Francisco Gogojito y Pancho Villa en la historia de Canatlán.

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Poblado Dolores Hidalgo y su cita con la historia, en Canatlán.
En el municipio de Canatlán, existe un poblado escondido en lo que a primera vista pareciera el perfil bajo de su historia, llamado Dolores Hidalgo, nombre que cobija a un anterior, que en sí mismo encierra parte de un pasado histórico, el de Gogojito.
A dos Kilómetros al oriente del poblado Donato Guerra, por el que atraviesa la carretera federal 45 Panamericana, por un camino de terracería en buenas condiciones, está la referida comunidad, que a principios del siglo XVII albergó a un personaje que tuvo que ver con la llamada sublevación tepehuana del año 1616, Francisco Gogoxito o Gogojito, de la etnia O’dam o tepehuana.
En Canatlán muy poco se conoce o se menciona a la etnia originaria de la región a la llegada de los españoles y aliados, en el siglo XVI; sin embargo, las crónicas de historiadores como Atanasio G. Saravia, Pastor Rouaix o Ignacio Gallegos dan fe de lo realizado por este indígena, de quien se conoce, tenía sus tierras donde fue años después la hacienda Gogojito.
En la misma localidad, dos siglos después, a finales del siglo XIX, aparece en los registros históricos un hecho, contado por el mismo personaje a reconocidos historiadores, como el mexicano Martín Luis Guzmán, quien en su libro sobre Francisco Villa anota que el mes de septiembre del año 1894, el joven Doroteo Arango, buscó defender a su hermana del hijo del hacendado.
Escribió el gran historiador lo siguiente “…El año del (18) 94, siendo un joven de diecisiete años, vivía yo en una hacienda que se nombra Hacienda de Gogojito, perteneciente a la municipalidad de Canatlán estado de Durango…”, refiriéndose a lo que le contó años después el General Francisco Villa.

“Sembraba yo en aquella hacienda a medias con los señores López Negrete. Tenía, además de mí madrecita y mis hermanos Antonio e Hipólito, mis dos hermanas: una de quince años y la otra de doce. Se llamaba una Martina, y la otra, la grande, Marianita. Habiendo regresado yo, el 22 de septiembre, de la labor, que en ese tiempo me mantenía solamente quitándole la yerba, encuentro en mi casa con que mi madre se hallaba abrazada de mi hermana Martina: ella por un lado y don Agustín López Negrete por el otro. MI pobrecita madre estaba hablando llena de angustia a don Agustín. Sus palabras contenían esto: -Señor, retírese usted de mi casa. ¿Por qué se quiere llevar usted a mi hija? Señor, no sea ingrato. Entonces volví yo a salir y me fui a la casa de un primo hermano mío que se llamaba Romualdo Franco. Allí tomé una pistola que acostumbraba yo tener colgada de una estaca, regresé a donde se hallaban mi madrecita y mis hermanas y luego le puse balazos a don Agustín López Negrete, de los cuales le tocaron tres. Viéndose herido aquel hombre, empezó a llamar a gritos a los cinco mozos que venían con él, los cuales no sólo acudieron corriendo, sino se aprontaron con las carabinas en la mano. Pero don Agustín López Negrete les dijo: -¡No maten a ese muchacho! Llévenme a mi casa. Entonces lo cogieron los cinco mozos, lo echaron en un elegante coche que estaba afuera y se lo llevaron para la hacienda de Santa Isabel de Berros, que dista una legua de la hacienda de Gogojito (También en el municipio de Canatlán)
Continúa el relato de dicho libro, contado en primera persona por el General Villa: “..Cuando yo vi que don Agustín López Negrete iba muy mal herido, y que a mí me habían dejado libre en mi casa, cogí de nuevo mi caballo, me monté en él, y sin pensar en otra cosa me dirigí a la sierra. Aquella sierra que está enfrente de Gogojito se nombra Sierra de la Silla. Otro día siguiente bajé hasta la casa de un amigo mío llamado Antonio Lares y le pregunté: -¿Qué tienes de nuevo? ¿Qué ha pasado con los tiros que le di ayer a don Agustín López? Él me contestó: -Dicen que está muy grave. Aquí han mandado de Canatlán hombres armados..”
Es decir, Canatlán fue parte importante, decisiva en lo que años después se convirtió en el personaje de fama mundial, Francisco Villa, quien además, en el mismo municipio se unió a un bandolero, al que algunos consideran su primer maestro, el canatlense Ignacio Parra.
En conclusión, sin duda que esos dos personajes, Gogojito y Villa, debieran tener la atención del gobierno y pueblo canatlense, ser recordados por lo que fueron, en su respectivo tiempo.

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