Lucille, Rosalba y Gérard fueron compañeros de colegio desde el nivel primario hasta el secundario. En el transcurso de esos nueve años habían alcanzado la adolescencia y habían forjado una leal y sincera amistad. Durante los últimos año de colegio – al terminar las clases por la tarde -, siempre regresaban a casa los tres juntos, entre los nutridos grupos de jóvenes inquietos que salían de los demás salones.
Los grupos se iban haciendo menos numerosos conforme los chicos se iban separando al llegar a sus casas, o cuando la ubicación de éstas los obligaba a tomabar alguna calle transversal. Al llegar frente a la casa de Lucille, Gérard siempre se separaba del grupo para acompañarla a la puerta; era un recorrido de escasos diez metros el que los dos hacían solos; un trecho breve, pero que iba unido a un fuerte y amoroso sentimiento que durante ese trayecto los envolvía en un completo silencio y que ninguno de los dos se atrevía a romper; tampoco lo sabían interpretar y nunca intentaron aclararlo: ambos sentían que no era necesario. Ese sentimiento era su secreto; algo que no necesitaba explicación, ni entre ellos, ni ante los demás. Todo hubiera resultado natural y sin complicaciones como ocurre a esa edad en una amistad entre adolescentes, si no hubiese sido por ese sentimiento, mezcla confusa de emoción y ternura. Nadie hubiera sospechado el vaivén encrespado de emociones estrellándose contra los acantilados de su inexperiencia; ante cualquier mirada, incluso atenta y perspicaz, Gérard solo se limitaba a acompañarla, esperar a que su madre abriera la puerta y regresar al bullicioso grupo. Si alguien le hubiera explicado ese sentimiento tan grato, pero a la vez tan confuso, Gérard habría comprendido finalmente que el asunto no tenía mayor misterio: solo acompañaba hasta la puerta de su casa a la que resultaría ser para siempre, el amor de su vida.
Lucille era delgada, bonita, muy blanca y de pelo castaño. Sabía ser graciosa y determinada y tenía una linda sonrisa. Años después, Gérard aún podía recordarla llegando al salón de clases por la mañana, con su uniforme color tinto y su blusa blanca y con las mejillas rojas por el frío viento matutino, riendo con su grupo habitual de amigas o comprando algo en la cafetería escolar.
Él por su parte, en cualquier situación, no desmerecía: era buen deportista y uno de los promedios más altos de su generación, y contaba con la preferencia y el agradable trato de algunas compañeras.
… Consideró dar un paseo por el barrio cercano a Montmartre o visitar su célebre cementerio y recorrer las tumbas más renombrados que ahí se encuentran. Tenía tiempo suficiente, y el paseo por el cementerio de Montmartre – a pesar de la constante presencia de grupos de turistas que desean visitar las tumbas de las celebridades cuyos restos ahí descansan en sacra paz -, siempre le había resultado tranquilizador. Fumaba su enésimo cigarrillo, disfrutándolo con calma, no se apuraba, no se preocupaba: ” cuando te toca aunque te quites ” se había dicho siempre entre los muchachos del barrio latino.
Se decidió por encaminarse a la pintoresca Place de abbesses situada en el corazón de Montmartre, esa bella y arbolada explanada que en esa época del año se mantiene con un clima fresco y agradable; la plaza, tranquila, con su quiosco central que le da un toque tradicional y nostálgico, recuerdo de siglos pasados, contrasta, pequeña, ante el conjunto arquitectónico que la rodea. Los estanquillos de periódicos y cigarrillos seguían abiertos seguramente hasta el anochecer y los niños pequeños se subían al carrusel o jugaban en los jardines con la última luz de la tarde bajo la atenta mirada de las jóvenes cuidadoras. Gérard había salido hacía media hora de su casa, eran apenas las cinco de la tarde, no había calculado bien el tráfico y llegó a Montmartre casi una hora antes de lo previsto. La cita que había acordado para encontrarse con Lucille la habían fijado para las seis. Se decidió por entrar al cafe Aut Petit Montmartre cercano a la plaza y esperar ahí a Lucille mientras tomaba un café turco, su preferido. La cita la habían acordado en ese mismo lugar. Se acomodó justo en las mesas colocadas al lado de las vidrieras, desde ahí tenía un apreciación completa de ese tramo de la avenida.
Rosalba, su amiga en común, le había avisado días antes al celular, de su fortuito encuentro con Lucille en la terminal 1 del aeropuerto Charles de Gaulle en París, y entre la variada y rápida conversación de temas que el inminente vuelo de Rosalba les permitía, Lucille le había manifestado el deseo de encontrarse con Gérard y saludarlo después de tantos años.
Gérard, con alguna salvedad esporádica, solo había vivido alejado de París en dos ocasiones: la primera fue una ausencia de 9 años en Marsella, a lo que lo había llevado el deseo que tuvo desde niño de ser un marinero mercante y conocer lejanos destinos; la segunda fue de 8 años en Berlín, durante la construcción de nuevos edificios funcionales después de la caída del muro; la parte occidental de la otrora dividida ciudad, había requerido de los servicios de muchos ingenieros y arquitectos para lograr cubrir los requerimientos de casa habitación, debido a la gran cantidad de personas que llegaban a vivir desde la parte oriental. Entre ese grupo de ingenieros se encontraba Gérard.
En total, una ausencia acumulada – suspendida únicamente por vacaciones y un breve período entre una y otra – de diecisiete años.
Había sostenido algunos vínculos afectivos con amigas en lapsos de tiempo muy variados. Más de alguna vez estuvo a punto de considerar una relación como definitiva y permanente y establecerse en matrimonio, pero algo se lo impedía; algo parecido a una indefinida esperanza que sentía desaparecer para siempre y ser suplida por un vacío existencial que prefería evitar.
En cualquier otra situación mantenía una actitud de optimismo y alegría, ambas sin causa aparente y que él atribuía a la libertad.
Actualmente Gérard, ya jubilado, hacia tímidos intentos al piano con un maestro que le impartía clases dos veces por semana, escribía de forma eventual y pintaba ya un poco con relativa facilidad; sus clases de dibujo en la facultad de ingeniería le habían dotado de cierta habilidad. Su desarrollo profesional en cuestiones que implicaban abstracción o cálculo matemático le había gustado siempre, pero en los últimos años había empezado a destinar gran parte de su dia a cultivar de forma sistemática la lectura o alguna disciplina artística.
Ahora, jubilado, tenía todo el tiempo del mundo.
Lucille regresaba a París en visita familiar. Después de terminar sus estudios se había casado en una ceremonia íntima y familiar a la que habían acudido desde París sus padres y su hermana menor. Su familia y su trabajo la habían mantenido ocupada en Nueva York una larga estancia de casi cuarenta años, interrumpida solo por algunas visitas rápidas a sus padres con motivo de las fiestas navideñas o el bautizo de algún sobrino.
Nunca, en esos esporádicos viajes había procurado encontrarse con Gérard; y pocas veces su imagen se había cruzado en sus recuerdos; él era ya solo una parte de su irrevocable pasado de adolecente, como tantas otras cosas; aunque en ocasiones, por alguna noticia escuchada en la televisión o por el comentario que le hiciera algún paisano sobre Francia, surgía en ella una inquietud indefinida y un vago sentimiento sobre los que eligió no profundizar en todos esos años. Sus intereses principales habían dejado de estar en París desde hacía mucho tiempo. Su esposo, médico – ya fallecido hacia once años por complicaciones cardíacas -, sus tres hijos ahora ya graduados de la Universidad y su trabajo, siempre le habían requerido toda su atención. Se había dedicado con esmero al cuidado de su familia. Tenía una persona que les ayudaba en casa pero ella prefería involucrarse mientras su tiempo se lo permitiera; de esa manera estaba más tranquila porque se cercioraba que todo marchaba bien. En su trabajo, realizaba con toda la eficiencia de que era capaz, las investigaciones y experimentos de laboratorio que su profesión de ingeniera química le requería.
En la actualidad, ya en su etapa de reciente jubilación y siendo sus hijos autosuficientes, podía dedicar una estancia más prolongada en casa de sus padres, ya mayores, y por lo mismo, requeridos del afecto y la presencia constante que pudieran darles sus hijos.
Gérard terminó su café, ya eran las 6 de la tarde y Lucille no tardaría en aparecer. Para estirar un poco las piernas pensó que lo mejor sería esperarla en la banqueta, afuera del café, haciendo pequeñas caminatas de ida y vuelta mientras ella llegaba.
Empezaba apenas su segundo breve recorrido cuando, en la acera de enfrente de la amplia avenida, distinguió el perfíl inconfundible – a pesar de los años – de Lucille tras la ventanilla del taxi.
El chofer abrió la puerta del lado de la acera y descendió una silueta vestida con un abrigo blanco y un elegante sombrero.
Había llovido y la luz de los faroles iluminaba el pavimento mojado. Gérard le hizo un saludo con la mano para captar su atención; ella, al verlo, respondió al saludo, sonrió, y se encaminó hacia donde Gérard la esperaba. La luz reflejada en el pavimento la envolvía; él ya no vio nada más, solo su cara bonita de niña grande que le sonreía mientras se aproximaba. Al llegar junto a él, Lucille le tendió los brazos y André le correspondió; fue un abrazo cariñoso y prolongado mientras ella le murmuraba algo al oído; él, sin dejar de abrazarla, la besó en la mejilla y le respondió: yo también…
Lo que resolvió finalmente a Gérard a dedicarse de forma total a la escritura, fue el hecho de haber conocido en su juventud a muchos escritores noveles y que ninguno de ellos le hubiera parecido realmente nada fuera de lo común. Ni en su oficio ni en su personalidad. Pareciera que ninguno de ellos se hubiera propuesto expresar algo propio, cosa que, después de todo, es una parte importante en la obra de cualquier verdadero artista: dejar constancia de sí mismo. Si lo que se quiere únicamente es la expresión de una técnica depurada lo más recomendable es recurrir a la IA. Desafortunadamente para ellos, ésta herramienta no estaba disponible todavía en aquella época. De haber sido así, con toda seguridad, hubieran echado mano de ella sin ningún escrúpulo.
El máximo empeño de aquellos bisoños escriturarios se limitaba a ” tratar de escribir bien “, lo que en otras palabras quería decir algo así como: ” hacerlo con técnica porque la técnica lo es todo “.
De lo que resultaban unos escritos verdaderamente insípidos, de una estética fantasmal, descarnada; la definición más acertada o aproximada – buscando afanosamente en el idioma – sería decir que en ellos había una ” total ausencia de atributos “, ni siquiera se los podría calificar de textos horrendos, porque este adjetivo los hubiese dotado al menos de un atributo negativo y los hubiera revestido de un atmósfera de sombría fealdad que en ciertos círculos dark goza de algunas preferencias; pero que al lector promedio lo induce a una risa histérica incontrolable o de plano lo mueve a llanto.
Un texto feo – por lo menos – , llama la atención precisamente por eso ¡ Por feo !
Aquellos eran textos lamentables; sin perfiles precisos para al menos aventurarse a una descripción. El idioma castellano, rico como es, resultaba escaso. ¡ Cuando hay que hablar hay que hablar !
No pasaban de ser relatos de raídos temas campiranos o simples anécdotas picarescas que a nadie le decían nada, que ni siquiera llegaban a sugerirle algo al posible lector, a despertar alguna emoción de aceptación o rechazo en quien tuviera la mala fortuna de toparse con ellos: su única utilidad factible, no estética, pero si al menos práctica, sería utilizarlos en algún laboratorio de toxicología.
Algunos de aquellos escritores incluso se prestaban a escribir cartas de amor a alguna fulana con la fotografía que algún conocido les llevaba: escribir algo desde una fotografía. ¿ Que se podría esperar de semejantes sujetos, porqué habrían de ser un contratiempo en la vocación de Gérard ?
Hubo incluso entre aquellos escritorzuelos los inevitables sarcasmos; como cuando cierto tipo manifestó el plan genial de estampar en la hoja el momento del Ángelus ( al parecer se trata del motivo de un niño hincado, con las manos juntas en piadosa actitud de oración, en el preciso momento en que el sol se encuentra en el cénit); ante una idea tan maravillosa, sus implacables colegas exclamaron gesticulando con las manos:
– ¡ Que hermosura ! -, mientras el coro alrededor se carcajeaba de forma inmisericorde ante el atrevimiento del pobre diablo.
Gérard, por su parte nunca olvidó su origen, y si alguna vez la diosa fortuna le fue propicia lo tomó como mejor lo podía hacer: como algo de naturaleza pasajera y fugaz. Sin tratar de justificar nada, recordaba a Nacha cuando hacía cuarenta años cantaba algo así como: ” eso que a veces ustedes ven, es solo un juego burgués, una regla del ceremonial “.
… Después de aquel contratiempo que lo obligó a permanecer en cama, solo con el mínimo e indispensable movimiento durante poco más de un mes, Gérard trató de levantarse por primera vez sujetándose al borde de la silla que tenía a un lado de su cama; se movía con lentitud, como se esperaría de un enfermo convaleciente y resignado que rechaza cualquier movimiento violento. Después de años de un ajetreo imparable, constantes viajes por aire y por tierra y con el celular siempre dispuesto para cualquier situación que requiriera de su participación o asesoría, se había visto en la necesidad de permanecer acostado, solo girando de posición para evitar el cansancio y el entumecimiento muscular. Los últimos diez días se sentaba por momentos, mientras no le sobreviniera el vértigo o el dolor de cabeza.
Fueron días difíciles, en los que después de muchos años de una intensa actividad física y mental tuvo que verse obligado, de un dia para otro, a una total reposo.
A este súbito cambio le atribuyó Gérard la causa de algunos sucesos que a nadie refirió en ese tiempo, pero que le resultaron bastante extraños.
Su madre había viajado con la intención de ayudar a cuidarlo mientras fuera necesario; como señora devota desde hacía muchos años, llevaba su biblia, un libro donde se apoyaba y encontraba fuerza espiritual. Bien se conoce lo importante que es contar con una ayuda así, un espejo donde pueda reflejarse el Otro, nuestro número dos: según expresión muy frecuente en la biografía de algunos personajes.
En una ocasión, durante la noche, se despertó al escuchar que su madre leía la biblia y levantando la voz decía: ¡ Vete de aquí ! ¡ Vete de aquí !
El primer pensamiento de Gérard después de haber oído esa exclamación fue: ” que ocurrencia la de mi mamá, ponerse a rezar y leer la biblia a semejante hora estando ya todos dormidos ” . Se levantó con la intención de pedirle que ya durmiera y dejara para el día siguiente los rezos y la lectura; se asomó a un pequeño pasillo que unía las demás habitaciones pero todo estaba tranquilo y en silencio, preguntó algo pero nadie le respondió, y no se encontraba ninguna luz encendida. Le pareció una situación rara y pensó: ” seguramente lo he imaginado en un estado entre dormido y despierto ” .
Otra noche se despertó de madrugada pero continuó con los ojos cerrados; trató de levantar la cabeza pero no pudo, trató de mover el cuerpo y tampoco pudo, estaba completamente inmóvil; empezó a sentirse asustado y solo se le vino a la cabeza rezar el padre nuestro, pero no recordó la letra; trató de despertar y al no lograrlo se dejó caer en la tranquilidad mental; una y otra vez repitió ese movimiento, tratar de levantar la cabeza y al no lograrlo, relajarla. Y se dió cuenta que entre más tranquilidad alcanzaba en cada intento, más se levantaba un sonido como de oración – como se escucha cuando rezan muchas ancianas al mismo tiempo -, al menos esto le pareció a él. Entre más relajaba su cuerpo y su mente más claro y fuerte se escuchaban esos rezos. Se volvió a quedar dormido y por la mañana lo recordó. La explicación la atribuyó al cambio súbito de la frecuencia en su actividad cerebral. Recordó los rezos de las ancianas, eran de un tono determinado y constante sin que se escucharan claras las palabras, solo el rumor alto o bajo, según Gérard se relajara. Sus abuelos ya habían muerto; le gustaba pensar que su abuela ( una anciana que pertenecía a un grupo de oración en la parroquia de su pueblo, y de quién recordaba que en su ataúd sus compañeras habían colocado la pequeña medalla distintiva de su congregación ) tal vez le rezaba en compañía de otras ancianas; conocía la tradición de rezar por el alma los muertos, pero en su caso, quizá, los muertos rezaban en esa ocasión por él. ( Después , con cierta ironía, decía para sí: ¡ como estará la cosa, para que hasta los muertos tengan que rezar por uno ! ).
E. R.
10/2026








