Pancho Villa y su presencia en el municipio Canatlán.
Parte I
Hace poco menos de tres años, en el 2023, el cronista sanjuanero Esbardo Carreño, entonces director del Museo Francisco Villa, de la ciudad de Durango, promovió y realizó el programa “Pancho Villa en mi municipio”, en el marco de ser el año de Francisco Villa, implementado por el gobierno federal, recordando el centenario de la muerte del personaje revolucionario nacido en La Coyotada, San Juan del Río.
Fueron 17 los municipios participantes y el que inició fue Canatlán, en colorido y muy bien llevado evento, encabezado por el Director Esbardo y el cronista canatlense Jaime Herrera Valenzuela, contando además con la presencia del honorable ayuntamiento, encabezado por la Presidenta Ángela Rojas Rivera.

Quien escribe tuvo la oportunidad de hablar de la presencia de Doroteo Arango en Canatlán, municipalidad donde el después personaje revolucionario tuvo el inicio de lo que fue su vida pública, por escribirlo de alguna manera, hechos que destacados historiadores como el chihuahuense Martín Luis Guzmán y el austriaco Friedrich Katz, mencionado como el mayor historiógrafo de Francisco Villa.
Martín fue un diplomático, político, escritor, revolucionario, ateísta, cronista, editor, librero, funcionario público, fundador y primer director de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos.

En su libro Memorias de Pancho Villa, Martín Luis escribe el testimonio dado por el General. Anotó qué.” El (18) 94, siendo un joven de diecisiete años, vivía yo en una hacienda que se nombra Hacienda de Gogojito, perteneciente a la municipalidad de Canatlán estado de Durango. Sembraba yo en aquella hacienda a medias con los señores López Negrete. Tenía, además de mí madrecita y mis hermanos Antonio e Hipólito, mis dos hermanas: una de quince años y la otra de doce. Se llamaba una Martina, y la otra, la grande, Marianita.
Habiendo regresado yo, el 22 de septiembre, de la labor, que en ese tiempo me mantenía solamente quitándole la yerba, encuentro en mi casa con que mi madre se hallaba abrazada de mi hermana Martina: ella por un lado y don Agustín López Negrete por el otro. MI pobrecita madre estaba hablando llena de angustia a don Agustín. Sus palabras contenían esto: -Señor, retírese usted de mi casa. ¿Por qué se quiere llevar usted a mi hija? Señor, no sea ingrato. Entonces volví yo a salir y me fui a la casa de un primo hermano mío que se llamaba Romualdo Franco. Allí tomé una pistola que acostumbraba yo tener colgada de una estaca, regresé a donde se hallaban mi madrecita y mis hermanas y luego le puse balazos a don Agustín López Negrete, de los cuales le tocaron tres. Viéndose herido aquel hombre, empezó a llamar a gritos a los cinco mozos que venían con él, los cuales no sólo acudieron corriendo, sino se aprontaron con las carabinas en la mano. Pero don Agustín López Negrete les dijo: -¡No maten a ese muchacho! Llévenme a mi casa. Entonces lo cogieron los cinco mozos, lo echaron en un elegante coche que estaba afuera y se lo llevaron para la hacienda de Santa Isabel de Berros, que dista una legua de la hacienda de Gogojito. Cuando yo vi que don Agustín López Negrete iba muy mal herido, y que a mí me habían dejado libre en mi casa, cogí de nuevo mi caballo, me monté en él, y sin pensar en otra cosa me dirigí a la sierra. Aquella sierra que está enfrente de Gogojito se nombra Sierra de la Silla. Otro día siguiente bajé hasta la casa de un amigo mío llamado Antonio Lares y le pregunté: -¿Qué tienes de nuevo? ¿Qué ha pasado con los tiros que le di ayer a don Agustín López? Él me contestó: -Dicen que está muy grave. Aquí han mandado de Canatlán hombres armados que anda..”, hasta aquí un pequeño trozo de este gran libro, Las Memorias de Pancho Villa.








