Disentir no es traicionar.
Maestro Javier Reyes Solís,
El rechazo a la iniciativa de reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum —y la negativa del PT y del PVEM a respaldarla— desató reacciones de todo tipo. De inmediato aparecieron acusaciones de traición, advertencias de ruptura y hasta insinuaciones oportunistas desde la oposición. Nada nuevo: en política, los momentos de tensión suelen ser aprovechados por quienes apuestan al desgaste ajeno.
Pero conviene decirlo con claridad: disentir no es traicionar. Disentir también es democracia.
Quienes desde sectores radicales de Morena exigen romper con el PT y el Verde parten de una premisa equivocada: confunden disciplina con subordinación absoluta. En una coalición real —no en una suma acrítica— los aliados tienen intereses, matices y límites. Pretender lo contrario no solo es políticamente ingenuo, sino profundamente antidemocrático.
Además, el argumento de que estos partidos “no sobrevivirían” sin Morena puede ser útil para la descalificación, pero resulta pobre como criterio de decisión política. Las alianzas no se sostienen por debilidad ajena, sino por conveniencia mutua. Y hasta ahora, la coalición ha demostrado ser un instrumento electoral eficaz.
La oposición, por su parte, desea una fractura que no existe. Sueña con una recomposición de fuerzas que le permita recuperar terreno. Pero confunde un desacuerdo coyuntural con una ruptura estructural. No es lo mismo.
Un dato que no debe pasar desapercibido: los legisladores del PT y del PVEM no rompieron con la presidenta. Por el contrario, fueron enfáticos en refrendar su respaldo político, recordar su origen común y subrayar las múltiples ocasiones en que han acompañado su proyecto. Su voto en contra no fue un acto de ruptura, sino una decisión política puntual, argumentada y, guste o no, legítima.
La democracia también se expresa en el desacuerdo. Exigir unanimidad permanente es propio de otras épocas, no de un proyecto que se reivindica transformador.
Si hay sensatez, este episodio no debilitará a la coalición: la pondrá a prueba y, eventualmente, la fortalecerá. Porque las alianzas que sobreviven no son las que evitan el conflicto, sino las que saben procesarlo.
Es probable que el eventual respaldo de los aliados al llamado Plan B genere una nueva coyuntura de acercamiento con la presidenta y contribuya a reafirmar, entre todas las fuerzas involucradas, la necesidad de mantenerse unidas. Desde mi perspectiva, la 4T no se rompe por disentir. Se debilitaría, en todo caso, si confundiera la crítica con deslealtad.
Y al final, como siempre, será el pueblo quien tenga la última palabra. No en el ruido del momento, sino en las urnas, el 6 de junio de 2027.








