Mirada Sustantiva
Por Mario A. Saucedo
A propósito del 8 de marzo Día Internacional de la Mujer, el cual fue institucionalizado por la Naciones Unidas en 1975 y desde entonces se conmemora cada. Con esa decisión se oficializó una reivindicación histórica, la demanda por la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres. No obstante, pese a los avances indudables en materia de derechos y visibilidad, persiste un problema que conviene señalar con claridad y que suele pasar desapercibido en el ruido de las redes y las plazas, la confusión cultural entre conmemorar y festejar.
Comencemos por distinguir entre una y otra. La conmemoración es memoria activa; es práctica de la conciencia. Conmemorar implica recordar causas, víctimas, procesos y demandas que tuvieron y siguen teniendo un sentido político y social. Festejar, en cambio, celebra con alegría logros o acontecimientos que invitan a la fiesta. El 8 de marzo no nació para ser una fecha de regocijo personal, nació como un recordatorio de luchas laborales, de exclusiones y de violencias sistemáticas que han marcado la experiencia de las mujeres en el mundo. Transformarlo en una jornada de aplausos y regalos, incluso en una campaña comercial o en una “posada institucional”, es empobrecer su sentido y, de paso, negar el ejercicio crítico que debe acompañar toda memoria pública.
En muchas alcaldías y espacios públicos observamos programas que, aunque bien intencionados, desvían la esencia; ferias, rifas y conciertos que tratan el 8 de marzo como si fuera una festividad más del calendario cívico. No es una crítica zoológica a la celebración misma, sino una advertencia sobre los riesgos de la trivialización, cuando el gesto sustituye a la reflexión, la fecha se vacía de contenido transformador y se vuelve un símbolo decorativo. Ese desplazamiento tiene efectos concretos en la cultura cívica, si no educamos a la sociedad para distinguir memoria de fiesta, difícilmente podremos construir políticas públicas serias que atiendan desigualdades, violencias y brechas de acceso.
La responsabilidad es particularmente alta para las instituciones públicas. Los gobiernos, por su posición y capacidad de incidencia, deben conocer y respetar la naturaleza de las conmemoraciones que promueven. En tiempos donde la exigencia ciudadana crece y la sensibilidad social se politiza, la simple organización de un evento “en honor a” sin contenidos reflexivos puede convertirse en letra muerta. Por el contrario, las autoridades pueden convertir el 8 de marzo en una oportunidad pedagógica: foros con especialistas, jornadas de memoria histórica, talleres en escuelas y comunidades que expliquen por qué se conmemora, cuáles fueron las causas originarias y qué demandas siguen vigentes.
Conmemorar el 8 de marzo también exige honestidad intelectual, por un lado aceptar avances sin ocultar retrocesos, por otro, reconocer logros sin naturalizar la persistencia de desigualdades, así como la obligación de visibilizar voces sin instrumentalizarlas para fines electoreros. Implica, sobre todo, escuchar a las propias protagonistas y traducir sus demandas en políticas públicas, recursos y cambios culturales sostenidos.
Si se trata pues, de honrar realmente la fecha, hagámoslo con actos que trasciendan la imagen y produzcan cambios, a través de protocolos efectivos contra la violencia de género, programas educativos continuos, presupuestos etiquetados para la igualdad y mecanismos de participación real. La conmemoración debe ser semilla, no confeti.
Por eso insisto, no se trata de prohibir la alegría, sino de situarla en su lugar. Festejar los avances es legítimo; pero usarlos como cubierta para olvidar las causas originarias o para silenciar demandas contemporáneas es una traición a la memoria. El 8 de marzo nos convoca a pensar, a reparar y a transformar. Si sólo lo convertimos en un día de felicitaciones, habremos perdido la mejor oportunidad que nos ofrece, la de preguntarnos cómo vivir la igualdad, no sólo pronunciarla.
Conmemorar es recordar para cambiar.








