Anécdota del panteón de Canatlán

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Anécdota del panteón de Canatlán

El cementerio una ciudad en eterna tranquilidad, comenta el panteonero Juan Rodríguez.

Juan Rodríguez tiene , sin lugar a duda, un trabajo único en este municipio, el cual le proporciona el tiempo para recorrer lo que él llama la ciudad tranquila de Canatlán, un lugar para el descanso eterno, el panteón municipal, que es tranquilo durante el día, pero en muchas ocasiones, intranquilo por la noche.
De andar pausado, Juan conoce el cementerio municipal como la palma de su mano; sabe que espacios son los más antiguos, cuáles otros los más nuevos; lo mismo hace labores de limpieza que ordena y vigila que la apertura de fosas, para recibir un cuerpo, se realice de acuerdo a lo marcado.
A diferencia de lo que muchas personas creen, el trabajo de Juan no se presta a muchos sobresaltos, quizá por ser de día su labor, aunque eso sí, en ocasiones, el eco se presta para hacerlo creer que se están abriendo fosas y al acudir al sitio de donde provienen los ruidos al mezclar la grava ó el sonido de las palas cavando, se encuentra con que nomás no hay tal.
En los varios años que lleva, Juan recuerda que en ocasiones se escucha el llorar de una mujer, lamentos que lo llevan a recorrer parte del panteón para cerciorarse que no haya problemas y al final, lo único que se encuentra es que el sonido fue el eco.
Guadaña en la mano, luego de cortar hierbajos secos entre lápidas, el entrevistado no deja de recordar una situación, que ahora es anecdótica, que quizá no le de respuestas, pero sí la certeza de que hay cosas que no están en el entendimiento.
Tranquilo en su hablar, comenta que en una ocasión, mientras atestiguaba la apertura de una lápida, para recibir el cuerpo de la mamá de unos conocidos futbolistas de esta ciudad, por la calzada de entrada al panteón, se le acercó un señor ya entrado en años, quien le dijo que por los años que tenía ya estaba pensando en ampliar el espacio donde estaba enterrada su madre, pidiéndole a Juan el favor de conseguirle un “ maistro” albañil, para que le construyera una gaveta en el lugar donde descansaba su señora madre, acordando que para el lunes siguiente, se reunirían nuevamente en el lugar, para que le hicieran el presupuesto de los trabajos y ahí mismo liquidarles.
Ya estoy viejo y el día que muera quiero estar junto a mi madre, le dijo el señor, que se llamaba Juan. ( el apellido se omite, por ser de familia conocida).

El lunes llegó, al igual que el maistro albañil y Juan, faltando el señor que quería el trabajo, esperando por largo tiempo al término del cual, el albañil se retiró molesto con Juan, por haberlo hecho perder su tiempo.
Varios días después, el vigilante del panteón miró a unas personas junto a la tumba señalada por don Juan, acercándose al lugar para preguntarles a esas personas por dicha persona, luego de contarles lo sucedido.
Con extrañeza, uno de los presentes le preguntó por las señas del señor, las cuales Juan describió: Estatura, manera de vestir, posible edad y hasta la forma peculiar del sombrero, respuesta que hizo palidecer a quien hizo la pregunta, quien volteó a ver a otro de los asistentes, al parecer su hermano, diciéndole, no hay duda de que es mi papá.
Por favor díganle lo que sucedió, por si quiere que hagan los trabajos, le dijo Juan.
lo que sucede, le respondió el joven, es que mi Papá murió hace como cinco años, quedándose Juan sin respuesta y también sin explicación al hecho.
Publicada por el autor en el periódico El Sol de Durango en la década antepasada.

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