro donde impartía sus clases; ambas cosas eran verdad. Le pidió aceptarlo en su casa y le prometió completar el pago del alquiler dando clases particulares por las tardes a su sobrina. Fluberto aceptó; sería una gran distinción social para él que un maestro tan reconocido se hospedara en su casa y su sobrina tendría la oportunidad de recibir sus magníficas lecciones. Días después Abelardo se hacía acompañar de Raúl, uno de sus más avanzados alumnos para ayudarlo con sus pertenencias.
Nadie sabe con exactitud cuándo y en qué circunstancias comenzó el enamoramiento entre Abelardo y Eloísa. Él le impartía clases por las tardes y durante el día le escribía pequeños poemas apoyado en el ars amatoria de Ovidio. Buscaban constantemente estar solos: se sabe que no favorece la manifestación del amor la presencia de multitudes.

Los sentimientos de los amantes tienen un lenguaje paradójico: imperceptible para ellos mismos es evidente para los demás. En el amor no se engaña a nadie más que a sí mismo. Esos estados anímicos constelados y fuertes, buscan y encuentran siempre su necesaria expresión: en la mirada, en la postura, en los sutiles movimientos; si mantenían el control, ahora se sonrojan; si su dicción era clara, ahora tardamudean; si su memoria era privilegiada, ahora olvidan lo elemental.

Los rumores del cariño entre el maestro y su alumna no se hicieron esperar, seguramente por la indiscreción de algún sierviente de la casa. Fluberto, ante los rumores y las dudas que en él sucitaban, decidió pedir a Abelardo que abandonara su casa. Abelardo estuvo de acuerdo y se trasladó a vivir provisionalmente en casa de los padres de Raúl, el alumno que lo había ayudado la primera vez con sus maletas y sus libros.

Abelardo siguió impartiendo su cátedra, pero vivía preso de una inquietud constante y sin poder olvidar a Eloísa; y de este estado de cosas fueron testigos inmediatos sus alumnos. La capacidad que había mostrado hasta entonces en su cátedra dejaba de repente mucho que desear; se le veía melancólico y ausente, sin la contundente elocuencia y la habilidad pedagógica mostrada hasta entonces, y sin la alegría y la disposición de ánimo que siempre había mostrado ante su clase. Sus alumnos por su parte, una vez enterados de lo que le ocurría, se mostraron condescendientes y comprensivos, seguros de que su maestro superaría esa prueba.
Decidió enviarle con Raúl una carta a Eloísa, con la indicación de que la entregara con discreción al sierviente que a diario acompañaba a Fluberto a los oficios matutinos en la catedral, junto con algún dinero que seguramente aceptaría. La carta llegó a Eloisa, en ella le pedía que se reuniera con él en una posada discreta del margen izquierdo del Sena. Su amor continuó de forma clandestina, estimulado seguramente por el indudable atractivo de lo secreto y lo prohibido.

El secreto, cuando lo es de verdad, contiene una gran carga de energía psíquica y emocional, de ahí la importancia que representa en ocasiones la reserva sobre un proyecto, el silencio mutuo de un afecto – donde lo suyo quede sólo suyo -, o la pertenencia a alguna sociedad o grupo secreto. Esto se evidencia claramente y sin artificios en la infancia. Los niños – no todos – gustan de ocultar algún objeto que para ellos resulta misterioso en algún lugar que únicamente ellos saben; una moneda, un botón metálico o un objeto colorido, una piedra bonita o rara, un pequeño muñeco, etc.; en mi caso fue una mancuernilla dorada (oculta tal vez durante años en la parte superior de la puerta de la casa, inaccesible para cualquiera que no supiera apoyarse en el punto correcto ).

Pasados algunos meses de relaciones clandestinas, Eloísa quedó embarazada y se lo comentó a Abelardo; le dijo que si era un varón se llamaría Astrolabio, porque estaba segura que había sido engendrado la noche en que él le había contado del ingenioso invento árabe con el que se podía determinar la hora exacta a partir de la latitud, calcular la latitud conociendo la hora u orientarse en alta mar. Abelardo, contrario a lo esperado, se mostró más bien preocupado de la seguridad de la futura madre. Temía una reacción furibunda por parte de Fluberto, como en realidad ocurrió. Decidió llevarla a su aldea natal donde seguramente sería cuidada con esmero por su hermana y hermanos.
Planearon que el viaje se realizaría de noche, ella saldría de su casa en secreto con la ayuda de un sirviente de confianza. Abelardo pasó por ella la noche acordada y emprendieron la marcha a lomo de mula, con los debidos cuidado por el estado actual de Eloísa. Tardaron cinco días en llegar a Le Pallet, después de una fatigosa y lenta marcha agravada por lo intransitable de los caminos durante esa temporada invernal. Los acompañaba solamente Raúl, el alumno de confianza que siempre los había ayudado.
Al llegar a la aldea ya eran esperados y fueron recibidos con una gran alegría por sus hermanos y algunos vecinos de confianza. Se hicieron las presentaciones entre Eloísa y los hermanos de Abelardo y su hermana los ayudó a instalarse de inmediato.

Abelardo, durante las primeras semanas de su regreso a Le Pallet pensaba en la mejor solución que se podía encontrar, sabía que Fluberto tenía los recursos para perjudicarlo de forma irremediable si se lo proponía. Decidió enviarle una carta y solicitarle una entrevista. El encuentro fué aceptado, y el día y a la hora acordados Abelardo se presentó en casa de Fluberto acompañado de seis alumnos como medida de seguridad. Acordaron los detalles de la boda: que se realizara en secreto y que se ocultara el matrimonio y el nacimiento del niño; de esta manera se preservaría el prestigio académico de Abelardo y podría continuar con su carrera sin ningún obstáculo. Fluberto por su parte mantendría su posición episcopal y su dignidad social y Eloísa podría regresar a vivir a casa de su tío. Las cosas se hicieron de la forma acordada y la ceremonia de la boda la llevó a cabo un íntimo de Fluberto, canónigo de la catedral, en presencia de algunos de sus amigos más cercanos y de algunos alumnos de Abelardo; fue un acto religioso discreto y rápido.
Aunque se trató de mantener todo en secreto, medio París estaba enterado en unas semanas de la realización de la boda y de que Eloísa había sido madre. Los cuchicheos llegaron a oídos de Fluberto quien montó en cólera y públicamente aceptó la realización de la boda y de la existencia del hijo de Eloísa, exigiendo también a sus sirvientes que difundieran a quien pudieran la misma versión. Eloísa se negó a aceptarlo y Abelardo tampoco rompió el pacto que habían tenido.

La necesidad de verse seguía siendo impetuosa y se seguían encontrando con la frecuencia que la vigilancia de Fluberto lo permitía; en uno de esos encuentros ella le confesó de la insistencia y las amenazas continuas de su tío para que respaldara ante la sociedad su versión de los hechos. Él por su parte, después de esta revelación, decidió evitar un futuro daño para ella y le aconsejó ingresar temporalmente a un convento donde de pequeña había recibido instrucción religiosa. Ella misma confeccionó su hábito e ingresó al convento sin avisar a su tío. Abelardo abandonó la casa de los padres de su alumno Raúl donde había vivido hasta entonces, porque temía por la seguridad del viejo matrimonio. Se buscó alojamiento en una discreta pensión del barrio latino, suponía que no encontraría mejor coraza protectora que la presencia de los estudiantes que ahí vivían.

Durante unos meses, con bastante frecuencia visitó a Eloísa en el convento de Arguenteuil. Sus encuentros se daban en alguna zona desierta del claustro o en alguna capilla oscura.
Fluberto, enterado de todo esto, planeaba su venganza. Según una vieja ley, el corruptor de una virgen debía pagar con la pena de castración su corrupción y Fluberto decidió ejercer su cumplimiento por propia mano. Mandó vigilar los movimientos y la rutina de su enemigo y cuando estuvo enterado de todos los detalles que necesitaba, instruyó a cuatro sicarios para que llevarán a cabo la acción por él planeada.
Los sicarios, con la ayuda del mozo de la posada, penetraron una noche en su habitación y lo sujetaron de pies y manos. Abelardo pensó que su vida había llegado a su fin – tal vez hubiera sido lo mejor -, cerró los ojos y se preparó para el desenlace final, pensó que el golpe mortal iría dirigido a su cuello o a su corazón. Pero el golpe no llegaba. Volvió a abrir los ojos y se dió cuenta que el ataque se dirigía a sus partes masculinas, lo que para él representó un mayor motivo de terror. Extrañamente en ese momento no sintió ningún dolor, solo una sensación de vacío y una humedad que le cubría el vientre y se deslizaba por sus piernas. Era su sangre. Tomó plena consciencia de lo ocurrido y gritó pidiendo ayuda. Había sido castrado.

Pasaron los días y fueron sanando sus heridas físicas; con su alumno y sucesor de cátedra le envió un mensaje verbal a Eloísa para que tomara los hábitos de monja en el convento donde estaba recluida; él por su parte ingresaría como monje en el monasterio de Saint-Denis, a donde lo trasladó su fiel alumno. Su futura correspondencia da cuenta fiel de su amor eterno. Cuando Raúl ya se retiraba dejando a su maestro en la puerta, volteó y alcanzó a ver la mano alzada de el ” León de París ” que en la caída de la tarde le decía adiós.

El amor no se busca, eso sería un error; se lo encuentra simplemente, se tropieza con él. Encontrarlo o no lo decide algo misterioso que no es azar pero que se le parece mucho: lo denominamos destino.
Un alma encuentra a otra alma, ambas figuras
psíquicas se encuentran y se entrelazan ” afuera “, en el otro.
Y para conseguirlo no hay más remedio que vivir, o seguir viviendo.

E. R.
10/2026

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